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Colombia está perdiendo la carrera espacial

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Aunque Colombia cuenta con una posición geográfica privilegiada para el lanzamiento de satélites, lastimosamente solo tiene dos cuerpos artificiales en el espacio; uno de ellos sin batería. Mientras que países como Argentina y España poseen más de 14 satélites en órbita con fines militares, de telecomunicación, monitoreo de cultivos, entre otros, el gobierno Colombiano sigue dependiendo de la tecnología extranjera y del alquiler de satélites ajenos para cumplir varias de sus funciones.

Las causas son predecibles. Año tras año, los políticos colombianos han ignorado que la industria aeroespacial es una pieza clave en la transformación digital y, por ende, han dejado escapar la oportunidad de dinamizar el desarrollo económico y social de nuestro país. 

Si bien la carrera espacial inició en el año 1957, solo hasta finales de los años setenta Colombia empezó a buscar la oportunidad para conquistar la órbita geoestacionaria; una autopista circular de objetos artificiales localizada a 35.786 km de distancia sobre la línea ecuatorial. Esta orbita es la preferida por la mayoría de los países. Allí los satélites artificiales orbitan en el mismo sentido que la rotación de la Tierra y su señal tiene una cobertura de aproximadamente un tercio del planeta, convirtiéndolo en el lugar ideal para los satélites de telecomunicaciones y observación. 

De ahí que, con el fin de hacer uso de este importante recurso natural, en el año 1977 nuestro país creó el primer Proyecto Satelital SatCol-1 y lo estableció en el documento CONPES 1421, sin tener presente que el panorama político sería su mayor enemigo. El proyecto espacial del ex presidente Alfonso López Michelsen se vio afectado por el cambio de gobierno, ya que este no fue prioridad ni para el gobierno entrante de Julio César Turbay —de 1978 a 1982—, ni para el de su sucesor, Belisario Betancur —de 1982 a 1986—, dejándonos fuera de la carrera espacial durante varios años.

Ha sido un gran error perder la oportunidad de poner un satélite en la órbita geoestacionaria en la década de los ochenta. Aunque los únicos países que cuentan geográficamente con dicha órbita  son Ecuador, Brasil, Gabón, Congo, Indonesia, Kenia, Somalia, Uganda, Zaire y Colombia, el hecho de no poner un satélite en la órbita geoestacionaria ha significado ceder “simbólicamente” parte de este recurso natural. Lo anterior, puesto que los países con capacidad económica y tecnológica son quienes se han apoderado paulatinamente de estas posiciones orbitales; tanto es así que ya están saturando esta orbita.

La historia no para aquí. En un nuevo intento de subsanar el atraso en materia espacial, el gobierno de Álvaro Uribe creó en el año 2006 la Comisión Colombiana del Espacio, cuyas funciones no han tenido resultado por causa de la desidia estatal.

Fue solo hasta el año 2007 que, gracias al trabajo realizado por el programa espacial de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia pudo lanzar su primer satélite artificial —Libertad 1— desde el Cosmodromo de Baikonur en Kazajistán. Sin embargo, al ser un proyecto académico, este satélite solo fue una prueba piloto que operó 34 días en el espacio “hasta agotar la energía de sus baterías”. Es decir, para el año 2008 ya no teníamos ningún satélite colombiano funcionando más allá del imaginario colectivo.  

Peor aún, en el año 2009, justo cuando el país y sus políticos estaban interesados en desarrollar tecnologías espaciales, la Comisión Colombiana del Espacio generó una política espacial a corto plazo y estableció que era necesario adquirir un satélite de telecomunicaciones, para lo cual se abrió una licitación. No obstante, tan pronto como inició el gobierno de Juan Manuel Santos, esta se canceló.

En palabras del físico astrónomo José Gregorio Portilla, el plan de adquisición del Satélite —bajo el nombre de SatCol— fue eliminado porque el gobierno consideró que “resultaba más barato comprar al menudeo las fotografías del territorio nacional a proveedores extranjeros”.

A pesar de lo anterior, no todo es negativo. Después de 11 años Colombia volvió a estar en la carrera espacial. El 28 de noviembre del año pasado, nuestro país volvió a tener un satélite propio y en órbita gracias a los miembros de la Fuerza Aérea Colombiana, quienes desarrollaron el primer satélite colombiano de observación de la tierra bajo el nombre de  Facsat-1.

Aunque este proyecto espacial es más académico que militar, tener un satélite colombiano en órbita generará un cambio trascendental en el desarrollo espacial del país. Además, nos permitirá lograr la autonomía que necesitamos en el acceso de imágenes satelitales, pues nuestro gobierno invierte más de 10 millones de dólares al año en la compra de estas a empresas extranjeras. Es decir, con este satélite empezaremos a ser autónomos en el tema de generación de información que se podrá utilizar para la gestión de desastres, actualización catastral, entre otros.

Actualmente Colombia se encuentra en el grupo de países que está compitiendo en la carrera espacial, sin embargo la va perdiendo. Las cifras no mienten. Las grandes potencias se han apoderado del espacio. Según la base de datos satelital del grupo científico Union of Concerned Scientists, de 2.062 satélites que están orbitando alrededor de la tierra, Estados Unidos tiene 901 satélites, China 299 y Rusia 153. Esto evidencia que es el momento para que el Gobierno de Iván Duque cree una política espacial a largo plazo, real y efectiva, que nos brinde la independencia en telecomunicaciones y observaciones satelitales que tanto necesitamos. 

Entre tanto, mientras nosotros rogamos por una política espacial, en Estados Unidos están preocupados por su posición dominante en el espacio exterior. De acuerdo con el informe del Pentágono sobre amenazas en el espacio, Rusia “probablemente” está desarrollando un sistema de misiles capaz de destruir satélites y, por otro lado, China tendrá en el año 2020 un arma láser terrestre capaz de atentar contra satélites enemigos en órbita, razones por las cuales los militares estadounidenses están creando instrumentos para contrarrestar los peligros ciberespaciales que atenten contra la seguridad y conectividad de su país.

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