Martes, 16 Jul,2019
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Receta para educar una buena esposa

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Primero, recuérdele muy sutilmente que tanto ella como su familia están en deuda con usted por haberla desposado. Después abrácela y dígale lo mucho que le alegra que ahora ella sea suya. Es posible que esté acostumbrada a sonreír mucho, así que pídale que no lo haga demasiado porque eso es cosa de mujeres públicas. Es importante que en la primera noche que pasen juntos le haga saber que el cuerpo de ella deberá estar disponible siempre para su uso y disfrute, y que se lo recuerde cada tanto, las mujeres son olvidadizas, y usted lo sabe bien. 

Vaya de a poco. Hágala sentir la dueña de la casa, de la cocina, del piso, del polvo que se acumula en los rincones de las habitaciones. Cuando quiera llevar a un invitado a almorzar, pregúntele si puede hacerlo, así ella creerá que tiene el dominio de algo. También deje que ella escoja el menú de cada día, pero cuando a usted no le guste, no se termine la comida: tire el plato, dígale que de seguir comiendo eso prefiere los restaurantes baratos de la calle, sea severo, y con esto se asegurará de que ese platillo no se repita en casa. Establezca junto a ella los horarios de las comidas, pero cuando sea la hora establecida y no esté su alimento servido y caliente, péguele a la mesa, o acuéstese a dormir enojado y después salga a comer a la calle, al volver, cuestiónele qué es lo que ha hecho en todo ese tiempo si no es cocinar. Si lo cree pertinente, insinúele sobre su inutilidad, si no, en cualquier otro momento será ideal hacerlo. Cuando ella se enoje, porque seguramente se va enojar en el momento en el que usted le deje un plato de comida servido, refútele y recuérdele que el enojo no es una virtud de una dama. Esté siempre seguro de que todo esto ayudará en la adecuada formación de las virtudes de su esposa, es usted quien debe encargarse de que los hijos que tendrán juntos disfruten al comer; si acaso la mirada de tristeza o enfado (Dios no lo quiera) en el rostro de ella le enternece o confunde, no se sienta mal, sepa que el fin justifica los medios, y que a las mujeres no se les da fácil entender.

Este es un buen dato: recuérdele constantemente las virtudes que como mujer debe adquirir, y cada tanto háblele de las mujeres de sus amigos, tan hermosas y gráciles, y si puede ensáyelo cuando esté solo en casa, así, cuando lo diga a ella, en su tono habrá una especie de anhelo y de reproche a la vez. 

Pídale silencio cuando usted esté leyendo, viendo televisión, hablando con amigos y familiares, hasta cuando hable con el perro. Quéjese de los sonidos que hace, del ruido al caminar, al comer, al toser y estornudar. Dígale que el que más le incomoda es el que hace cuando cambia de posición al dormir. Aunque usted no sea muy grande o muy gordo, asígnele apenas una franja en la esquina de la cama, extiéndase y disfrute del poder que se ha ganado a pulso. 

Cada tanto el rostro de ella se verá cansado, cuando eso suceda, no le pregunte qué le pasa. Mejor dígale alguna cosa linda sobre su cuerpo, por ejemplo, pregúntele que si bajó de peso. Si no funciona regálele algo que le guste, un dulce, una rosa, cualquier cosa no muy valiosa, algo que la pueda alegrar, pero no demasiado. Una alegría muy grande la podría confundir, entorpeciendo lo logrado hasta el momento. 

Cuando ella le pregunte que por qué no llegó la noche anterior a casa, grítele, y si lo desea, golpéela (sea cuidadoso con las marcas, usted bien sabe que las mujeres pueden aprovechar cualquier situación para hacerlo ver como el verdugo). Por medio del dolor ella debe entender que hay cosas que a un hombre no se le preguntan. Después recuérdele sutilmente que sin usted ella no sería nada, mírela con lástima y hágale caer en cuenta que ella le necesita, que no tiene dinero, que ha parido cinco hijos, que está gorda y arrugada y que nadie diferente a usted la podría querer y mantener. Es su responsabilidad hacerle un llamado a la cordura.

Procure conservar el equilibrio. Recuerde que un esposo es como Dios, que “aprieta pero no ahorca”. Apriete fuerte, pero cada tanto suelte el lazo, páseselo a ella sin que se de cuenta que usted todavía lo tiene agarrado de la otra punta. Sepa que la sensación de libertad es importante. De vez en cuando, también simule que usted sufre. Dele a ella un respiro, déjela dominarlo por algunas horas y si lo considera, por algunos días. Cuando vea que las mejillas de su mujer retoman el color y en su semblante hay algo de esperanza, tome el lazo de nuevo y repita el proceso anterior. Verá cómo, poco a poco, la felicidad y la armonía reinarán gracias a usted.

Nota: si la fortuna les sonríe y tienen un hijo varón, instrúyalo bien en estas prácticas, y asegúrese de que él, al igual que usted, trabajará con mano firme por esta noble causa. Pero si el destino lo pone a prueba con una hija, procure que usted y su esposa apliquen a pie juntilla la receta anterior, para formar, poco a poco, el pilar de toda sociedad correcta, justa y feliz: una buena esposa.

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