Editorial / OCTUBRE 23 DE 2020

Color de hormiga

Entra la red hospitalaria del departamento en una fase de alerta naranja debido a la elevada cifra diaria de contagiados y muertos por la pandemia. 
 

Color de hormiga

No es tranquilizante el presente del territorio quindiano, especialmente el de su capital, en lo que tiene que ver con la velocidad de propagación y cobertura del mortal virus para el que todavía parece lejana la fecha de una vacuna. El tan mencionado pico de la pandemia se empieza a asomar y por eso las autoridades locales, de forma acertada, emitieron la alerta naranja hospitalaria para soportar las nuevas medidas que muy seguramente deberán ser adoptadas, entre ellas priorizar la atención de la emergencia sanitaria sobre algunos servicios médicos no tan urgentes para los que habrá que esperar un poco más. 

La nueva normalidad, con la que se buscaba levantar un poco la golpeada economía local, era más que lógico que traería como consecuencia más enfermos y más decesos por el virus, estaba claro y fue el riesgo que se aceptó correr. Lastimosamente ha faltado extremar las medidas de autocuidado y esa irresponsabilidad ciudadana se está pagando con muertes y congestión en las salas de cuidados intensivos. Todavía no hay alerta roja pero infortunadamente parece inminente, por ahora en la capital quindiana la situación ya se puso color de hormiga.

Después de la cuarentena obligada y fruto de la presión social se levantaron casi todas las restricciones, se abrieron las fronteras, y quedó en manos de los ciudadanos, literalmente, el control de la propagación del patógeno. Lo que ha venido después es toda una colección de excesos que hoy tienen en jaque la red hospitalaria local, que dicho sea de paso, no se fortaleció como debiera mientras las personas estaban encerradas.

Mucho se ha insistido, porque está comprobado científicamente, que el lavado de manos, el uso adecuado del tapabocas y el distanciamiento social son la única y más efectiva vacuna para no ser blanco del bicho, pero dichas prácticas se han subestimado y las cifras de morbilidad y mortalidad del virus hoy castigan esa indisciplina social. El silencio en lugares públicos, que también contribuye y en gran medida a evitar el contagio, ni siquiera se considera como una opción.  Definitivamente se bajó la guardia en materia de prevención y autocuidado ante una enfermedad silenciosa, siempre despierta y letal. 

Las fiestas clandestinas van en aumento, las reuniones en vía pública para consumir licor se hacen en varios sitios de la ciudad ante la mirada impotente de las autoridades, es fácil comprobar que muchos negocios no cumplen con el aforo permitido, en los vehículos de transporte público ya se movilizan todos los que quepan, hay sitios de diversión nocturna con todos los servicios habilitados —incluidas las pistas de baile—, los tapabocas se ofertan sin ninguna medida de higiene, en fin, si se necesita una explicación del porqué de la creciente cifra de infectados basta con mirar el irresponsable comportamiento de la ciudadanía.

Los ríos de visitantes en Salento, para lo cual la alcaldesa de la localidad ha pedido apoyo, son solo una muestra de lo que se presagiaba provocaría esa alerta naranja madurando rápidamente a rojo. De este virus, como de muchos fenómenos, muchas personas tienen dudas sobre su peligrosidad hasta que son ellas o sus familiares las víctimas. 

La decisión de vivir una modesta pero acogedora y emotiva Navidad en familia sin parranda o velar crespones negros y/o acompañar familiares en hospitales, está en el comportamiento que se asuma en este momento. El riesgo de contraer la enfermedad es para todos pero disminuir esa posibilidad depende de cada cual, la fórmula es sencilla, gratuita y ha sido suficientemente explicada.


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