Historia / DICIEMBRE 05 DE 2021 / 1 mes antes

Dos referencias escritas de la carretera de entrada a los recuerdos de mi niñez

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Dos referencias escritas de la carretera de entrada a los recuerdos de mi niñez

Uno de los recuerdos más gratos de mi niñez era el viaje que emprendía con mis padres desde Santa Rosa de Cabal -el fin de semana- hasta Filandia, mi pueblo natal. El viejo había decidido radicarse con su familia en la ciudad de las araucarias, a principios de 1961, cuando yo iba a cumplir cinco años de edad. Con mis hermanos mayores comenzamos una nueva etapa escolar en los colegios de la hoy hermosa población de Risaralda.La región era todavía el antiguo departamento de Caldas, cuando me matricularon en primero de primaria en el plantel de los Hermanos Maristas. 

Pero mis padres continuaron su vínculo con Filandia y cada domingo, muy temprano, iniciaba para mí la increíble aventura, cuando viajábamos en bus, primero hasta Pereira, y luego en chiva hasta Cruces, la única entrada al pequeño poblado. Recuerdo que, bajando al río Consota desde Pereira, avistaba los arbustos pequeños de café en la ladera de la montaña y les decía a mis padres que eran repollos gigantes. Ellos solo sonreían. Cuando llegábamos al río Barbas, presenciábamos las primeras escenas de película. Un cañón profundo, la vía pantanosa y montaraz, como una maraña inexpugnable. Con dificultad llegaba el carro -pocos kilómetros más adelante- a Cruces, la entrada de siempre para llegar al municipio querido. Allí debíamos esperar mucho tiempo para tomar el jeep que cumplía el recorrido. Existía una amplia y oscura estancia que funcionaba como restaurante y donde se degustaban sabrosos tamales. Nos sentábamos a esperar y a veces contábamos con suerte, pues llegaba más rápido el vehículo de un conductor que había conducido la camioneta de mi padre en la ruta Cruces - Filandia y viceversa, promovida por el viejo a finales de la década de los 50. 

El trayecto podría demorar hasta dos horas pues el campero se enterraba en los lodazales de la trocha. Mientras bajaban algunos a  empujar, yo gozaba con el chapuceo de barro y observando el patinaje de las ruedas traseras. En tanto mi madre me llevaba a distancia, para que no se arruinara mi traje dominguero con una gota de pantano. La alegría se desbordaba cuando comenzaba el ascenso desde la casa de los Ochoa, en el sector de Arenales. Después de pasar ese último escollo del camino, entrábamos a Filandia, por la calle que siempre se conoció como la “salida de Pereira”. Allí en la plaza nos esperaba mi nana, María Jesús Castro, quien me llevaba hasta su humilde casita en la falda del convento, donde me mimaba nuevamente, como lo hizo en la casa del teatro Bengala durante mis primeros cuatro años de vida. Partíamos de regreso a las cuatro de la tarde para llegar a Pereira sin dificultades. A veces la aventura comenzaba el sábado, desde Santa Rosa de Cabal, y eso representaba que pernoctáramos esa noche en la casa de 15 habitaciones donde nací, y cuyo espacio es ocupado actualmente por la Casa de la Cultura. 

Lea también: Descubrimiento de la provincia de Toche por Galarza

  Siempre quise conocer la historia de esa carretera de entrada a mis recuerdos felices, los seis kilómetros que separan a Cruces de Filandia. Hasta que encontré dos referencias escritas interesantes. La primera, en un libro editado por Odinsa y la Autopista del Café, titulado ‘Un eje que se entreteje entre historias, carreteras y café’, con textos de Gloria Inés Montoya Mejía. En uno de sus capítulos, donde se aborda el tema de las carreteras del Quindío, la autora retoma el contenido de una entrevista hecha al historiador Alfredo Cardona Tobón, cuando se construyó el tramo entre Pereira y Armenia: “... Después de ingentes esfuerzos el gobernador Daniel Gutiérrez y Arango entregó el difícil trayecto el 4 de agosto de 1930 y, aunque estrecho y destapado, fue recibido con alborozo por pereiranos y armenios. Una gran caravana presidida por el gobernador estrenó el ramal de Filandia el 3 de agosto. La comunidad se volcó a las calles con banderas y flores: fue el descubrimiento del Caldas, un departamento que hasta entonces solo había figurado en los documentos oficiales, en los recaudos de impuestos y en la persecución de los cultivadores de tabaco”. 

La segunda referencia es en realidad un ensayo ameno, escrito por Sonia Chica de Ospina, una Licenciada en Lenguas de la Universidad de California, Santa Bárbara (UCSB), nacida en Filandia, una de las dos hijas de la famosa pintora primitivista Olga de Chica y radicada desde hace décadas en Estados Unidos. El título de su escrito,”El Recibimiento”, fue publicado en la Revista “Mujeres”, Universidad de California, Santa Cruz, en 1984. Con una prosa precisa y fina, nos coloca en las vivencias de aquella época en la que arribó la caravana de automóviles a Cruces, donde venía el gobernador de Caldas con su comitiva, con destino a Filandia. Recibidos por los jinetes en cabalgata,el funcionario y sus acompañantes emprendieron el recorrido hasta el pueblo a través del camino de herradura que comprendía dicho ramal. Sufrieron las peripecias de la jornada “porque eran gentes de ciudad, mejores chalanes en sus sillas de oficina, clubes o porras taurinas, pero malos jinetes en exposiciones y festejos de provincia”. Narró claramente la autora cómo el gobernador “perdió el equilibrio precipitándose a un hueco y esparciendo barro a diestra y siniestra”. 

Lo que fue una historia de nunca olvidar en Filandia y que -como tantas otras- se comentó en corrillos callejeros durante tantas décadas, es descrita en este importante artículo, para dar a conocer, desde la figura del ensayo literario, la historia de un camino difícil y los detalles de una visita fallida. Porque el funcionario finalmente regresó al día siguiente, sin aceptar los agasajos de la noche anterior. 

Con la autorización de su autora, transcribo la última parte del escrito: 

“...Los que se levantaron temprano vieron con sorpresa que la cabalgata estaba en la plaza, envuelta en la bruma del amanecer. Pronto salió rumbo a Cruces con su escolta del día anterior. El ruido de las herraduras en las calles empedradas hizo levantar el pueblo entero, que tímidamente por los postigos mostró caras entredormidas. Algunos corrieron a los portones, pero los caballos iban de prisa y se perdieron en la esquina donde comenzaba el camino. Los jinetes se alejaron bajo los festones que todavía colgaban de los techos. Ninguno miró hacia atrás. 

Días después, en su despacho, antes de firmar el decreto que daría principio a la construcción de la carretera “Cruces”, el gobernador pensaba en la ingeniosa manera como aquel grupo de dirigentes pueblerinos había preparado el plan. Y con los años terminaría por olvidarse de los corcoveos y mataduras. Pero no de la terrible afrenta del baño del pantano”. 



COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net