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Historia / ENERO 30 DE 2022 / 2 años antes

El negro Arrayanales

Autor : Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

El negro Arrayanales

Juan Fernández “Arrayanales”, hombre de semblante campesino, tez morena y tersa, frente amplia, dividida por una arruga que la partía en dos; ojos negros y brillantes, boca amplia, labios gruesos y rojos; dientes blancos y parejos, como los de una mazorca, enmarcados en su sonrisa cordial; ruana al hombro, alpargatas de cabuya, sombrero aguadeño y pañuelo raboegallo.

Solitario rondaba por el camino de Armenia a Filandia, en el cañón de Cruces, paso obligado para los viajeros con dirección a Manizales.  Camino trajinado por gentes y sus cabalgaduras, sitiado de atroces despeñaderos que se extendían peligrosamente entre altos camellones, incluidos enormes y brillantes lajas negras por cuyas grietas brotaban lamas amarillentas y piedras adornadas en sus acoples por helechos sarros que ondeaban a soplo del viento.

Camino abierto por las patas de los animales, de transito difícil, más parecía un harnero cuyos huecos en invierno estaban llenos de agua cenagosa y cuando el sol secaba los tragadales se veían los huecos de tierra pintados de color amarillo y verde. Sendero peligroso por donde de cuando en cuando asomaba la cabeza una asustada lagartija.

Una mañana, el comerciante Belisario Henao marchaba rumbo a Manizales, transitaba el cañón de Cruces”, donde fue sorprendido por viajero extraño y solitario que, al percatarse de su presencia, intentó esconderse detrás de unas peñas cerca de un boquerón. Al sentirse descubierto salió de su escondite y saludó con una sonrisa amable a don Belisario. Se trataba de Juan Fernández, alias “Arrayanales”, quien provocó nerviosismo y recelo en la humanidad de don Belisario Henao.

Arrayanales replicó a don Belisario: “Usted me conoce muy bien señor Henao y yo también lo he visto mucho en Armenia en su almacén de la plaza de Bolívar. Usted supo que tuve que castigar a don Jesusito, el alcalde porque me la tenía “pinchada” más de la cuenta. A esos viejitos alborotados hay que asustarlos de cuando en cuando pa que jodan menos. Prosiga tranquilo don Belisario y nada de chismecitos. Ojalá no abrá la boca en todo el camino. Ya sabe, nunca estuve en estos pedregales. Usted es un hombre serio. Voy para la vereda Arrayanal porque mi madre está muy enferma. ¡Los malditos celadores de Salento casi la matan, dizque meterle las manos a la vieja en agua hervida…! Una palabra sorda y brutal rebotó en el ámbito de aquellas soledades”. El reo por de la justicia siguió su camino por el cañón dejando marchar tranquilo a don Belisario.

En el cañón de Arrayanales, cerca de la trocha que llevaba a Salento, Juan Fernández, en compañía de su padre y su hermano menor, construyeron un rancho de vara en tierra;  casita que las tardes de verano se iluminada con el “Sol de los Venados”, adornada con el humo que salía del fogón, y se colaba por entre el entejado de guaduas.  Allí vivía “Arrayanal” con su madre, laborando la tierra, mejora que le había costado seiscientos jornales de trabajo, en dos años, para poder obtener el título de propiedad como colono. 

El padre de “Arrayanales”, Manuel Fernández, había sido asesinado en el cañón del Barbas, por Ramón Guasca. “Arrayanales” buscó al asesino, lo encontró en el camino de Boquía, se retaron, y en feroz lucha machetera, “Arrayanales” le dio muerte, abandonó el cuerpo de su enemigo, tapándolo con hojas de biao a la vera del camino, junto a un churimo. A partir de este suceso no se supo más del negro “Arrayanales”.

Tiempo después, muy de madrugada y con el propósito de visitar a su madre,  “Arrayanales” apareció en Cruces. En tal ocasión lo estaban esperando las autoridades y sin ofrecer resistencia lo atraparon. Esa misma mañana lo encerraron en la cárcel de Circasia.

La noticia de su captura se regó por todas partes. Rápidamente lo llevaron hasta Armenia, donde la gente hacía fila para mirar y conocer a “Arrayanales”. El alcalde de Armenia, don Jesús Villegas; Rafael, el secretario, frotándose las manos entusiasmado: “Muy bien, muy bien. Ese muchacho es peligroso, me ha tocado lidiarlo, hijue.. Diablo si me estaba yendo mal con él”.

Sujetas sus manos por esposas de acero, que relucían a causa del sol de medio día, marcharon con él por la Calle Real de Armenia, como si se tratara de un gran personaje. Cargaba un gallo negro de plumas azulosas, su eterna mascota, que sacaba la cabeza por debajo del sobaco del preso. Sonreía, sus ojos se avivaban. Estaba pálido, tenía más fina la nariz recta.

Lo recluyeron en una celda que daba sobre la calle de “Trompiliso”, carrera 16 con calle 16. Pasados quince días de la captura de “Arrayanales”,  en una inspección rutinaria, su celda, o sorpresa, la encontraron vacía. “Arrayanales” iba ya muy lejos del pueblo. Huyó por el camino de Hojas Anchas, en donde le arrebató el caballo a Tuta Cardona y se perdió al otro lado de la quebrada. 

Don Griseldo Acevedo mostraba el balcón del panóptico y decía: “Es tan jodido ese “Arrayanales” que hizo un lazo con las sábanas y los trapos de la cama y por el amarradijo se deslizó”.

Supieron después sus amigos que, de Panamá, Juan Fernández “Arrayanales” enviaba devotamente cada mes, a su madre, unos dólares con una carta filial.

 “Crónicas de don Dionisio”. Editorial Quingraficas. Armenia Q. 1.981

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