l

Por Ejemplo / DICIEMBRE 26 DE 2020 / 3 años antes

John Jaramillo y su recuerdo de la Navidad en Armenia

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / robertrepo@yahoo.com

John Jaramillo y su recuerdo de la Navidad en Armenia

El pesebre, caracterizado por mostrar una escenografía descomunal, con figuras de animales más grandes que las casas y paisajes variados.

La pandemia ha modificado la vivencia de las tradiciones festivas de diciembre y ese factor incide en la Navidad. Por tal razón, es bueno recordarla en la pluma de John Jaramillo Ramírez, ya que debe ser ella una celebración de familia congregada, sin invitados externos ni aglomeraciones.

A principio de diciembre, año tras año, releo su interesante libro titulado Pieza del reblujo, publicado en 2006. Jaramillo Ramírez es publicista, administrador turístico y  miembro de la Academia de Historia del Quindío. Es una de las obras escritas más agradables, en la que se relatan pasajes sobre la cotidianidad y anécdotas de Armenia, su ciudad natal. Retomo con atención uno de sus capítulos, páginas 207 a 221, que se refiere al  último mes del año y sus festividades.

Las vivencias de las celebraciones navideñas se rememoran en esta época de la novena de aguinaldos, la natilla, las hojuelas y los buñuelos en los encuentros familiares. Pero es mucho más placentero cuando se tienen en cuenta las menciones escritas por este académico, en las que ha llamado coloquialmente sus “croniquillas antañonas”.

En los años 40 y 50 de su niñez, Jaramillo recuerda que el proceso de la Navidad se sentía desde el 29 de noviembre, con el inicio de la novena de la Inmaculada, la que terminaba precisamente el 7 de diciembre con la primera noche de las velitas. A las 5 de la mañana de estos nueve días, las notas musicales del Ave María de Schubert se escuchaban a través de los altoparlantes del hermoso templo de bahareque revestido en latón, y luego estallaba la  pólvora para dar comienzo al recorrido del Rosario de la Aurora, con la imagen religiosa por las calles principales. Es de anotar que esto también se realizaba en el resto de localidades del Quindío, lo que recuerdo también en mi natal Filandia, con la procesión matutina hasta la gruta de piedra de la Virgen, situada en el antiguo colegio de bachillerato.

En el alumbrado de Armenia del día 7 se prendían las velas de parafina en sus andenes. De los marcos de las ventanas en las casas de bahareque pendían los faroles de acordeón que vendían en la cacharrería España. Mientras en la zona rural los arcos de guadua eran los soportes de las velas. Se elevaban también los globos, elaborados ellos de papel de seda pegado con engrudo. El 8 de diciembre, en horas de la tarde, se llevaba a cabo la procesión con la imagen de la Virgen del Gozo, pues según Jaramillo, la de la Inmaculada de fabricación española era muy pesada para transportarla. En la noche se repetía el alumbrado, no tan vistoso como el del día anterior.

A partir de estas fechas aparecían los surtidos navideños en las cacharrerías de Armenia, los que el cronista describe detallada y graciosamente. También nos menciona la exhibición de los primeros árboles de Navidad “en cabuya teñida con anilina verde”. Después vendrían “el primer chamizo forrado en algodón hidrófilo”, “la moda del pino natural”, el “chamizo empegotado con engrudo y recubierto de bolitas de icopor”. Terminando su relato cronológico, nos cuenta cómo aparecerían posteriormente los árboles plateados de aluminio, los de plástico y los de fibra óptica. El autor solo menciona la exhibición de un Papá Noel, el del almacén Lord, donde el maniquí masculino era mostrado “con vestido de dulceabrigo rojo, botas pantaneras de Grulla y barba de algodón”.

El 10 y 16 de diciembre  constituyen las fechas clave de las celebraciones. Simbólicamente aquí empieza el recorrido devocional de la Navidad. Cantidad de manifestaciones sagradas y profanas se muestran desde estos días, cuando armaban el  pesebre  y comenzaba la segunda novena, la de aguinaldos. Jaramillo Ramírez se refiere a estas situaciones con emoción, como quiera que la Navidad es para muchos niños la mejor época. Aquí aparecen los detalles más afectivos —algunos de ellos hoy desaparecidos— de la ilusión festiva del mes doce del año.

El jolgorio iniciaba con las jornadas de recolecta de grandes cantidades de musgo, desde el 10 de diciembre. Vendría luego el montaje de inmensos pesebres, utilizando cajas de cartón, muebles o andamios, recubiertos con papel encerado. El resultado, en una gran habitación de la casa, era una escenografía descomunal, donde las figuras de animales eran más grandes que las casas y los paisajes eran variados, en evidente desproporción todo.

El 16 comenzaban las novenas. Jaramillo trae a  la memoria los pesebres artísticos de su ciudad, con telones de fondo pintados por Jaime Manzur, o los de los templos más concurridos, como el de San Francisco, pues allí “adaptaban un coche de bebé como carroza donde iba la imagen del Niño Dios que por las mañanas, en los días de la novena, recorría la ciudad, recogiendo la limosna para el aguinaldo de los niños del orfelinato”.

A diferencia de hoy, esas novenas eran muy concurridas. No faltaban los villancicos. “Cantábamos acompañados con los pitos de pajarito llenos de agua y las panderetas fabricadas con tapas de cerveza machacadas a punta de piedra y ensartadas en un alambre”, escribe el historiador.

Eran nochebuenas con mucha comida, natilla preparada en la paila de cobre, rellena, buñuelos, hojuelas de harina y hasta marrano sacrificado. “Los niños, antes del sacrificio, paseábamos al marrano, llorando como plañideras, llevando coronas fabricadas con el helecho que habría de servir para chamuscarlo y luego nos peleábamos por un pedacito de cuero y lleno de pelos, que nos sabía a gloria cuando empezaban a destazarlo”. Es fabuloso el relato de Jaramillo, con maravillosa chispa y humor, el que también emplea en sus tertulias y conversaciones académicas.

 El 16  también habían comenzado a jugar los aguinaldos. Se apostaba a la “pajita en boca”, al “hablar y no contestar”, al “sí y el no” y a “la estatua”. Eran competiciones jocosas, que alegraban con entusiasmo los ambientes familiares y callejeros.

El día culminante, de la unión familiar y para compartir con vecinos, era el 24. En la mañana se veía a los muchachos portando platos con natilla, cubiertos con pequeños manteles, que llevaban a todas las casas. Cuando se rezaba la última novena, se quemaba pólvora sin restricción. A las 9 de la noche, los niños se acostaban para esperar al Niño Dios. Los mayores seguían la fiesta, en medio de visitas de tíos y primos que se reunían en la casa de los abuelos. A las 12 de la noche asistían a la misa de Gallo, durante la cual colocaban la imagen del Niño Dios en el pesebre del templo.

Así comenta este académico el momento más esperado de aquella celebración: “En San Francisco el Niño descendía desde el coro mediante una polea, en una ornamentada canastilla que se posaba en el portal... Al regreso ponían en nuestro pesebre la figura de Jesús recién nacido... El 25 madrugábamos a ver nuestros traídos, estrenar la muda que nos había dejado el Niño y, con un pedazo de piola o cabuya, arrastrar por la casa el carrito que tenía la misma procedencia, y las niñas a lucir sus muñecas...”.

Recomendado: Pesebres en el Quindío, una tradición que sigue tan viva como la Navidad


Temas Relacionados: Navidad

COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

Comentarios Bloqueados solo suscriptores

  • Suscríbase a nuestra página web y disfrute un año de todos nuestros contenidos virtuales.

Acceda sin restricciones a todos nuestros contenidos digitales


copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net