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Quindío / ABRIL 14 DE 2022 / 2 años antes

Defensa jurídica de Cristo

Autor : Horacio Gómez Aristizabal

Defensa jurídica de Cristo

Señor Poncio Pilato, el título de juez, no representa un privilegio. Entraña una grave responsabilidad. Y a vos os corresponde juzgar hoy a un hombre que nadie ha acusado. La ley exige varios requisitos para poder procesar a un reo. En este caso singular se han violado todas las normas que rigen en Roma y en Judea. A Cristo se le ha conducido, no por ofendidos, sino por representantes de la autoridad política, ante un tribunal, el Sanedrín, el cual se ha reunido de noche, lo que rechaza el precepto de obligatorio cumplimiento. Los códigos no permiten que se hagan juicios, los viernes, ni los sábados.  

Como nadie atribuye delito alguno a Cristo, se han comprado testigos y por pensarlos precipitadamente, se han contradicho en forma irritante. Los testimonios incitan al desprecio, pero no a la credibilidad. Solo el testigo veraz, moralmente insospechable, puede considerarse como los ojos y los oídos de la justicia. Cada hecho, según la ley vigente, debe ser demostrado con fuerza de evidencia, por dos testigos. Y aquí, nada de eso ocurre. 

Un funcionario romano preguntó: “Eres acaso el Mesías” y Cristo exclamó: “Tú lo has dicho”. Y esto se ha calificado como confesión del delito de blasfemia. Pero no, la blasfemia es ofender la majestad de Dios. Y Cristo con su vida, con su ejemplo y con su palabra, no ha hecho más que revelar principios nobilísimos. Siempre enseñó preceptos como el de que hay que amar a Dios con todo el corazón. Este, expresó Jesús, es el mandamiento primero y principal. Y el segundo, agregó, es semejante a este: “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo”. ¿Es esto blasfemar? Además, buscó a los marginados y a los enfermos, no para soliviantarlos diciéndoles que la miseria era una desgracia, sino para explicarles que son un bien y que Dios preferirá en el cielo a los que han sufrido y padecido en la tierra. Cristo predicó siempre la paz, el amor y la hermandad. Se ocupó del pastoreo en el campo y trabajó modestamente como un artesano.  

Como ha fracasado la acusación de que el Maestro es un blasfemo, se ha argumentado políticamente, que es un sedicioso. Pero Cristo no ha predicado el desconocimiento de la autoridad civil, ni ha incitado a la multitud a la resistencia violenta. Por el contrario, hizo el milagro de devolverle la oreja al centurión herido que lo capturó; cuando fue abofeteado en una mejilla, colocó la otra y con indecible mansedumbre expresó: “Los mansos de corazón estarán a la diestra de Dios Padre”. 

Ni blasfemia, ni sedición se ha podido demostrar. ¿Es justo este proceso? ¿Hay aquí esperanza? ¿Por qué tanta saña con el bueno y con el santo? La autoridad, Sr. Procurador Poncio Pilato se ha constituido para proteger en forma eficaz y efectiva al inocente.  

Acudo, Sr. Procurador Poncio Pilato, a vuestra conciencia. ¡De qué sirve, que tengáis la convicción infinita de que Cristo es inocente, si no se promueve la fuerza pública para que lo ampare y defienda! ¿Por qué entregáis al más indefenso de los hombres, a la garra rapaz de los alguaciles? 

Sr. Poncio Pilato: “La posteridad revisará implacablemente este juicio. La historia será un nuevo tribunal que fallará en última instancia, de una manera inexorable”, decía un pensador.  

Hay, Sr. Procurador Poncio Pilato, un sentimiento profundo y natural de justicia, en todo hombre, el cual no es sino la aplicación lógica de otro principio natural también y que reza así; no hagas a otro lo que no quieres para ti. En el respeto al inocente inerme reposa la tranquilidad y el orden. 

El impulso de ser justo salta en el magistrado, por encima de cualquier sentimiento y consideración.  

El juez que no cumple dignamente con su deber es dominado por una angustia semejante a la del ave sin alas o al pez que salta desesperado en la arena. Sabéis allá en lo hondo de vuestro corazón, que Jesús es un varón santo, justo, un predicador de ideas puras y de un carácter bello y armonioso. 

Sr. Poncio Pilato, allí está el Nazareno al frente vuestro, con toda la impresionante mansedumbre de un cordero, esperando una sentencia justa. Que vuestro fallo sea digno de la autoridad que representáis y que esté a la altura del Imperio Romano. ¿Cómo condenar por sedicioso, a quien repitió que había que darle al César lo que era del César y a Dios lo que es de Dios? Ser injusto es malo por regla general. Pero ser injustos con quien enseñó la virtud y practicó la bondad, ¿no es el peor de los atropellos? Si este acusado es un varón ejemplar, ¿por qué le queréis quitar la vida? 

Sr. Poncio Pilato, ¿sabéis lo que es la conciencia? Si lo sabéis, doy gracias al cielo porque este acusado está a salvo. Sr. Procurador, llegó vuestra hora suprema; la hora de ejercer todo vuestro poder, con honestidad y responsabilidad. Que se haga justicia, aunque se acabe el mundo. 


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