Editorial / JULIO 29 DE 2021

Dos lecciones

Que el asunto no permanezca todo el tiempo en el centro de la agenda mediática del país no quiere decir que las víctimas del conflicto armado en Colombia sientan que les dijeron la verdad  o que se hizo justicia.

Dos lecciones

La visita al Quindío del mayor general retirado Luis Herlindo Mendieta Ovalle, policía secuestrado durante casi doce años por el grupo terrorista de las Farc, además de retrotraer uno de los capítulos más dolorosos del país, dejó varias enseñanzas entre quienes lo escucharon.  

Lo primero, lo más admirable, es que un hombre que fue secuestrado, encadenado y enjaulado durante más de una década, crea en la democracia y en la participación en política y no en una salida armada para que haya paz. Lo segundo que habla bien del boyacense es que invite a valorar los detalles más simples de la vida; cuando se pierde el sagrado derecho de la  libertad y todo contacto con los seres queridos, poder comerse un huevo o escribirle una carta a un hijo vale un potosí y eso lo tiene claro el oficial retirado.

Lo otro valioso de haber tenido a Mendieta Ovalle en esta parte del país, además de su admirable capacidad de resiliencia, es escuchar de viva voz lo que piensa quien sí tuvo que padecer los rigores de un conflicto armado tan eterno y despiadado como el que más sobre los acuerdos de paz con las Farc. El expolicía reafirma lo que muchos, sin haber sido afectados directamente por tantos años de combates a lo largo y ancho del país, piensan y es que, aunque firmar el acuerdo de paz era la ruta, haber puesto en el centro a los victimarios –Farc– y no a las víctimas, fue un craso e histórico error. 

Por eso es que las verdaderas víctimas –las que no empuñaron las armas– se sienten revictimizadas y muy rápido dejaron de creer en aquello que se lee tan esperanzador, pero que no se ha cumplido: verdad, justicia, reparación y no repetición.  

Ya se van a cumplir cinco años de la firma de los acuerdos de paz de La Habana y todavía no se sabe toda la verdad de tan aciagos años y sin ella no se puede pretender que haya justicia y mucho menos reparación. El país ignora el paradero de, como mínimo, setecientas personas porque los victimarios –Farc– no han querido decir si las mataron y mucho menos en dónde las enterraron. 

Las víctimas del conflicto armado nunca van a sentirse reparadas y tampoco van a sentir que se hizo justicia si les siguen ocultando la verdad, si quienes les causaron tanto daño siguen evadiendo lo mínimo a lo que deberían comprometerse y que es ese acto de contrición traducido en sinceridad a la hora de hablar. Difícil que lo hagan después de haber recibido tantos inmerecidos beneficios y de haber logrado hábilmente volverse el centro del diálogo y las consideraciones, usurpando el lugar que estaba destinado a quienes no han parado de padecer. 

Y como si no fueran pocas las razones para pensar que no se ha dicho la verdad, que no ha habido justicia y por supuesto que la reparación de las víctimas está lejos, las disidencias de las Farc, e incluso algunos desmovilizados con beneficios del Estado, volvieron a su delictivo actuar. Por eso aquello de la no repetición es una entelequia.


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