Editorial / NOVIEMBRE 29 DE 2022

Plátano y café

Cultivos que por años han sido sinónimo de prosperidad, hoy padecen males tan graves como el moko y la roya.

Plátano y café

Cada año, más que el anterior, queda en evidencia la vulnerabilidad de los productores agropecuarios ante las lluvias que, como están marcadas en Colombia, tienen dos temporadas al año. Los estragos por cuenta del crudo invierno no solo se contabilizan en deslizamientos, viviendas destruidas, heridos y fallecidos, también se tasan en cosechas perdidas. Sigue lloviendo en buena parte del país, incluido casi todo el departamento del Quindío; los pronósticos calculan agua hasta mediados del entrante diciembre, pero los daños se sentirán hasta la primera cosecha del año siguiente. A los no pocos males que venían soportando los productores agropecuarios del departamento se sumó la lluvia que los tiene con el agua y deudas hasta el cuello. 

Los platanicultores la están pasando mal. En muchas fincas el panorama es desolador. El alto costo de los fertilizantes le asestó un duro golpe a buena parte de los cultivadores de plátano y el invierno noqueó a otros más. Los pocos que siguen en pie, aferrados a las cuerdas, tienen una mínima utilidad y por eso se empieza a hablar de escasez de plátano en la región y varias zonas de Colombia. Desde el gremio se calcula una reducción del 35 % en la producción, muy grave para un departamento que cuenta con esta fruta como base de su alimentación y que tanto mueve la economía local. 

Lo otro que también preocupa en demasía es que los cultivadores de plátano estén hablando de escasez de mano de obra para la siembra, el cuidado y la recolección en las fincas. Ese que parecía un mal exclusivo de los caficultores, ahora lo sienten quienes tienen sus tierras sembradas con matas de plátano. La estadística de Fedeplátano alerta sobre una grave problemática: apenas el 2% de quienes habitan el campo tienen edades entre los 18 y 30 años, el 46 % corresponde a personas mayores de 60 años y el 42 % está entre 40 y 60 años. No hay relevo, ni en el cafetal ni en el platanal. 

El agua, además de dañar los cultivos, hace intransitables las vías veredales, espanta a los trabajadores de las parcelas y minimiza las utilidades de lo que se salva. Ojalá esa apuesta del gobierno nacional sobre el campo sea esta vez una realidad y que la misma tenga el eco que debe en los planes de desarrollo departamental y municipales. El Quindío es un territorio de vocación agrícola, con grandes amenazas por fenómenos naturales, pero, por su extensión, más posible de proteger. En el Quindío el campo tiene que ser la prioridad, para quien se siente en la silla principal de la gobernación y para quienes lo hagan en las de las alcaldías.  

Hay que reconocer el avance del actual gobierno departamental en, por ejemplo, metros lineales de placas huellas y en recursos para fomentar la asociatividad de quienes arañan la tierra, pero falta, falta mucho más. Se tiene que insistir ante el gobierno nacional en seguros de cosecha, en más recursos para seguir mejorando las vías rurales y en formalizar la actividad del trabajador en la finca; hay que insistir en abrir y sostener mercados locales, nacionales e internacionales para los productores locales.

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