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Opinión / FEBRERO 28 DE 2024

Acaime el mohán que cuida de las aguas

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Símbolo de la resistencia indígena, ante la crueldad de los conquistadores españoles.

A los doce años de su fundación se rebelaron los Quimbayas a persuasión de un indio extranjero, natural de Panchi, llamado Acaima, gran Mohán y hechicero. Pudieron al fin tanto sus persuasiones, que se alzó la Provincia y vino sobre Cartago, trayéndolo a él por Capitán debajo de un palio de estera, vestido con una camisa de pecho de mujer, y por capa un faldellín colorado que había sido de una María de Mercado, española, que había muerto a vueltas de otra gente, fuera del pueblo, a quien apretaron por muchos días de manera que les fue forzoso ir con dos mil pesos a traer socorro de soldados a Cali, con que se defendió la ciudad y desbarataron a los indios en una sangrienta batalla, donde peleó el Acaima valerosamente hasta que lo mataron, con que quedaron los Quimbayas quietos hasta hoy, y bien perseguidos de los Putimaes.1

Según el cronista Fray Pedro Simón, Acaime fue un Mohán indígena, natural del territorio de los Panches, elegido para mediar con los espíritus y presidir los ritos religiosos, ceremoniales y de hechicería. Los indígenas acudían a él para pedir consejo y  para que intercediera en las aguas cuando los ríos estaban secos. Por eso se designa como el Mohán que cuida las aguas.

Lo transportaban en andas, sentado en un  palio de estera y vestido con la camisa y faldón de una española, María Mercado, asesinada por los indios.   Se le endilgaba poderes de vidente, lo que le permitía comunicarse con sus dioses y espíritus y de sus antepasados, además, encabezaba y tutelaba las ceremonias religiosas y ejercía de curandero.

Acaime se propuso derrotar a los invasores españoles que usurparon sus territorios emplazados en la cordillera del Quindío.  La brutal arremetía conquistadora, hizo que Acaime convocara un conclave con la participación de los caciques de los Yalcones, Panches, Pijaos y Quimbayas, con el propósito de contarles sobre la visión que los espíritus le mostraban en sus sueños; para ello, se reunió por más de una semana y en el trascurso del conversatorio, les describió las visiones de sus sueños, predicciones en que jamás había fallado.

Les refiero que en sueños, los espíritus les habían revelado lo siguiente:   “Caerá rayo y fuego y solo cuando los indios de la tierra se unan llegará el dios dorado y entonces se irá todo el mal”.  Ese día, el sol resplandeció tan fuerte e imponente que todos creyeron ciegamente que los dioses y los espíritus sagrados estaban de su parte.

Antes de terminar el concilio, Acaime les dijo que el tiempo del dios de oro llegaría pronto, pero tendrían que estar preparados, pues los espíritus le decían que no sería fácil la lucha contra los invasores. Este dios le reveló que cuando estuvieran juntos los cristianos y sus caballos, sacaría fuego de debajo de la tierra y los quemaría vivos. Según Acaime, el dios de oro mandó a matar a los cristianos por crueles y opresores. Concluida la junta, Acaime siguió su camino no sin antes decirles que él enviaría la noticia para el tiempo del dios de oro.

Más de 15.000 indígenas guerreros se alistaron para la guerra, armados de lanzas, macanas, flechas, hondas, dardos, cuchillos y grandes piedras, enfrentaron a los cristianos por mandato del dios de oro que lanzaría fuego de debajo de la tierra.

Los españoles disparaban sus armas de fuego sobre valerosos guerreros indígenas, dejando a más de 10.000 nativos muertos. Las lanzas caían y los cuerpos retumbaban en la tierra; las cabezas tronaban por el impacto de las piedras, rápidamente el monte prendió fuego, tal como lo habían vaticinado los espíritus, pero los españoles no disminuían su ataque. Los cuerpos los iban amontonando, y a los indios heridos los quemaban vivos en lanzas clavadas.

Algunos sobrevivientes fueron perseguidos hasta ser alcanzados y mutilados. Las carnes fueron enviadas en carretas a donde los Pijaos para demostrar que los españoles habían ganado la batalla del nuevo mundo. A lo lejos se veía la figura robusta de un hombre desconsolado, era Acaime que no creía lo que sus ojos observaban, parecía que el dios de oro llegó con la furia prometida pero esta vez la descargó sobre el pueblo nativo y no sobre los españoles como él lo había dicho. Todo un dios le daba la espalda a un pueblo que lo veneraba, lo esperaban.

Meses después en una gran batalla entre indígenas sublevados y españoles que se realizó en Cartago, en 1557 puso en aprietos a la ciudad de Cartago   sería vencido y muerto el Mohán Acaime, símbolo de la resistencia indígena contra la dominación española.

Fuente:

1  Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las indias occidentales por fr. Pedro Simón del orden de San francisco del Nuevo Reino de Granada. Capítulo IV. Pág. 183


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