Opinión / AGOSTO 11 DE 2022

Caracolí

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En el parque Bolívar de Calarcá, cerca de una de sus esquinas se pudo erigir en unos años una verdadera catedral vegetal viviente, bajo cuya sombra protectora seguramente se desarrollarían algunas actividades sociales de ese parque. Si, al lado de los árboles de mango, de guayacanes, de un pomo simétrico, de gualandayes y palmas de cera, habitaría en el futuro uno de los majestuosos árboles de la región, un caracolí, verdadero espectáculo vegetal, que puede alcanzar hasta 30 metros de altura y una frondosidad que mantendría constante oferta de alimento para los pájaros y un escondite seguro para los duendes del pasado.

Y digo se pudo, porque ese árbol no podrá desarrollarse tal como su magnificencia genética lo podía proyectar, porque le fue cercenado su tallo principal después de la primera ramificación no más arriba de tres metros. Consulté con un experto y me dijo que con esa “poda” bárbara que le hicieron, su desarrollo horizontal no podrá ser mayor.

Un potencial gigante de las alturas terminará convertido casi en un modesto anónimo entre sus congéneres del parque. ¿Quién lo hizo? no sé si la autoridad o el vandalismo, lo cierto es que perdimos una muy buena oportunidad de contar con un monumento a nuestra verdadera vocación paisajística. Hoy muchos de quienes pasan por allí seguramente no sabrán del daño causado al que pudo haber sido un imponente caracolí.

Si William Ospina dice que el nuestro es el país de los ríos invisibles, nosotros podemos afirmar, en medio de esta oferta exuberante que el Quindío es la región de los árboles olvidados: samanes, guayacanes, arrayanes, acacias, carboneros, balsos y guamos por entre los que transcurren nuestras vidas, no son ejes referentes tenidos en cuenta para ordenar nuestro territorio.

Poco le hemos parado bolas al territorio y sus componentes desde una perspectiva más original, siempre hemos organizado nuestra institucionalidad alrededor de pautas jurídicas y políticas, casi todas importadas de Francia Estados Unidos y pocas veces hemos inclinado el oído o dirigido la atención a construir desde nuestras particularidades, ignorando la importancia y singularidad de nuestro patrimonio vegetal, por ejemplo.

En la época en que fui alcalde de Calarcá, reunimos esfuerzos interdisciplinarios en una gran jornada para sembrar de árboles la vía Calarcá- la Ye. Participaron entidades públicas y privadas, como Secretaría de Agricultura, Comités de Cafeteros, CRQ, Umatas, Cámara de Comercio, entidades cívicas y bancarias etc. Unos suministrando el material vegetal, otros el abono, todos sembrando y cercando y los propietarios de las fincas vecinas como padrinos de los árboles sembrados. Todavía queda una huella importante de esos esfuerzos al lado y lado de la vía. Este empeño debe continuar ahora que hay más conciencia ambiental.

Propongo desde esta modesta trinchera de papel, una gran jornada para sembrar guayacanes amarillos en ese corredor y, porque no, en el Quindío. Si así les gusta a los visitantes, como sería vestido de amarillo.


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