Opinión / ENERO 20 DE 2022

Del cuerpo y otras bestialidades

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Vaporizaciones para destapar las vías respiratorias; caminar como si tuviese astilladas las rótulas; los músculos de la espalda palpitan y arden, el cuerpo incomoda, batalla, se alebresta. Las narinas pican; el calor me pone flácida: resbalo de todas las manos. Parece que estoy pariendo desconsuelos. El dolor reduce la existencia a mirar el techo desde la cama, un techo es todo lo que necesitas para ponerte en modo miserable. 

Después vienen los desdoblamientos. Crecer es como llenarse de pliegues, enrollarse en la piel de la experiencia. Uno es lo que le ha aplicado a la cabeza. Las otras generaciones cavaron agujeros, después se vaciaron ahí para siempre: sencillo. Pero mi generación no tiene estructura: divagamos entre los restos de una tradición que todavía marca límites y la capa de datos que lo cubre todo y presume rostros robotizados. De verdad uno va por la calle y ve correr en los gestos cataratas de datos. Estoy en medio de dos padecimientos: la virosis y el Karma generacional.  

Esta mañana un taxista me ha contado una historia fantástica: un lote de imágenes me estimula la neuralgia desde entonces. El taxista dijo que un puñal de 25 centímetros le rebanó el hombro, y le rompió el pulgar en cuatro partes, que el automóvil chocó contra la caseta de El Porvenir (“El Porvenir”, acorde, pensé). Después los machetes de los vecinos estrujaron los cabellos del ladrón… Cuando llegamos quise pagarle más de lo que valía el servicio, pero preferí evitarme el frenesí de la falsa misericordia. “El ladrón era venezolano, tenga cuidado porque esos matan se oponga o no se oponga usted al atraco”. Me gritó antes de que yo pasara al otro lado de la calle.    

Subí las escaleras del edificio mordisqueando el labio inferior para ignorar el ahogamiento: no alcanzo a llenar los pulmones, me interrumpe la tos. Soy una mujer descolocada, pienso la ciudad como un coito interrumpido: hasta las diez de la mañana, hora en la que me recogió el taxista, esta ciudad era un paraíso. El sol de enero penetrando medio mundo. Se me había olvidado la presión en las sienes. Al San Gabriel que el taxista lleva sobre la cajuela también se le llevaron su rollito de billetes. Fue lacónico, contó la historia con la parquedad de la costumbre, sin filosofía, la lógica reducida a agradecer el regalo de continuar vivo. Pensé mientras empujaba mi cuerpo por las escaleras.  

Cuando hube puesto las maletas sobre la cama, sentí el peso en las mejillas, debí engordar estos días de sueño obligado y caldo de cerdo. Estiré la piel con rabia, empujé el espejo de mano sobre la cómoda. “Maldita enfermedad”, creo haber vociferado.  La enfermedad llega con la depresión y encima las noticias del día.  Una mujer como yo, es decir, una mujer sin estructura, sin tradición, busca con vehemencia clavarse a alguna corriente ideológica. ¿Bajo qué principios quisiera moverme entre la multitud? Al menos los modales que otorgó la iglesia, y la rugosidad política de los años patrióticos, a veces envidio los oficios femeninos inútiles, extintos: bordar, pintar manteles, hacer recetas. Ahora entiendo de qué va la vejez: dolor corporal, cansancio, soledad, y esa sensación de haber hecho tres cosas con la existencia: planear, engordar y lamentarse. 


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