Opinión / DICIEMBRE 01 DE 2021

Los grados

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Suenan las trompetas en el escenario. Los sonidos animosos de la Marcha Triunfal de Aida anteceden el triunfo de cada estudiante. Los familiares alistan sus ojos para llorar y ver a los marchantes con sus togas y birretes. Muchos terminan viendo el recorrido de los graduados a través de las cámaras de sus celulares. Algunas lágrimas caen y el orgullo emerge desde lo más profundo. El maestro de ceremonias lee uno a uno el nombre completo de los guerreros que se están graduando. No importa la edad ni el grado, a cada uno aplauden. ¡Lo han logrado! Han terminado una etapa en sus vidas y se materializa un esfuerzo del que no son únicos dueños los estudiantes; también son partícipes de la victoria profesores, familiares y amigos. Al unísono, a todos se les hincha el pecho de alegría.

Terminan las ceremonias y las vitrinas sociales se ven inundadas de publicaciones que reflejan, con cierta justicia, aquella hinchazón torácica. Una sensación que muy posiblemente sentiría el militar egipcio Radamés —protagonista de la ópera «Aida»—, luego de derrotar en batalla al pueblo de su amada, con la que moriría en vida en su propia tumba.

Fotografías y mensajes representan las grandes emociones que provocan el ver a seres queridos graduarse. La felicidad que se siente por alcanzar el «gradus» (del latín paso, peldaño o escalón) se entremezcla con la nostalgia del consumo del tiempo. «No hace nada estábamos trayendo a nuestra hija al primer día del primer año de primaria y, ahora, ya va para el bachillerato», dicen unos padres orgullosos. O una abuela, con cálidas palabras, atina a decir: «nuestros niños se han crecido. Se nos pasa la vida».   

El ambiente de triunfo se profundiza desde los afectos y, por supuesto, debido a la finalización de una etapa vital que muy seguramente estuvo rodeada e influenciada por cientos de historias con diferentes desenlaces. Steve Jobs —el fundador de Apple— dijo en un discurso memorable a los graduados de la Universidad de Stanford, que cada persona termina conectando las historias del pasado para darle sentido a lo vivido y para entender el por qué algunas experiencias se escribieron de cierta manera. En el fondo, Jobs estaba diciéndole a aquellas personas (y a nosotros) que el graduarse es la finalización de algo que no entendíamos en su momento, pero que fuimos comprendiendo desde el amor. Y, al mismo tiempo, es el inicio de una etapa en la que está todo por escribir. 

Cuando decidimos caminar por el sendero del aprendizaje, el cual tiene grados para escalar, entendemos la vida como un proceso que se va tejiendo, como aquella filigrana que conduce hacia una obra que no vemos con la primera puntada y que, paso a paso, vamos construyendo para encontrarle sentido a lo que hacemos. En definitiva, los grados son la materialización del triunfo de los guerreros que no desistieron.


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