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La Salida / SEP 25 2017 / hace 2 años

Letras al carbón de Irene Vasco

Recorrer el país en busca de historias es una labor encomiable y supone un ideal para cualquier escritor con vocación trashumante.

 

 

Letras al carbón de Irene Vasco


Y si además de buscar historias el escritor logra relacionarse, enseñar y aprender de quienes son encargados de llevar las palabras, las historias y los libros a otros, su oficio cobra un nuevo significado.

Quizás nadie como Irene Vasco ha sabido compaginar el oficio de la escritura con el de la promoción de lectura. Es la autora de más de una veintena de libros de literatura infantil y juvenil, y como conferencista y tallerista ha tenido presencia en destacados eventos en todo el continente y a lo largo y ancho del país. De antepasados europeos llegados al Brasil, país donde nació su madre, la cantante Silvia Moscovitz, y con el cual conserva una conexión especial a través de su lengua y su literatura, lo que la ha llevado a traducir a autoras contemporáneas como Ana María Machado, Lygia Bojunga y Marina Colasanti, Vasco ha hecho de todos los oficios alrededor del libro su forma de vida. 

De sus creaciones, con varias ediciones y reconocimientos, se destacan Conjuros y sortilegios, Paso a paso y Jero Carapálida. De las más recientes quisiera detenerme en Letras al carbón, publicado en 2015 por Editorial Juventud y distinguido con el Premio al mejor libro 2016. Se trata de una obra con una historia y un contexto tan entrañable y singular que no pasa desapercibido y ningún lector que se tope con él debería pasarlo por alto.

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Como parte de su trabajo de tallerista y promotora de lectura Irene Vasco ha recorrido varios rincones del país, visitando bibliotecas públicas y conociendo de primera mano historias de bibliotecarios y lectores. Siempre con una libreta de apuntes, fue sumando anécdotas e historias contadas por los contertulios de sus actividades. 

“Recordando los mapas dibujados con diminutas trenzas en las cabezas de las mujeres africanas que guiaban a los esclavos fugitivos, así mismo trencé las historias que me prestó esta nueva generación de lectoras”, señala Vasco en el epílogo del libro. Una de esas historias hablaba de una niña a quien su abuela, a pesar de no saber leer, le enseñaba letras dibujándolas con un tizón de carbón. Allí encontró el punto de partida para componer la entrañable historia, ubicándola en un pueblo llamado Palenque en memoria de los primitivos poblados de cimarrones, y donde casi nadie sabe leer. Allí una niña se propone descifrar el contenido de las cartas que empieza a recibir un día su hermana mayor, acudiendo a la única persona del poblado que sabe leer, el señor Velandia, el tendero. 

No hay que llamarse a engaños por la aparente sencillez de la historia, su formato libro-álbum y el rótulo de “Recomendado de 6 a 8 años”. Lo que ha conseguido la autora con este trabajo trasciende los lugares comunes de la literatura infantil y juvenil, configurando una pieza documental con valor etnográfico que, con la cuidadosa composición del texto y las ilustraciones, ofrece una experiencia de lectura inigualable.

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Sobre el trabajo de ilustración cabe destacar que su autor, Juan Palomino, trabajó con fotografías que la autora le enviaba, convirtiéndolas en imágenes vívidas y cargadas del color local y la calidez de las gentes y el ambiente donde se desarrolla la historia. 

Con ese sustrato documental, esta obra se ubica dentro de la vanguardia de la literatura dirigida al público infantil, donde no hay temas vedados —ni el sexo, ni la guerra, ni la muerte—, y el autor se vale de diferentes fuentes y estrategias para componer el texto. De este tipo de literatura Colombia tiene, además de a Irene Vasco, destacados representantes como Yolanda Reyes con Los agujeros negros, Gerardo Meneses con La luna en los almendros, Jairo Buitrago con Camino a casa, y Triunfo Arciniegas con El árbol triste. 

Como empezar una historia. Las raíces y lo autóctono de una comunidad. La cotidianidad con sus pequeñas alegrías y tristezas. La exaltación de la oralidad y el lenguaje escrito. El analfabetismo y el machismo. Las ilusiones y el amor. Lo epistolar como vehículo para los sentimientos. Los sueños y la imaginación. La inocencia y la bondad. La capacidad de superar las vicisitudes. Crecer con el lenguaje. Todo esto aparece dispuesto en este libro de una manera tan natural que llegamos al final con un sutil sobrecogimiento y la necesidad de volver sobre las páginas una y otra vez. Pero sobre todo terminamos con ganas de compartirlo y conocer más de su autora, una mujer que cuando se tiene la oportunidad de escucharla contagia el entusiasmo por contar historias con su voz sosegada y familiar.

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Irene Vasco conoce bien el país, esto es fácil de colegir luego de acercarse a su obra y su trabajo itinerante, y seguramente su condición de andariega le permitirá seguir recogiendo historias que lleguen a muchas bibliotecas, a muchos lectores.

 

Juan Felipe Gómez
Especial para LA CRÓNICA


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