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General / FEB 12 2012 / hace 7 años

Confesión de diletante: La obra poética de Elías Mejía

Cuando los poetas avisados carecen de una obra pareja, tienen por lo menos la astucia o la fortuna de también carecer de mayores pretensiones, de no ir hacia ninguna parte y en lugar de ello diseminar a su paso unos cuantos textos memorables.
Confesión de diletante: La obra poética de Elías Mejía

Ese sería el caso de los artistas rasos, que dejan más huellas en sus emocionales audiencias que en la historia propiamente dicha del género, lo cual no deja de ser una ganancia y no de las menos apetecibles.

Estadísticamente, en una toma aérea y considerada en su conjunto, la producción poética de Elías Mejía la recorre un hilo conductor que la caracteriza parcialmente: los avatares y asuntos de un yo manifiestamente autobiográfico. En consecuencia, de cara a un estudio amplio de su obra, esta imbricación de la misma con dicho yo, perteneciente a la cultura y sociedad de su tiempo y su personal circunstancia histórica, son elementos indisociables para determinar sus significados, sus alcances y su razón de ser.

Pero, ¿qué más habría de singular en su producción?: Entre otras varias cosas, el diletantismo propio de un burgués de provincia (no es éste un juicio de valor), perteneciente a una generación con un pie puesto en un incipiente siglo XX y el otro en el limbo de una modernidad contradictoria: cosmopolita, por sus numerosas lecturas (la suya es una generación de lectores) y la explosión de los mas media, pero en el contexto de una cultura atávica y retrechera, tan característica de la zona andina de este país.

Caficultor y poeta, nacido en Calarcá en 1951 —por entonces departamento de Caldas—, Elías fue, además, primer premio en el concurso de poesía de los Terceros Nuevos Juegos Florales de Manizales en 1995 con su libro Confesión de navegante y ha vertido del francés textos de Yannis Ritsos y de Takis Vartvisiotis, entre otros.

En Conversaciones con el pez, compendio de su obra (Biblioteca de Autores Quindianos, 2010) en mucho más de un 50% nos topamos con un yo que hace poesía menos con las palabras que con su propia biografía y posición ante la vida, con un rasgo parcialmente definidor: esporádicas expresiones de cinismo de un yo que establece su distancia frente al mundo, comprometido, al parecer, nada más que consigo mismo o, acaso, la sugestión del significado: Hay que mentir / con el corazón / en la mano (Gajes de la sabiduría popular).

Este cinismo o desparpajo, que hay veces es ironía o desvergüenza, es —lo sabemos—un perfil definidor de la poesía moderna en Colombia, desde Luis Vidales y León de Greiff, pero más contundentemente desde las propias filas del aparatoso Nadaísmo, lo que habría de estimular un diálogo más contemporáneo con la poesía universal, quizá como otro síntoma de la superación de la noción de centro y de colonialismo.

El yo de su poética es un yo que no es que acuse y socave, pongamos por caso, los cimientos de esa sociedad y cultura que le ha tocado en suerte, sino uno que reafirma su diferencia frente al otro (que la sociedad industrial o urbana produce en serie) y que se resiste a la nivelación de su identidad frente a los otros, no sin asombro, como si saludara esa diversidad: como si luchara para reafirmar —mediante el arte— su singularidad, en un mundo que tiende a la uniformidad de las cosas y los seres, lo que lo conduce a existir, entre los otros, a cambio de reafirmar su diferencia. Como en una epifanía de ciudad, anota:


Tema para un cortometraje 3
¿Cómo pasar/ y no mirar los rostros?/ ¿Cómo pasar y no mirar su forma,/ sus ojos,/ su corona de pelo peinado,/sus labios con el alma/en la boca,/su colmillo solitario riendo,/royendo,/ amarillento de nicotina,/ verdoso contra la encía violeta?/ ¿Cómo pasar sin reír/de su última/ cirugía estética?


El eros
Pero es justamente ese desparpajo de corte nadaísta, el que bien dosificado y calibrado por la pluma del calarqueño, le ha hecho escribir sus más contundentes textos, definitivamente superiores a su obra, que son, a mi juicio, los alusivos al amor y al erotismo, con la sugestividad y la imagen poética propias de los tragos fuertes, que necesitan trascender la sola contemplación y la mera caricia, en un mundo donde los asuntos de la alcoba son un lugar común que todos se niegan ver.


Poema de 18 quilates
Era una mujer/ comerciante de joyas./ Sonreía siempre al hablar/ Contando sus memorias (…) Cuando dijo,/ ebria de complacencia,/ que deseaba un poema de dieciocho quilates,/ el brillo de sus ojos/ se acentuó de codicia./ Yo, acepté/ tan elegante desafío,/ y aquí me tienen recordando/ su noble orfebrería./ Aprisionó con esos labios/ mi falo en la madrugada;/ recogió sus faldas/ para confesarme/ el fetichismo de un liguero,/ y al salir el sol/ se esfumó/ como una pompa de oro/


en el aire (…)
Ajeno por entero o muy por encima de la tradición local en la cual se inscribe, su concepción de la mujer es análoga a la que tuvieran las generaciones posteriores a Mito y se enmarcaría tanto en la llamada Generación del desencanto, como en la plana mayor del Nadaísmo. Todavía más allá de la inmaterialidad mariana, no sólo se trata del cuerpo femenino como espacio de belleza y liberación, como superación del tabú decimonónico, sino también como territorio de transgresión, al borde de la visceralidad o más allá de la mera figuración simbólica:


Canibalismo
Para qué volver a estrujarlos/ entre mis dedos./ Quiero arrancar tus pechos/ y arrojarlos contra el muro./ Quiero arrancar tus pechos y morderlos/ como una fruta lechosa (…)


La presunción de nadaísta
La presunción nadaísta de Elías Mejía, que es un secreto a voces, estaría más en un temple ocasional, como un tributo, del cual constan textos bien representativos como Ego Rock, Janis, que es la verdadera encarnación de un discurso que pasó en Colombia por su fase de horno crematorio desde los años 80.


Ego Rock, Janis
(…)Aunque las consabidas buenas costumbres/ con su carga de madres hipócritas/ de moralistas iletrados/ y de policías obtusos/ afirman que soy una basura/ digo que/ aún así/ la palabra basura cuando a mí/ haga referencia,/ debe ser escrita con letra mayúscula,/ mínimo la primera.

Ser burgués y poeta, después de todo, es una dicotomía menos insostenible que la de burgués y nadaísta, sobre todo cuando no se muere joven, cuando no se posee tan sólo una máquina de escribir y una silla de ruedas. Hay motivos extrínsecos para pensar, dado el talante y el talento del calarqueño (que ha sido uno de los poetas de la región, con mayúscula mínimo la primera, desde la década del 80 hasta la primera década del siglo XXI) que su presunto nadaísmo es más un asunto de parroquia que el rasgo definidor de su obra.

Mejía tendrá textos que fastidien a la costumbre y moral ambiente, mas no lo singularizan en virtud del relativamente amplio abanico de sus posturas e intereses temáticos y, acaso, por la falta de insistencia. Por lo demás, por su naturaleza provinciana, el Gran Caldas jamás habría sido el escenario socio-político, religioso y cultural que creara las condiciones para la gestación de un movimiento así (mas si para aplaudirlo desde una distancia novelera) y ello explica cómo poemas suyos pertenecientes a un registro y un tono extemporáneos, lograran calar tan bien en la comarca: en su momento y a destiempo, algunos de dichos textos amplificaron el eco de un coro ya apagado y vendrían a ser algo así como nuestra dosis personal en el asunto ya liquidado en Cali, Medellín y Bogotá hacía años.


Su poesía en situación
En este universo, más estetizado que visionario, diletante en su proclividad a dispersarse en los asuntos de un yo ávido de sentido, el cual sería la cifra de su búsqueda, la circunstancia histórica y social contemporáneas (verbi gratia, el poder y la violencia), si bien tienen una presencia relativamente reiterada en su obra, no es menos cierto que su mirada hacia el asunto suele ser evanescente, con más tendencia hacia el esguince filosófico abstracto que hacia la indagación, per se, de la realidad que subyace o hacia la lectura abierta, polifónica.


Paseo Nocturno, 1996

Son las dos de la madrugada./ duermen profundo los capitalinos/ como en medio de una gran/ placenta/ que apenas borbotea sobre las aguas mayores/ que fluyen por las cloacas calmando el hambre/ de las ratas (…) Retorno solo a mi hotel/ inmerso en el espanto de mis visiones./ El asfalto helado repite mis pasos,/ me persigue la sombra de un engendro gigante/ y viscoso.

Al llegar al cuarto,/ ensayo tomar nota de mi desasosiego./ Sé que será imposible/ compartir a plenitud con alguien/ el sobresalto que tuve al descubrir/ en el aparente silencio de la urbe,/ el calmo borborigmo del único, gregario,/ desamparado, repugnante ser que somos.

Menos que objeto o víctima, el poeta es espectador de una circunstancia que toca a la puerta de su sensibilidad y su palabra, dando voz a lo que no tiene eco en su visión global de mundo, pero que habita en algunas de sus producciones como registro o como nota de un, algo extenso, noticiario:


Alguien huye despavorido
Alguien ve morir a sus queridos/ en medio de un mar de mugre,/ sin color humano/ y sin mirada altiva./ Alguien huye despavorido;/ alguien escapa mirando atrás/ mientras anhela ver/ coágulos de sangre/ en las sienes de su contrario.


De la estética

Voluntariamente o no, pero muy en consonancia con un universo variopinto que no termina de encontrar un ethos en el que consolide su poética o su palabra, en sí considerada, su poesía se erige en redención por el sentido y no en asunción de una verdad de mundo: el mundo en su estadio estético, más acá del universo como búsqueda.


Retrato
Con su largo pelo,/ los ojos enrojecidos,/ el topo de fantasía en la oreja,/ su pulsera de hilo/ y las sandalias rotas,/ salió a vender los dibujos/ elaborados durante el delirio (…) quizás no logre venderlos, pero,/ qué agradable ha sido dibujar,/ prolongar las líneas,/ vencer el tedio,/ lograr el equilibrio;/ poner un punto negro/ en el centro de la circunferencia/ para que ésta parezca una célula (…)
Quizá de ello derive su reiterada visión escatológica, que lo lleva a recusar, in abstracto, el mundo y su contexto, la sociedad y la cultura contemporáneas, mas no tanto —y ello es seguro— esa longeva vida de poeta, sello de garantía de la superación de dichas circunstancias: si acaso, sólo le queda la idea de la muerte como blanco de sus dardos:


Queja y adiós
Es la hora del tedio./ Aterrado con la eternidad/ y los tropiezos del corazón/ en la caverna del tórax,/ digo que nada soy./ Es la hora del voraz insatisfecho,/ del ansioso vencido,/ de quien exige aunque pocas cosas tiene/ para ofrecer./ Sólo queda el madero de la expresión/ como salvavidas en el fondo de un mar antiguo;/ queda la rama seca en el barranco/ donde cuelga el peso muerto/ de un mortal que se despeña (…)


El legado
Sonará excesivo, pero son numerosos los rasgos que hacen de él un poeta de su tiempo. En un contexto de provincia, su producción ha sido permeable a la estética y asuntos de su generación, como también a determinadas posturas y actitudes que superan el encierro y el monologismo a que tal circunstancia conduce. En tal sentido, se ha podido erigir en paradigma, para las nuevas generaciones, de aportarle al diálogo con el mundo: carece del color local en el que suelen quedarse artistas comarcales y, en especial, de ese tono reverente o cómplice que ayuda a fosilizar las tradiciones; el yo de su poética sería un “yo también existo” de su tiempo; no se trata, por lo tanto de un artificio, de una voz lírica creada con toda la deliberación con la que se crea un personaje, sino más bien de una voz que contiene el necesario y relativo grado de espontaneidad que acusa un ciudadano que se integra al diálogo con los otros, sin que ello signifique la trascendencia, pero si el signo vivo de un malestar generacional al que se le percibe el pulso entre sus páginas.


Por:  Juan Aurelio García Giraldo
Poeta y docente quindiano.

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