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201 años después, Colombia, una República frustrada

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Autor : Diego Arias Serna

201 años después, Colombia, una República frustrada

Con o sin emancipaciones, comunidades pobres y marginadas como las del Chocó, por solo citar un ejemplo, siguen ‘cobijadas’ por la desidia, el desamparo y el abandono del Estado.

Bolívar sabía que sin educación era imposible el bienestar material y espiritual del pueblo latinoamericano. Afirmaba que el primer deber del gobierno es dar educación al pueblo.

Este 7 de agosto Colombia volvió a celebrar el triunfo de la Batalla de Boyacá, un combate entre el ejército patriota y el de la monarquía española, convirtiéndose en el inicio de la República, según los deseos de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, los 2 continuadores del Grito de Independencia del 20 se julio de 1810. Ellos, con el apoyo de hombres y mujeres valientes doblegaron al ejército español que llegó a aplastar el intento de rebelión.

Determinar cuáles eran las aspiraciones de los patriotas y, en particular el pensamiento de Bolívar; además, cómo estaban económicamente los grupos aborígenes y la negritud traída brutalmente de África, será lo que se tratará de presentar en este artículo. Para ello se tendrá como soporte la información del libro Ensayos políticos acerca de Simón Bolívar, con primera edición de julio de 2000, y escrito por varios historiadores.

También como estamos de COVID-19, es pertinente señalar problemas de la población colombiana —de época de pandemia— muy similares a ese período de antes e inicio de la República. Es bien conocido que la emergente la clase económica criolla apoyó y participó en la gesta de independencia, y la población pobre estuvo en el combate buscando mejores condiciones de vida. Sin embargo, estos últimos —201 años después— en buen número siguen igual de abandonados.

Igualmente hay que resaltar que las pujas políticas presentes, tanto desde el Grito de Independencia como en el proceso de construcción de la República, siguen vigentes y está con más énfasis en estos momentos, cuando un sector político que ha gobernado prácticamente durante 20 años, se siente violentado cuando a su líder se le aplica la ley, lo cual es un reflejo de líderes políticos movidos por la emoción más no por la inteligencia.

 

El niño Pascasio dio cátedra de moral

Es importante recordar el ejemplo de Pedro Pascasio Martínez y el negro José, los 2 niños que no se dejaron sobornar del comandante español José María Barreiro, ante el ofrecimiento de unas monedas de oro; más bien, lo detuvieron y se lo entregaron a José Antonio Anzoátegui. Es una lección que se debiera enseñar en la educación básica, comparándola con el virus de la corrupción que ha permeado casi todos los estamentos de la sociedad, cáncer que ya hizo metástasis y que no se cura —como se dice en el caso de la justicia— con una reforma, sino reformando al hombre.

La importancia de la moral —en el acto de gobernar— la tenía en mente Bolívar, cuando propuso instituir 4 poderes. A los más nombrados: legislativo, ejecutivo y judicial, le agregaba uno más: el “poder moral”. Así lo enseñó Sonia Weingart en su artículo: “Observaciones en torno al constitucionalismo bolivariano”, compilado en el texto aludido arriba: “(…). Poder Moral. Bolívar lo imaginó como cuarto poder. Su función debería ser el control de la educación de los niños y del cumplimiento de las reglas morales”.

Agrega: “Sobre la forma de funcionamiento de los cuatro poderes, Bolívar subrayó la necesidad de una división rigurosa entre ellos: “nada es tan contrario a la armonía entre los Poderes como su mezcla”. Contrasta este planteamiento con lo que ha vivido Colombia en las últimas décadas, cuando no solo no existe esa división, sino que se mezclan intereses entre los tres poderes; el cuarto no ha existido, y el ejecutivo irrespeta al judicial como acaba de acontecer.

Fue el historiador ruso Anatoli Shulgovski, en su artículo “Bolívar y la guerra de liberación de las colonias españolas de América”, quien sobre la explotación colonial del pueblo expresó: “La guerra de independencia demostró el papel decisivo del pueblo trabajador, sin cuya participación hubiese sido imposible echar abajo el yugo colonial”.

 

El latifundio, 201 años en expansión

Según Shulgovski, “en el curso de la revolución liberadora se hizo mucho más evidente el hecho de que en el campo de los combatientes por la liberación existían contradicciones bastante agudas en relación con los objetivos y tareas de la empresa. El pueblo oprimido se esforzó por profundizar las conquistas sociales de la revolución, alcanzar la ejecución de profundas reformas sociales”.

Narra de igual manera el precitado historiador: “Pero las capas privilegiadas de la población criolla local se interesaron en lo fundamental por limitar las tareas de la revolución a la autodeterminación política de las colonias, sin permitir su transformación en movimiento del pueblo oprimido; obstaculizaron así cualquier cambio radical de las estructuras socioeconómicas tradicionales”. Sobre ese fenómeno también se expresó la historiadora, Ursula Thiemer-Sachse, en su artículo: “Simón Bolívar y los indígenas del nuevo mundo”.

Allí menciona que “las comunidades indígenas, las masas de esclavos, los trabajadores del campo y la ciudad, los pequeños productores, los campesinos, los comerciantes menores, ven pocos cambios en la expulsión del coloniaje y el advenimiento de gobiernos republicanos. Las grandes masas populares continúan en difíciles condiciones, pese a que la Constitución de 1811 recoge, con frases sonoras, el derecho de todos a la igualdad, la fraternidad y la libertad.

Expresa asimismo Thiemer-Sachse: “Para los humildes, el cambio es de forma y no de contenido, y el problema más urgente a resolver lo constituye el sobrepasar la jerarquía social heredera del régimen feudo-colonial”.

Más adelante señala: “Las contradicciones sociales se manifestaban, entre otras formas, en la ampliación del latifundio a costa de la población indígena, lo que significaba para ésta su expulsión de las tierras más fértiles y su exterminio”.

 

La otra ‘pandemia’, la del olvido

Desde el inicio de la pandemia, las comunidades aborígenes, las negritudes y los campesinos pobres, han manifestado el abandono por parte del gobierno, ante los efectos sufridos por la COVID-19. En junio, la Organización Nacional Indígena de Colombia, con la cooperación de la Corporación Comunidad de Juristas Akabadaura, así como con el apoyo de Earth Rights International, presentaron un informe a José Francisco Cali, relator especial de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, con el fin de explicar el impacto de la COVID-19.

Como si fuera poco,  al sufrimiento de estos pueblos, derivado del conflicto armado, se le sumó la pandemia. Por eso han levantado la voz de alarma ante el exterminio.  Hasta el 15 de junio se reportaron 906 casos positivos de COVID-19 en 33 pueblos indígenas, de ellos en 13 se encontraban en peligro de exterminio físico y/o cultural por el conflicto armado y cuatro pueblos están en riesgo de extinción al contar con una población menor a 500 personas.

De igual forma, muchos colombianos percibieron el drama de las comunidades del Amazona con el virus. Para ayudar a minimizar el drama de estos pueblos, la Unión Europea destinará 500 mil euros para invertirlos en infraestructura, que permita a unas 10 mil personas acceder a agua potable, necesidad también de otros pueblos como la Guajira y el Chocó, por citar a las zonas más nombradas y muy olvidadas. ¿Cómo recordarán esos pueblos la Batalla de Boyacá?

 

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