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¿Qué nos dijo la tierra el 25 de enero de 1999? Psicofonía 6.2

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¿Qué nos dijo la tierra el 25 de enero de 1999? Psicofonía 6.2

No sentí un temblor, sentí que el piso saltaba como empujado por el amo del infierno.

Aunque los rayos del sol no pasaron directo por la ventana, la luz se esparció en la habitación y una cascada de fotones golpeó mis párpados haciendo que mis sueños, que hasta ese momento eran claros, se tiñeran de un rojo difuso salpicado por manchas negras que se deslizaban como petróleo en el mar.
Aquello era más parecido a la realidad que esos paisajes fantásticos que quién sabe de qué lejano calendario había robado para convertirlo en el escenario de aquella colorida imagen.

El charco rojo y negro me atrapó hasta el justo instante en el que sentí que mis párpados se movían y degusté en mi boca aquel sabor simple de la misma saliva que se desliza por la garganta en cada mañana.

La realidad me impactó de frente y se metió en mis pulmones convertida en un aire frío que dentro de mi cuerpo era cálido, pero sobre mi piel era intensamente glacial.

Como lo había imaginado la noche anterior, mágicamente abrí mis ojos a las siete de la mañana. Vi el techo de la antigua casa ubicada en el barrio San José y lamenté que en plenas vacaciones tuviera que salir tan temprano.

Afuera, en la cocina, ya escuchaba los movimientos de mi madre, y deduje que mis hermanas aún descansaban.
No había nada que hacer, era hora de ponerme en pie y salir cuanto antes de aquel compromiso: acompañar a mi madre, Miralba, a Calarcá, donde alguien la esperaría para poner unos pesos en sus manos.

Pronto estaba de pie. Afuera la ciudad parecía tranquila, mostraba la pasividad de un lunes de enero.

Mis ojos se cerraban, pues la noche anterior había estado en El Bosque dando un paseo. En realidad no es un bosque de verdad, es un parque, un resquicio en el corazón de la ciudad de la otrora inexpugnable selva de la hoya del Quindío.

Extrañamente (no recuerdo por qué) por esos días allí se habían realizado unas fiestas. Habían montado unas carpas; hubo música, mucha gente. Junto a mi hermana menor, me senté a ver la noche pasar. Fue frente a la estación de bomberos, justo debajo de la gran cabeza de Abraham Lincoln; lo recuerdo como si fuera ayer.

El sábado me había encontrado allí con un amigo. Días después me dijo que aquella noche había peleado en las fiestas; no sabía con quien, simplemente vio un mar de gente lanzando puños. Su mano derecha estaba hinchada, pero dijo que eso ya no importaba.

La mañana era fría; bajamos las escaleras. Mi madre iba adelante, yo iba en silencio como le gustaba a ella. Subimos una pequeña loma y la casa quedó atrás. Era una construcción de la época de la Colonización Antioqueña: alta, con ventanas y piso de madera. Era de bahareque, de esas que aún hay muchas en los pueblos paisas.

Abordamos el bus y pronto llegamos a Calarcá. Solo íbamos a la entrada, por la plaza de mercado. Nos bajamos y caminamos pocas cuadras. Llegamos a una casa y entramos.

Habló con una señora un tiempo largo, casi dos horas. Salimos y supe que acompañarla había valido la pena. Quiso darme un regalo. Caminamos nuevamente, pero ahora hacia la galería. Ingresamos a ese mar de ruidos, de arengas, de música, de risas, de gritos y tristeza. Un amable hombre nos atendió en el local al que llegamos. ¿Una correa? dijo. Tengo de todos los estilos, garantizadas de por vida (rió).

Mientras le mostraba a otra señora un sombrero, se estiró y bajó de un estante varias correas. No escogí mucho, nunca lo hago. Pronto estuve conforme: era negra con una margen blanca en hilo. Nos marchamos cuando iba a ser el mediodía.

El bus no tardó mucho en llegar, y la carretera seguía invariable, con los cafetales a lado y lado, con el río Quindío acelerando hacia el sur.

Al fondo vi entre las montañas como emergía la ciudad, en la que muy rápido estuvimos inmersos. Antes habíamos pasado por el puente de La María y ahora estábamos sobre el de La Florida.

Llegamos al centro, frente a Telecom, la gente se desplazaba desprevenida, había un mar de hombres y mujeres en los andenes. Caminamos juntos cuando iba a ser la una de la tarde, y no tardamos mucho en llegar a casa, que allá era majestuosa, colonial.

Tocamos la puerta, subimos por las escaleras y me dirigí primero a mi habitación y luego a la sala. Tomé la bolsa negra en la que estaba la correa, y cuando me la iba a medir, no sentí un temblor, sentí que el piso saltaba como empujado por el amo del infierno. La casa se sacudió como una palmera, como una caja de cartón, como una cáscara de huevo. Algo rugió abajo en lo profundo, con un eco psicofónico.

Aquel minuto fue eterno; aún retumba en mi cabeza y hace que haya un maremoto de sangre en mi corazón, que se choquen mis dientes, que se cierren mis pulmones.

Todos estábamos bien; se había caído una de las paredes del baño, y la del lado de la casona, la más grande, estaba en pie pero alejada medio metro.

No sentí miedo; me asomé por la ventana y solo vi un poste caído y la gente corriendo hacia las calles. De resto, no sabía nada. Vi mi reloj y ya había pasado una hora y media; ese tiempo no hace parte de mi vida, no lo viví, estaba despierto pero en estado de coma.

Pronto llegaron mis amigos; fue como a las cuatro de la tarde; aún no llegábamos a los 20 años, queríamos salir, investigar, mirar..., y miramos cosas que hoy quisiéramos olvidar, muerte, lágrimas, desolación. Policías impidiendo el paso, carros pitando sin control. Gente desmembrada, otros corriendo como locos.

Frente a la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, destrucción; al frente del LEY, cuerpos destrozados. “No se acerquen que el edificio se puede caer”, nos dijo un hombre. No pudimos más, ¿dónde estábamos? Regresamos pasadas las cinco de la tarde.

Por el parque Valencia vino la otra sacudida, la réplica; una parte del colegio San José cayó frente a nosotros como lo hace una montaña de hielo o un castillo de naipes. No nos importó lo que nos pasara; mirando hacia arriba corrimos. Mi corazón quería estallar; imaginé mi casa en el suelo y mi familia entre los escombros; mientras corría, mi alma ya había llegado a la casa y se lastimaba moviendo las tejas, la madera, las latas, pero cuando llegué a la esquina y volteé y vi mi casa en pie, cansada mi alma retornó a mi cuerpo. Cerré los ojos y me mordí los labios.

Caminamos hacia nuestras respectivas casas, pues se acercaba la noche. Sería una noche sin luz. Mis hermanas y mi mamá durmieron en las escaleras, yo lo hice en mi habitación. Vivíamos en el segundo piso, en el primero había una carpintería que quedó destruida.

Al otro día llegó la incertidumbre, se hablaba de escasez, de peste; quienes podían desocuparon las tiendas. Junto a un vecino a quien le decían Garabato me dirigí a El Bosque; visitamos las carpas, yo regresé a casa con una gaseosa, lo que me pareció un gran botín.

Pero eso de nada vale cuando comienzas a ver la desesperanza. Cuando ves que los vecinos se van, que comienza la desbandada y que tú y tu familia se van quedando solos.

Lo único que nos hacía reír era cuando Garabato se levantaba temprano y gritaba “dos libras de tomates por cien pesos”; de resto todo era tristeza; Armenia olía a polvareda.

Había pequeñas carpas en las calles, allí dormían algunas familias, no muy lejos, para poder vigilar sus maltratadas casas.
Entonces comenzó el rumor, venían los vándalos saqueándolo todo. Nos sentíamos como en la tierra de nadie, no veíamos a la policía (la estación sepultó a los agentes) ni al ejército, cuyo personal no era suficiente. Yo tomé un hacha y la hubiera hundido en la cabeza de cualquiera que se hubiera acercado a mi familia.

Hacíamos ronda; yo parecía la muerte, con el hacha incrustada en un tubo de un metro, pero aunque los días pasaban nunca tuvimos que defendernos en nuestra ciudad sin ley.

Comenzaba a verlo todo con otros ojos; a una vecina que nunca me había gustado la comencé a ver bonita; cuando me habló y dejó a su novio para estar conmigo me envolvió con su magia, pero cuando me dejó para irse con otro volvió a perder su fugaz encanto.

Llegaron las ayudas: ropa, atún, sardinas, sardinas y más sardinas; ahogué mi despecho con mucho suero y raciones del Ejército, con poco ron Jamaica, el que te dejaba ciego pero que me permitía ver pasar por mi lado a saqueadores de almacenes de televisores gritando que lo hacían por hambre.

La gente era buena, todos se ayudaban; yo ayudaba a todo el mundo y todo el mundo me ayudaba. Eso pasó ya hace mucho tiempo; después construí mi propia casa en el lote de la familia de mi mejor amigo; el techo, cuyas tejas las había ganado desentechando la maltrecha escuela Ciudad Milagro, quedó plano, pero pronto aprendimos a esquivar las goteras, aunque sucumbíamos ante las cascadas.

Cuando bajamos las tejas de la escuela esta amenazaba por caerse, pero allá arriba incluso reíamos, porque no nos daba miedo la muerte, ya nos habíamos acostumbrado ella, aunque ahora me abruma.

Soporté unos diez años que cada vez que decía que era de Armenia mi interlocutor de turno de inmediato preguntara si había estado en el terremoto del 99. Ya pocos se acuerdan de esos 6.2 grados de terror, incluso yo a veces lo olvido, como olvido que pude haber muerto en la galería de Calarcá, lo que recuerdo en pocas ocasiones, especialmente cuando veo aquella vieja correa, la que nos vendió aquel hombre de ojos brillantes que a la 1:19 de la tarde se marchó con su perenne sonrisa tras ser devorado por una psicofonía infernal.

Por Oliver GS


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