Inicio / Región / JUL 27 2020 / 1 semana antes

Acelerar la historia para dejar atrás la corrupción y el clientelismo

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Autor : Eddie Polanía R.

Acelerar la historia para dejar atrás la corrupción y el clientelismo

la ineficiencia oficial, la debilidad de la sociedad civil, la democracia, y el atraso secular del aparato productivo y de la base empresarial, hacen parte del atraso del departamento.

Las tendencias negativas en el Quindío son fácilmente identificables, pues la mayoría de los habitantes las pulsa a diario.

Quién iba a pensar hace 30 años,  que después de haber sido paradigma  de desarrollo y eficiencia,  al punto de merecer el apelativo de “milagroso”, el Quindío se iba a convertir en modelo de ineficiencia y corrupción. 

Duele  decirlo,  pero ante la contundencia de los hechos, de  las pruebas, las  cifras y las percepciones, no hay manera de  ocultarlo ante el país ni ante nosotros mismos. No faltará quien señale que  estos asuntos no deben ventilarse en público; que la ropa sucia se lava en casa, que hay que cuidar la imagen de la región, etc., etc., pero ese silencio suena más a connivencia que al sano ejercicio de la autocrítica que tanta falta nos ha hecho.  

Una anécdota: por los días de la Reconstrucción en el marco de la formulación de los Planes Estratégicos de las Comunas, en el momento de construir el diagnóstico una señora ama de casa expuso que uno de los principales problemas  de  su  barrio era la prostitución  juvenil. No terminaba de señalar  el delicado asunto cuando empezaron a lloverle ofensas, amenazas y ultimátums para  que guardara silencio. La valiente mujer fue capaz de sostenerse en lo dicho y sustentar la razón de su actitud: “La prostitución de la que hablo  no es la de las casas de citas —dijo—. Es la de los  jóvenes  que empujados  por la pobreza y el desempleo, por el vicio de la droga, por la moda de los celulares, los tenis de marca, o por la ambición de una moto Chappy,  no dudan en valerse de sus atractivos físicos para rebuscarse unos pesos y costearse esos lujos, sin los cuales sienten más el azote de la marginalidad. Hay que hacer algo para que nuestros hijos no se prostituyan, y lo primero es dejar de sentir pena, pues no podemos seguir tapando un  problema que muchos padres ya conocen”. 

Luego de  acoger el  llamado de la señora, tuvo lugar una interesante discusión en la que, madres, padres, hijas e hijos, reconocieron la prostitución juvenil como un hecho real  que debía quedar en el diagnóstico. No por consignarse en el documento la situación se resolvió. Por el contrario, con el tiempo el mal avanzó, se profundizó y sofisticó combinándose con la droga, y alguien al respecto escribió que “somos cofundadores del turismo sexual, tan lucrativo y extenso como cualquier otro tipo de economía”.

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El modelo clientelista de poder 

No somos corruptos por naturaleza como en algún momento argumentaron  los tristemente célebres “primos Nule”,  para justificar sus fechorías. No llevamos el alelo en el ADN para tranquilidad nuestra. Pero en el contexto socio-político-jurídico, cultural y  económico colombiano, existen abismos oscuros y “territorios de nadie”, que han llevado a la corrupción a dominar en el propio  seno del Estado. En la historia reciente del Quindío esta conducta delictuosa no ha sido un elemento aislado, solitario y espontáneo que anda por ahí sin saber qué hacer ni a dónde ir. Por el contrario, constituye parte esencial de la ideología clientelista de poder  que gobierna la región, y como sucede con  los elementos de un sistema ha sabido articularse funcional y políticamente entre los demás componentes,  para ejecutar con mayor eficiencia sus proyectos delictivos. Aclaremos: clientelismo no significa sólo recibir  la  protección de un domine —un  gran señor— ni  un intercambio de favores un quid pro quo con un sector social marginado. No es tampoco, a palo seco, la entrega del  voto a cambio de  un mercado, un sánduche,  un contrato, una promesa, un cargo público, o $20.000. Ni es exclusivamente la relación de dominio de una élite sobre un amplio  sector  de la sociedad,  que en razón de  sus desgracias y vulnerabilidades cayó en las  redes  del vasallaje y de la explotación. No sería tan grave si fuese solo eso. Pero no. Es lo anterior y mucho más. Como que supone  un sistema de ideas y valores sobre cómo debe ser la sociedad, ideas que se reproducen y expanden a través de la cultura, la  familia, la educación y  la organización del Estado.  (Piketty, 2019, Capital e ideología). En nuestro caso el sistema clientelista de poder —o “carrielista” como popularmente se denominan modelo y domine, hace más o menos 30 años—, tiene al Quindío en el peor momento de su historia. Dispone para ello de un consolidado soporte ideológico en el que se establecen las directrices para el ejercicio de la política, del comportamiento electoral, de la administración pública,  del gobierno, de los contratos del Estado, de la educación, de los juegos de azar y de la vida ciudadana. Todo a cambio, en sana  apariencia, de gratificar a los súbditos con la felicidad. Promesas y banalidades que a la larga sirven para ocultar la perversidad porque en el fondo lo que hace el ciudadano cuando acoge el decálogo clientelista como guía de su vida es venderle el alma al diablo  —dicho por un juez— y aceptar “sin chistar”,  que por “saecula seculorum”, guardará fidelidad, obediencia y silencio.       

¿Adónde, puede pensarse, que hemos ido a parar bajo esta peculiar maquinaria de gobierno, de hacer política, de elegir, de contratar y de vivir, que sistemáticamente, elección tras elección, se reproduce gracias a la enorme cantidad de recursos económicos que el sistema clientelar genera, al reconocimiento y complicidad del Estado en tanto lo  apoya y protege porque se alimenta de él, al ciego respaldo del ciudadano alienado, y a la militante y bien compensada fidelidad de los políticos e ideólogos formados bajo sus principios, sus propósitos y sus dádivas? 

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Súmesele a todo las evidencias factuales, estadísticas y vivenciales, que marcan el atraso regional, la desinstitucionalización cuya evidencia empírica más clara son los muchos gobernantes y funcionarios, acusados, enjuiciados, destituidos y encarcelados; además, los viciosos extremos encriptados  en sentencias populares que sacralizan lo execrable: robó pero hizo, tenemos los gobernantes que nos merecemos, elegir el menos malo, es pillo pero es amigo, maluco también es bueno, etc. Sin duda, hemos llegado a un punto crítico después del cual no queda  sino sentarnos a llorar, y a lamentarnos  por haber carecido del coraje que tuvo la señora cuando a costa de su vida defendió sus más preciados valores éticos y sociales. Pero no lo hicimos, porque en la sociedad nos faltó el valor que les sobra a las mujeres cuando defienden la vida de sus hijos.   

 

Acelerar la historia 

El ex diplomático e intelectual americano, Richard Haas, ha expuesto una novedosa tesis cuyo planteamiento central explica que la pandemia está acelerando la historia, pues en la actual coyuntura existe tal concentración de fuerzas que las tendencias mundiales dominantes  están adquiriendo más velocidad e  influencia. Bajo este principio —dice—  habrá recesión y depresión económica, aumentará el desempleo en razón del avance tecnológico, los modelos autoritarios de poder se fortalecerán para el control de la pandemia  y en consecuencia habrá recorte de las libertades,  debilitamiento de la sociedad civil  y de la democracia. De lo anterior se desprende  que la historia se acelerará en sentido negativo, algo así como apurar la copa de veneno para apresurar la crisis. Sin embargo, en  su discurso asoma  una pequeña ilusión: “…a menos que cambiemos el curso, la dinámica, las cosas se pueden poner peores”.  De esta  lógica podrían  inferirse ciertas  pistas  para  empezar a develar las claves del desarrollo regional: primero, en el ámbito socio-político y económico las tendencias de largo plazo, a menos que se contrarresten con decisiones políticas, mantendrán su trayectoria inercial; segundo, en el mundo actual hay males como la pobreza, el desempleo y la corrupción que avanzan velozmente, ante lo cual las fuerzas políticas progresistas deben acelerar las reformas institucionales para evitar ser avasalladas y lograr promover el cambio social; tercero, el modelo clientelista de poder constituye la Caja de Pandora de los  males del Quindío, porque deteriora la política, la vida ciudadana y las instituciones, disponiéndolas al servicio de intereses particulares, grupistas y partidistas; 4, en 6 lustros de dominio de dicho modelo no se ha resuelto ningún desajuste estructural.   

¿Cómo operaría esto?  Las tendencias negativas en el Quindío son fácilmente identificables, pues la mayoría de los habitantes las pulsa a diario: indudablemente el clientelismo, la corrupción y el desempleo, ocupan el primer lugar, seguidos de la ineficiencia oficial, la debilidad de la sociedad civil, la democracia, y el atraso secular del aparato productivo y de la base empresarial. 

Ahora bien, ante el apocalíptico escenario en el que la pandemia, la corrupción y la pobreza  hacen de las suyas, la estrategia —como lo sugiere el intelectual americano— consistirá en aplicar al pie de la letra su fórmula: cambiar el curso y la dinámica de las cosas. En suma, acelerar la historia en el Quindío será cuestión de tirar por la borda el pesado lastre que por décadas ha impedido que la región se libere de sus muchas taras, relaciones, valores, ataduras políticas e instituciones obsoletas, viciadas por el clientelismo. Y ello debe empezar —inevitablemente— por el desmonte del modelo y de todo su andamiaje político-ideológico, lo cual no resultará imposible si en un acto de inteligencia y responsabilidad, utilizando como impulso las fuerzas, los deseos, los propósitos y las aspiraciones acumuladas durante los tantos  años de frustración, la sociedad organizada se decide por visiones,  propuestas  y  programas, por líderes y  por prácticas políticas éticas y democráticas, diferentes a las que contiene el devocionario clientelista.  

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Recuperar la dignidad  

No existe un mejor momento que el actual, de condensación de fuerzas para acelerar la historia en sentido positivo. Los gritos que exhortan al  cambio provienen de todos los rincones del planeta, incluido el Eje Cafetero. Son las voces de quienes mayormente sufren las inequidades, violencias y exclusiones del neoliberalismo, empeñado en su exponencial voracidad de más y más riquezas. Lo que venga después de la pandemia no podrá ser peor que lo que tenemos, dicen economistas, filósofos, intelectuales, líderes y políticos de avanzada. 

En este contexto el objetivo del proyecto regional de desarrollo debe cambiar radicalmente de sentido: de pervivir por décadas esperando el salvador ungido entre las huestes del “carrielismo”, hay que transitar con decisión a la histórica tarea de liberar al Quindío: abriendo caminos expeditos para el cambio social, promoviendo y debatiendo nuevas visiones, ideas, y propuestas para construir región, impulsando la renovación política, fortaleciendo la democracia deliberativa, la sociedad civil y la participación, desclientelizando las instituciones, y en fin, ideando estrategias para que la  sociedad  quindiana  recupere su dignidad. No estamos condicionados por la genética ni por la cultura a ser corruptos ni vasallos. Entonces  ¿por qué esperar a que la sociedad quindiana se destruya así misma, por su incapacidad de construir opciones alternativas? 

 



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