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Adiós a Luis Eduardo Jaramillo Mejía, un jurista quindiano respetado y admirado

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Adiós a Luis Eduardo Jaramillo Mejía,  un jurista quindiano respetado y admirado

Luis Eduardo Jaramillo, respetable jurista, emprendió el viaje a ignotos lugares.

Brillante estudiante, caballero  a carta cabal, gran amigo de sus amigos, hermano afectuoso, buen hijo, esposo ejemplar, padre amantísimo, juez sabio, recto y discreto, magistrado epónimo, son calificativos que sumados aun se quedan cortos cuando se intenta describir su sobria y austera personalidad.

Nacido en Armenia el 31 de julio de 1940, hijo de Alfonso Jaramillo Hurtado, jefe liberal y representante a la Cámara por el Gran Caldas y de la distinguida dama Elisa Mejía;  hizo sus primeros estudios en el colegio San José de Armenia y se graduó de bachiller en el Virrey Solís de Bogotá.

Compartimos las aulas del prestigioso Externado de Colombia cuando era solo una escuela de derecho, bajo la égida del jurista Fernando Hinestrosa y optamos el título de doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas por las mismas calendas.

Inició la judicatura como juez municipal de Armenia y a poco andar el Tribunal Superior de Armenia lo designó juez del Circuito de Calarcá, uno de los más importantes del país dado que ejerce jurisdicción en materia civil, agraria, laboral, de familia y además, revisa la legalidad de las actuaciones de los jueces de la mitad del departamento; estando allí formó un envidiable hogar  con la bella reina departamental del Café de entonces, Florencia Restrepo, matrimonio en el cual nacieron sus dos hermosas hijas: María Helena, diseñadora de modas y Olga Victoria, psicóloga; luego fue trasladado al Juzgado Primero Civil del Circuito de Armenia y de allí pasó a ocupar la plaza de magistrado de la Sala Civil dejada por el gran jurista calarqueño Norberto Rojas Castaño.

En el entretanto fue destacado profesor de derecho civil y magnífico decano de la facultad de Derecho de la universidad La Gran Colombia de Armenia.

Cuando el doctor Benjamín López de la Pava se retiró jubilado del Tribunal Administrativo del Quindío, fue nombrado en su reemplazo Luis Eduardo por el Consejo de Estado, la misma corporación que lo tuvo entre sus más conspicuos integrantes. En 1998 la entidad lo designó como su vicepresidente.

Su completa y exitosa carrera judicial la realizó sin  gestión  alguna en su provecho, pues era incapaz de solicitar prebendas, apoyos o canonjías para sí. No obstante, le fueron ofrecidas todas las altas y delicadas responsabilidades exclusivamente por sus dones personales y profesionales a las que respondió con dignidad, decoro y suficiencia, pues se constituyó en  la meritocracia hecha hombre, razón por la cual sus decisiones eran acatadas con respeto y admiración por sus colegas magistrados. Solo abogaba por la promoción de sus coterráneos y amigos. 

Muchos quindianos fueron beneficiarios de su proverbial generosidad. Yo mismo tuve el privilegio de gozar de su amistad sin límites —de la cual siempre me he honrado—, hasta el punto de ir de despacho en despacho de sus colegas en el Consejo de Estado para procurar mi elección como miembro del Consejo Nacional Electoral, cuando la junta de parlamentarios liberales me seleccionó para integrar una de las ternas propuestas. Para tal fin, en lenguaje sencillo y coloquial, invitaba a votar  por “el paisano Jiménez Leal”. La respuesta fue contundente: fui elegido por la unanimidad de los miembros de esa honorable corporación.

Con Jorge Arango Mejía, César Hoyos Salazar y José Fernando Ramírez Gómez integró esa pléyade de ilustres magistrados que desde las Altas Cortes dieron prez y honra a este hermoso lugar de la patria por su sabiduría e integridad.

Ahora que emprendió el viaje a ignotos lugares entre las lágrimas  y los sollozos de sus familiares y amigos, los ciudadanos de bien lo recordaremos agradecidos,  merced al riquísimo conjunto de virtudes ejemplares que nos ha legado.

 

Por Óscar Jiménez Leal.



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