Inicio / Al descubierto / JUN 03 2020 / 1 mes antes

Allá va el Curro

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Autor : Ernesto Acero Martínez

Allá va el Curro

Currooooo, le grita la gente y él mira de reojo, levanta la mano derecha como brindando un toro y sonríe, siempre sonríe.

 

El Curro es de esos personajes que, como ocurre en cada pueblo, se vuelven parte del paisaje, que casi todos creen conocer porque llevan mucho tiempo viéndole ir y venir y de los que escasamente se sabe su nombre o apodo. Es de esos tipos que se reconocen a lo lejos por su particular forma de caminar, que llevan varios años saludando de la misma forma y que en cada conversación tienen una historia que contar o recontar. Son muy simpáticos porque no solo repiten las anécdotas, sino porque cada vez que lo hacen le aumentan. Sus movimientos ya son lentos, su diálogo también, pero goza de buena salud y eso es lo más importante. Larga vida para el Curro, que siga haciendo el paseíllo muchos años más por la carrera catorce o la calle veintiuna de la ciudad que inspiró el pasodoble Feria Milagro.

Su infancia transcurrió en el barrio Berlín, muy cerca de la plaza de toros El Bosque, su padre se llamaba Mauro Antonio, que fue primero panadero y luego propietario de una lavandería. La madre de Curro fue Leonora, señora de hogar, nacida en Montenegro. Mauro Antonio y Leonora tuvieron cuatro hijos, tres hombres y una mujer llamada Mery, que ya falleció. Los otros hijos fueron Gonzalo, el mayor, que hoy tiene ochenta años, seis más que Curro y Mauro Antonio que en vida fue maître en Armenia, Cali y Bogotá. 

Quien sepa que el Curro quiso ser figura del toreo podrá afirmar que conoce toda su vida porque en eso se le fueron los años a este hombre que desde la preadolescencia empezó a caminar por tan aparatoso mundillo. Cuando era mozo, no de espadas aunque eso también lo fue, se enamoró de Dora Valencia, mujer nacida en La Tebaida con quien luego se casó y tuvo una hija a la que bautizaron con el nombre de Lina María. 

Curro soñó y estuvo cerca de viajar a España. Tuvo los boletos de avión casi que en sus manos pero no quiso partir para no dejar a su madre en su lecho de enferma. Hizo bien porque un par de meses después, doña Leonora murió y él la pudo despedir. La que sí cruzó el Atlántico fue su hija para radicarse junto con su esposo y su pequeño en Sevilla.

Por donde sí anduvo el hijo de don Mauro fue por municipios de la costa Atlántica, también recorrió pueblos y veredas del Valle y cafeteras. En Córdoba, Quindío, un toro con poca casta y mucha astucia se lo echó al lomo, le pasó por encima y lo dejó en muletas casi por dos años. Con el tobillo izquierdo hecho pedazos, el sueño de seguir toreando se devolvió vivo por la puerta de los sustos. 

Por fortuna supo, antes del percance, qué era vestirse de luces y escuchar un ole en la monumental de Manizales. Allí estuvo, y no es guasa, en la novillada de feria del 71, el domingo 3 de enero a las 3 de la tarde junto a Gabriel Díaz, el hermano de Mincho y tío de Julián e Iván Parra, y de Fernando Vargas. Si alguien no cree, Curro con gusto les muestra la foto de uno de los derechazos que pegó aquel día. Las reses lidiadas fueron de Palma del Río de los hermanos Londoño.

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Varias personas le echaron un capote al Curro para que se hiciera figura en tan difícil mundo. Pepe Cáceres, a quien luego vestiría, fue uno de sus alentadores, los otros fueron Valentín Ritoré y Jerezano. De su febril afición taurina recuerda haber compartido mañanas de verónicas al viento con Morenita del Quindío, El Colombiano, Joselito Álvarez y el exalcalde de Calarcá, Didier Duque, que se anunciaba como Curro Duque.

Ya retirado de los ruedos, Curro fue mozo de espadas de Pepe Cáceres, del Melenas y de Joselillo de Colombia, también de los ibéricos Paquirri y Julio Robles.  Trabajó como control locutor y conversaba de toros con Óscar Ritoré en el programa Desde el burladero, que se emitía por la Voz de Armenia. Después haría lo propio pero con César Jaramillo en Radio Estrella.

Cuando dejaron de sonar clarines y timbales en lo más alto del tendido de sombra de El Bosque, Curro buscó el parné como celador en escuelas y colegios, vendió rifas e hizo mandados para ganarse la vida. Por honrado se ganó el aprecio y la confianza de muchos, entre ellos la de Gustavo Moreno Jaramillo. 

Solo unos cuantos recortes de prensa y fotos en blanco y negro le quedan al Curro de esos años idos entre pasodobles, palmas y vueltas al ruedo. Lo intentó como Morenito del Quindío, como Curro Jiménez, como Curro Fuentes y hasta vestido de El Santo. Fue y sigue siendo un lidiador de la vida, Curro sí que puede dar fe de aquella frase que alguna vez dijo Manuel García “El Espartero”: “más cornás da el hambre”.

Terminada la entrevista, Curro coge calle arriba, rumbo a la pieza en la que vive junto a la Sagrada Familia, se despide como saluda el buen Curro, o mejor, Ulises Carrera Echeverry, que es como se llama.



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