Inicio / Al descubierto / JUL 13 2020 / 4 semanas antes

César Mora aún tiene viva la chispita de ser bombero

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

César Mora aún tiene viva la chispita de ser bombero

César Mora Caicedo conserva en su casa cuadros con fotos de la época en la que le tocó apagar incendios en la capital quindiana.

A sus 69 años de vida es un convencido de que hoy deberían existir los semilleros de bomberos que hubo en el pasado para fortalecer las vocaciones de los niños y alejarlos de los malos caminos. 

Dicen que donde hubo fuego cenizas quedan y en don César Mora Caicedo todavía arden las llamas, pero no precisamente de un amor del pasado, sino de los recuerdos que le perduran en el presente de los 8 años que duró como cabo segundo del Cuerpo Oficial de Bomberos en Armenia. 

En 1998 se retiró de ese noble oficio, pero si hoy, 22 años después, ve un conato de incendio, corre a sofocarlo; si se da cuenta de que hay una persona herida por un accidente de tránsito, vuela a socorrerla, y lo hace con la misma velocidad y eficiencia que lo hacía cuando estaba activo. Esa vocación de servicio, que caracteriza a los bomberos en el mundo, le quedó adherida como un chip que sigue instalado en su cabeza y en su corazón. 

Hablar de lo que hizo en aquella época lo llena de orgullo y aunque no recuerda con exactitud las fechas de los sucesos que lo marcaron, sus palabras, que emanan como un chorro de agua a presión de los que tanto utilizó, describen con tal precisión los detalles de aquellas hazañas, que logran, como el buen cronista, pintarlas en la mente de quien las escuche o las lea, como si fueran escenas de una película que pasa en ese mismo instante frente a los ojos del espectador.

De las emergencias que más lo impactaron en su experiencia bomberil la primera que rememoró, con gran dolor, fue aquella cuando llegó a un edificio de una zona que limita entre los barrios El Bosque y Las Américas y le tocó sacar a un bebé calcinado. La abuela del pequeño lo había dejado en una cuna del tercer piso, mientras jugaba parqués en el primero y cometió un error que aún le debe pesar en lo más profundo de su alma: dejó una veladora prendida que terminó quemando el apartamento y, de paso, al recién nacido. “El niño se derritió, era pura brasa”. La madre del pequeño había confiado su cuidado en su mamá y se encontró con esa desgarradora noticia al regresar a su casa, después de cumplir con sus labores. 

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Otra historia que se le vino a su memoria fue cuando le tocó ver a un trabajador de la Edeq al que le salía humo de la camisa, mientras se electrificaba en un poste de la energía. “Pero no lo podíamos bajar porque tenían que desenergizar primero la corriente en esa empresa para que la energía no nos cogiera. La gente no entendía eso, protestaba y estuvo a punto de lincharnos porque no actuábamos rápido. Lo dejamos con vida en el hospital, pero uno con tantos casos al final se olvidaba de los pacientes. No sé si sobrevivió”. 
 

Con la vocación de servicio encendida, aunque les apaguen los apoyos 

Igual que los policías, cada que los bomberos salen a atender un caso, sus vidas corren peligro. Ellos son héroes silenciosos que van por este mundo sin capa ni espada, enfrentando a monstruos luminosos con una simple manguera. Cada incendio que enfrentan es como una pelea entre David y Goliat, en la que se ven tan pequeños como David, pero al final resultan tan grandes y victoriosos como Goliat. 

“Damos la vida por apagar un incendio, incluso, por salvar otras vidas. Lo triste es que los bomberos sean la Cenicienta del presupuesto en los municipios. Fue una lucha con la alcaldía de Armenia en ese momento para que nos dieran equipos y dotación”, recuerda  el cabo Mora Caicedo, a quien le tocó trabajar con abrigos de caucho, tan peligrosos que se arrimaba a la candela y se quemaba. 

Esa triste historia de tener que mendigarle a los políticos de turno para funcionar con dignidad o hasta de recurrir a rifas para poder adquirir los implementos de dotación, no ha cambiado mucho en esta ‘Ciudad Milagro’. Hoy 80 bomberos están sin contrato, la mayoría de vehículos están quietos en las estaciones por falta de mantenimiento y los trajes y equipos para atender las emergencias no alcanzan para todo el personal. 

“El presupuesto para los bomberos debería ser siempre el mejor porque están entregando su vida a cambio de un salario”, opinó el cabo Mora Caicedo y, de seguro, sus colegas que hoy padecen las mencionadas falencias comparten ese mismo pensamiento. 

Aún así, los bomberos que están activos mantienen la ‘llamarada del servicio’ encendida. “Uno presta una ayuda con mucho amor y el que siembra amor recoge amor”, aseguró este exbombero y como muestra de eso, recurrió a unas de esas tantas anécdotas gratas que le ocurrió. 
 

Gestos que le llenaron el alma de alegría 

Contó que cierto día, a la hora del almuerzo, lo llamaron por los altoparlantes porque una mujer lo solicitaba en la guardia de la estación. Al cabo César se le hizo raro que alguien lo buscara en ese instante. Al llegar al sitio una mujer lo llamó por su nombre y le preguntó que si se acordaba de ella, pero en ese momento ignoraba de quién era. 

La dama le recordó que en el pasado tuvo una riña con el esposo y este la maltrató de tal manera que estuvo a punto de perder la criatura que llevaba en su vientre. Tras un llamado de auxilio, César acudió a la humilde vivienda en la que ella estaba empapada en sangre y, con el amor de una madre, la recogió, la montó al camión de bomberos y la trasladó al hospital. En el trayecto, mientras la afectada se convertía en un mar de nervios, él la consolaba, le daba ánimos y la impulsaba a tener fe de que todo iba a estar bien porque los médicos la estaban esperando para ayudarla. 

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Al oír aquello, el exbombero recordó con nostalgia aquel episodio en el que había sacado a flote sus dotes para motivar en momentos de crisis, algo en lo que se había vuelto experto con el pasar de los días. Entonces la mujer, que estaba acompañada de ese niño que estuvo a punto de no nacer, le dijo: “usted me llevó al hospital de zona con tanto amor que a ese hijo que casi aborto ese día le puse el nombre suyo, vea se lo presento, se llama César. Eso fue un pergamino, un honor que me hizo esa señora y entonces la abracé por ese detalle que me llenó de alegría el alma”. 

La gratitud, ese valor que los bomberos se merecen de la sociedad y del Estado, lo llegó a sentir el cabo Mora Caicedo muchas veces después de haberse retirado, cuando en la calle se encontraba con alguno de esos a los que en algún momento les había salvado la vida y trataban de darle algo, desde un abrazo hasta un dulce, para compensar aquella buena obra. Al recordar aquello, dice que esos gestos de la gente valen más que cualquier cantidad dinero y que tan solo por eso valió la pena haber sido bombero y seguir siéndolo de corazón.   



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