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En profundidad / NOV 11 2018 / Hace 2 Meses

Ciencia y tecnología para la paz y el bienestar

Impulsando áreas como física, química, biología, matemáticas, medicina e ingenierías con calidad, se construye sociedad que genera riqueza y convivencia pacífica.

Ciencia y tecnología para la paz y el bienestar

Los gobiernos deben darle la espalda a la compra de armas, invertir más en educación e investigación y no seguir enviando soldados a la guerra.

La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1988 la semana que coincide con el 11 de noviembre como la “Semana Internacional de la Ciencia y la Paz”, con el propósito de alentar la realización en esos días, de conferencias, seminarios, debates especiales y otras actividades, que promuevan el estudio y la difusión de información sobre los vínculos entre el progreso científico y tecnológico con el sostenimiento de la paz y la seguridad.

Si se tiene en cuenta lo que pasa en el mundo, no se puede decir que en todos los países de gran avance en ciencia y tecnología haya paz y mucho menos seguridad. Pensemos en EE.UU. donde su población vive con frecuencia la pesadilla de una masacre producto de un demente que ‘beneficiándose’ de la venta libre de armas —o mejor del gran negocio de las armas—, asesina inocentes sin pudor y apoyado en la ‘sinvergüencería’ de sus gobernantes que sostienen esa industria de la muerte.

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Esa forma de hacer dinero, infortunadamente, sirve para incrementar el Producto Interno Bruto, PIB, de naciones como China, Rusia, Inglaterra, Francia, Brasil, España, Israel y EE.UU., el principal productor, quienes son los principales generadores de inseguridad armada en otros países, donde ellos mismos generan la cizaña.

Sin embargo, la tecnología ha traído muchos beneficios. La salud es un ejemplo: equipos de RX con la radiografía y la tomografía, asimismo la resonancia magnética nuclear, encefalogramas y electrocardiogramas. Con el láser se favoreció tanto a la salud como las comunicaciones. Los anteriores desarrollos tecnológicos son una mínima parte del vasto campo del progreso tecnológico. Además de prestar un inmenso servicio, la tecnología es fuente de riqueza aumentando el PIB de quienes desarrollan esos productos.
 

Ciencias básicas y matemáticas, pilar de la industria

La tecnología surge del avance de la ciencia básica, de allí la importancia que tiene impulsarla, lo que implica invertir tanto en educación como en la investigación. Y esa baja inversión contribuye a la pobreza de la población y a la problemática que conllevan al poco bienestar y a la violencia, lo que plantea la necesidad de la búsqueda de la paz.

Los que invierten poco en educación, investigación, tecnología e innovación, no lo hacen por falta de recursos, sino porque gobernantes y políticos piensan más en enriquecerse con los impuestos que pagan los contribuyentes, que construir sociedad formada con calidad en la escuela, la educación básica y la universidad. Recordemos que en Colombia la corrupción “guardó en sus bolsillos” 50 billones de pesos en 2017, y según un estudio de la universidad Externado de Colombia, en los últimos 20 años se robaron 180 billones.

Ese mal no es solo de aquí. Hemos competido con Argentina, Brasil, Venezuela, Panamá, Perú, Honduras, Nicaragua, Guatemala, Haití y México, es decir, están casi todos los países de América Latina, exceptuando a Uruguay, donde el presidente Mujica dio ejemplo de honestidad.

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Pero mal de muchos no puede ser consuelo de tontos, sino que las organizaciones sindicales, sociales y periodísticas comprometidas, además de desenmascarar a todos los “ladrones de cuello blanco”, participar activamente en los espacios ‘democráticos’, para que en las elecciones los corruptos no repitan como ha venido sucediendo en Colombia.
 

La poca inversión en ciencia nos hace más pobres

Hay que decir, entonces, que la ciencia y la tecnología para el bienestar y la paz, se deben mirar con dos caras: una refleja la no inversión —o pobre o permitiendo la corrupción— en ciencia y tecnología, lo que impide el parabién de sectores amplios de la sociedad, generado malestar que puede desencadenar en violencia. La segunda cara nos la muestra el científico Max Born (1882-1870), Nobel de Física 1954.

Ese aspecto ha marcado el desarrollo de la historia humana que tiene varias interpretaciones.

Este científico lo expresa así: “¿Puede entenderse tal desarrollo impetuoso y súbito? ¿Se oculta acaso ahí una ley histórica? Muchos investigadores de la historia niegan que exista ley alguna de esta naturaleza, otros han establecido algunas afirmaciones al respecto. Quiero recordar a Spengler, que en su conocido libro La decadencia de Occidente, intenta demostrar que todas las civilizaciones siguen el mismo ciclo a saber: desarrollo, florecimiento y decadencia. También el historiador inglés Toynbee pretende mostrar desarrollos paralelos de diversas civilizaciones mediante análisis comparativos”.

Agrega: “La filosofía de la historia de Karl Marx niega que se produzcan repeticiones periódicas de procesos análogos, sino que afirma la existencia de un determinado proceso histórico que a partir del estado natural de los primitivos conduce necesariamente, a través del feudalismo, capitalismo y socialismo, hasta el comunismo”.

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Dice en su libro La responsabilidad del científico: “El nexo de unión entre física y política es la técnica. La política se basa en la fuerza, la fuerza, en las armas, y las armas, en la técnica. En nuestros libros de historia, sin embargo, este aspecto se señala muy poco o se olvida por completo. Por ello resulta como si todo dependiera de la inteligencia de los hombres de Estado o de la valentía de los soldados”.

 


La tecnología en la ciencia también trajo beneficios y es una fuente de riqueza que aumentaó en las últimas décadas el Producto Interno Bruto, PIB.

 

Frente a la especulación se debe acudir al conocimiento

Continúa Born: “Yo considero tales especulaciones fantásticas y peligrosas. El único tipo de leyes que un investigador puede esperar encontrar en la sociedad humana son las estadísticas, consecuencia de la ley de los grandes números —de individuos—”. Refiriéndose al progreso técnico, afirma: “Este manifiesta la tendencia al crecimiento, ya que cada descubrimiento y mejora facilita el paso siguiente. Pero mientras resulta preponderante las desviaciones ocasionadas por los accidentes políticos, las guerras y las competencias económicas, tal desarrollo puede resultar no visible”.

Concluye: “Así, sucedió hasta aproximadamente los años 1600. Entonces comienza el ascenso, que se convirtió en rápido a partir de 1800 y que hoy quita el aliento. Y continuará esa tendencia si no se produce una catástrofe que acabe con todo. (…). La técnica se ha convertido en el factor decisivo en el arte militar. Ya resultó así en la primera guerra mundial, con sus batallas de material militar. La segunda fue ya total y abiertamente una guerra entre las máquinas prepotentes y las organizaciones técnicas, y finalizó en Asia con el lanzamiento de dos bombas atómicas que procedían directamente de los laboratorios de los físicos”.

Así que el arma más mortal, inventada por el Homo Sapiens, fue el desencadenamiento de la ciencia y la tecnología, que acabó con una guerra, pero no trajo la paz. Por el contrario, desencadenó una puga entre potencias por competir con EE.UU. y tener bombas atómicas con las cuales defenderse y que, si se vuelve a utilizar, sería el fin de la humanidad.

El creciente temor por el desarrollo de las armas, no solo nucleares sino también biológicas y químicas y su uso por las potencias, debe ser reemplazado por el optimismo, y para lograrlo debe superarse la pobreza intelectual y moral de amplios sectores de la población, a ver si por contagio los países logran tener gobernantes, políticos y empresarios con altura intelectual y grandeza moral, que tengan como objetivo el bienestar de sus congéneres, impulsando la educación, acompañada de ciencia, tecnología e innovación.
 

La formación en ciencias es una necesidad urgente

Hay que resaltar que la formación en ciencia debe estar al orden del día para todos los países, en particular los atrasados. El conjunto de la población la debe abordar como cultura general; de ella una parte la asimilará a niveles medios, y quienes la sientan con pasión, amor y aspiren dedicarse a ella, la asumirán como una planta que debe regarse y nutrirse todos los días, asumiendo sus proyectos con responsabilidad social.

En nuestro país es urgente asumir esa tarea, porque ayudará a resolver con el dialogo los conflictos, aprenderá que la guerra genera destrucción y siembra odio, además entenderá que la sociedad se transforma con ciencia y la tecnología, porque podrá resolver los problemas de la alimentación y la salud, minimizará la contaminación, generará riqueza, empleo y bienestar. En la medida en que sectores sociales se involucren en esta tarea, podremos pensar en la utopía de otra Colombia, sin personajes corruptos que ven en la violencia la pantalla que oculta sus crímenes.

Iniciando ese proceso se podrá lograr lo afirmado por Dmitri Mendeléyev (1834-1907): “Lo que la ciencia siembra, la gente lo cosechará”. Asimismo, plasmaremos el pensamiento de Louis Pasteur (1822-1895) químico y biólogo francés quien nos legó la microbiología, estudió las enfermedades contagiosas y descubrió la vacuna contra la rabia. También nos enseñó que: “La ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones y la fuente de vida de todo progreso”.
 

La ciencia y la moral van de la mano

Quiero terminar citando un estudio del 2013 realizado por científicos de la universidad de California. Es sabido que la ciencia entrega una visión y opiniones más consolidadas acerca del bien y del mal, condición que motivó a los investigadores a probar de manera empírica la relación entre “pensar en la ciencia y sus implicaciones en los juicios y pensamientos morales”, queriendo demostrar la relación entre la ciencia y la moral.

Según apartes del experimento, se tomaron cuatro grupos de estudiantes y en todos ellos se relacionó “el pensar en ciencia” con cuatro tópicos diferentes. Con el primero se buscaba entender cómo se relacionaba la orientación natural de la ciencia con el pensamiento moral; el grupo dos averiguaba la relación con la tendencia moral; el estudio tres pretendió entender la relación entre “el pensar en ciencia” con el comportamiento social, y el cuarto se confrontó con el comportamiento moral, en particular el egoísmo.

El resultado final arrojó que el simple hecho de pensar en ciencia, incluso sin necesidad de estar dedicado a ella, transforma el comportamiento social, permitiendo juzgar entre el bien y el mal de mejor forma y mejorando nuestro comportamiento altruista con los demás, poniendo de manifiesto que la relación entre ciencia y moralidad es muy fuerte. Ese factor, con todo lo citado, indica que vale la pena enseñar ciencia inclusive para quienes siguen profesiones como el derecho o la economía.


Diego Arias Serna
Profesor-investigador universidad del Quindío
[email protected]
[email protected]
Especial para LA CRÓNICA


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