Miércoles, 24 Jul,2019
Historietas del más acá / JUN 16 2019 / hace 1 mes

Cogieron a Lola, loladrones

Autor : Ernesto Acero Martínez

La entrada al mercado mediático local del diario Q’hubo Armenia confirma el buen momento por el que, según el estudio general de medios, pasan los matutinos judiciales en el país.

Doña Graciela se levanta antes de las cuatro de la mañana para dejar listo el almuerzo y limpiar su casa, antes de las 6 ya está reclamando los periódicos que va a ofrecer en los diferentes barrios de Calarcá, una hora después se escucha su voz, a todo pulmón, anunciando los titulares del papel impreso que carga en una tula roja con ruedas de esas que se usan para hacer mercado.
 


Graciela Celis encontró en la venta de periódico un empleo estable y que le permite estar pendiente de su esposo que padece trombosis.


“Tengo uno en bola, embolatado…. llegó el Q’hubo, crucigrama doble para hoy”, dice Chela y le suena tan gracioso que es imposible no sonreír al escucharla aunque lo que ofrezca sea notas judiciales, de esas que le dan vida a la crónica roja, una especialización del periodismo que nunca ha dejado de ganar audiencia.

 


Para Jorge Eduardo Urrea Giraldo, comunicador social y periodista, quien por varios años hizo reportería y crónica judicial para diferentes medios de televisión nacional, la muerte es en sí uno de los mayores misterios y narrarla desde lo audiovisual, la fotografía o la plástica, implica conocer y estudiar una estética asociada a lo gótico o a lo misterioso, y representar lo que no se conoce. “Cuando empecé a hacer crónica judicial encontré que había una estética particular que despertaba un interés general y que tenía una mística, la mística de poder descubrir elementos que el público no tiene a mano, y ante lo cual se ha puesto un mito, como algo a lo que no se quieren acercar, pero que cuando uno se los muestra, desde la crónica, causa mucho interés”.

Basta conversar con cualquier pregonero de periódicos para confirmar la teoría de Urrea Giraldo. “Cuando hay sangre se vende demasiado, cuando hay crucigrama también, cuando no hay muerto no hay nada, se vende muy poquito, si no hay muertos no me venda, así me dicen”, cuenta Pedro Antonio Montoya, otro de los voceadores del Q’hubo, quien también canta los titulares por el centro de Armenia para ganarse el día. 
 


Pedro Antonio se levanta todos los días a las 4 de la mañana, antes de las 6 está reclamando el periódico para salir a vocearlo.
 

La entrada al mercado mediático local del diario Q’hubo Armenia confirma el buen momento por el que, según el estudio general de medios, pasan los matutinos judiciales en el país. Aunque son varios los canales de distribución de la prensa escrita —suscripción directa, supermercados, droguerías, tiendas, kioscos—, es el voceador uno de los aliados más estratégicos para garantizar la circulación y lecturabilidad del papel periódico. Aunque a los voceadores ya no les hacen corrillo para comprarles, como ocurría antes, y tampoco son ya portadores de primicias, siguen llevando la comida a su casa y sosteniendo a sus familias gracias a esta labor. En el Quindío quedan 27 auténticos voceadores, hombres y mujeres de estratos 1, 2 y 3, que junto a los 18 prenseros de puesto fijo y los 142 expendios, garantizan la supervivencia del periódico impreso.
 


Más de 60 años lleva Darío Quintero vendiendo prensa, 50 de ellos en la misma esquina de la 20 con carrera 17.
 

Mucho ha pasado desde que circuló en 1605 el Strassburger Relation de Estrasburgo, el primer noticioso en papel, conocido. El público ha modificado sus hábitos y rituales para consumir información; la “chiva” ha sido sustituida en las salas de redacción por el análisis para contrarrestar las fake news —noticias falsas—, y además porque es imposible competir en inmediatez con las redes sociales; muchos impresos han emigrado al mundo virtual y ninguno de ellos se concibe sin una versión on line. Las noticias circulan a mil, muchas veces con imprecisiones, por Whatsapp, Twitter, Facebook, etc., pero el papel entrega una forma más reposada y por ende segura de entender lo que pasa. Como dicen los mayores, lo que está impreso permanece, además tiene un valor agregado: la confianza.

Parece difícil de creer pero muchas personas no saben que aquel que lleva el periódico y lo pregona es un voceador, e ignoran que mientras duermen hay máquinas llamadas rotativas que vuelven universal un hecho; no importa que antes de imprimirse una noticia ya haya sido tendencia en redes, el periódico en papel sigue fuerte, todo su proceso de producción podría ser titulado como una de las más puras expresiones del periodismo.
 


Marco Fidel Ruiz Verdugo es el único voceador que tiene La Crónica del Quindío. Recorre los diferentes municipios anunciando el diario.


A propósito

En la carrera 17 de Armenia, entre calles 21 y 22, se resiste a desaparecer otro de esos oficios ancestrales: tramitador. De los 26 mecanógrafos quedan seis, llevan varias décadas ganándose la vida redactando cartas y llenando formularios en sus viejas máquinas de escribir, asesorando ciudadanos e interpretando leyes. Son ágiles y precisos pulsando las teclas de estos aparatos que ya solo se ven como adorno en algunas oficinas y bibliotecas o para la venta en las vitrinas de una que otra prendería. Fernando Martínez lleva tres décadas en este oficio, porta con orgullo un carné, el 012, que lo acredita como tramitador; el documento se lo expidió la alcaldía de Armenia, venció el 31 de diciembre de 1995, y es la prueba de una promesa que se quedó en eso, en una promesa: reubicarlos en una plazoleta con mejores condiciones que las que ofrece el andén de la 17 y los parasoles de colores que les sirven de refugio.
 


En la carrera 17 de Armenia, en pleno centro, subsisten 6 tramitadores de los 26 que había.


Tres cuadras más arriba trabaja Jorge Enrique Villabón Quiroz, uno de los dos ascensoristas que hay en Armenia, el otro es Javier Ocampo, con quien comparte el manejo del viejo y silencioso pero todavía seguro elevador marca Otis del edificio Valorización. Su rutinaria tarea no se impone a la amabilidad con la que saluda a los pasajeros de su nave de operación manual con puerta de seguridad tipo ballesta. Es el vecino de todos, navega del primero al quinto piso del edificio mientras llega la hora de cederle el puesto a Javier; al otro día todo será igual, menos el genio con el que lleguen sus pasajeros y que también le toca, muchas veces, manejar con calma.
 


Solo dos ascensoristas hay en Armenia. Ambos operan el elevador marca Otis del edificio Valorización.
 

El día avanza, los tramitadores frente al Maitamá esperan clientes y el ascensorista de la 21 pasajeros. Mientras tanto, Graciela grita, con cadencia y motivada antes de llegar a casa a lavar la ropa y preparar la comida: “Cogieron a Lola, loladrones, llegó el Q’hubo, crucigrama doble para hoy”.


Ernesto Acero Martínez
@hdelmasaca
@ernesto_acero

Especial para LA CRÓNICA

 


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