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¿Cómo evolucionará la pandemia de COVID-19?

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Autor : Diego Arias Serna

¿Cómo evolucionará la pandemia de COVID-19?

Mujeres y hombres de todo el mundo investigan sobre cómo obtener una vacuna contra la COVID-19. Lograrlo, volvería la tranquilidad y la sociedad tendría que preocuparse del deterioro del planeta.

“Para derrotar el virus, tal vez sea necesario un conjunto de actuaciones como las que detuvieron epidemias históricas: medidas de control social, medicamentos y una vacuna”: Lydia Denworth.  

Cuando apareció el virus que nos sometió al aislamiento, surgió una gran polémica sobre su origen. Varias versiones se difundieron a través de los medios de comunicaciones, las revistas científicas y, por supuesto, en la amplia gama de la red virtual. Sin embargo, la sociedad debe tener en cuenta que una cosa es una opinión —en algunos casos sin lógica— y otra un planteamiento sustentado en la argumentación científica, que al final debe tener el respaldo de la evidencia experimental, para que tenga un valor de verdad. También se crea confusión cuando se hacen afirmaciones respaldadas en creencias religiosas o en teorías conspirativas.

Igual pasa cuando se piensa en el nocaut que el virus les ha dado tanto a ricos como a pobres, dejando al descubierto el olvido en el que está el sistema sanitario en muchos países, que se ha convertido en un negocio de unos pocos y la muerte para muchos. Para pensar en cuándo y cómo se puede terminar la pandemia —más no el virus, que menguado seguirá mutando y haciéndose menos perjudicial para la salud—, hay que indagar acerca de lo que afirman los expertos y conocer la historia de pandemias pasadas.

Es sano recordar que virus y bacterias han estado en el planeta millones de años antes que el Homo sapiens; y que las pandemias han existido desde hace varios milenios. Todas han tenido características parecidas: dejan muchas víctimas, se debilitan —la curva se aplana—, vuelve a repuntar y al final el virus empieza a convivir con los humanos. La historia también enseña que en todas, los pobres son los más afectados, que el aislamiento siempre fue una prioridad y que la vacuna ha sido la solución para que la humanidad haya vivido con tranquilidad.

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Para analizar cómo posiblemente termine esta situación virulenta, lo obvio es aprender de quienes se han dedicado a estudiar este problema. Así que veamos las afirmaciones de Lydia Denworth, periodista científica y quien ha escrito artículos y libros sobre temas diversos, sobre todo en neurociencia y comportamiento social. Este mes escribió para la revista Investigación y Ciencia —versión en español de America Scientific— el artículo titulado: ¿Cómo evolucionará la Pandemia de COVID-19? 
 

Fin de la pandemia, una incógnita

Acerca del origen del virus, Denworth señala: “En algún momento del otoño pasado, una cepa lo bastante oportunista como para pasar de una especie a otra, abandonó a su hospedador u hospedadores, acabó en una persona y empezó a propagarse. Pero nadie sabe, de momento, cómo acabará la pandemia. No hay precedentes de una enfermedad con una combinación de características similares. Una alta transmisibilidad, un amplio abanico de síntomas y una extensión tan enorme que ha detenido el mundo. En algunos casos, la alta vulnerabilidad de la población ha causado un crecimiento exponencial de los infectados”. 

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Cita también a la epidemióloga y bióloga evolutiva Sarah Cobey, de la universidad de Chicago, quien expresa: “Es una situación diferente y muy novedosa”. Y añade Denworth: “Pero algunas pandemias anteriores nos ofrecen pistas sobre cómo evolucionará la actual. Aunque no contamos con ningún ejemplo histórico que podamos seguir, la humanidad ha sufrido grandes epidemias en los últimos ciento y pico de años que, de repente, dejaron de arrasar la sociedad; se detuvieron abruptamente. El modo en que eso ocurrió puede servir de orientación para un mundo que está buscando cómo recuperar la salud y cierta sensación de normalidad”. 
 

La respuesta humana es clave para detener el virus

La citada periodista anota: “Según Cobey y otros expertos, 3 de esas experiencias sugieren que lo que pase después depende a la vez de la evolución del patógeno y de la respuesta humana, tanto biológica como social. Los virus mutan constantemente. Los que desencadenan pandemias son lo suficientemente novedosos, como para que el sistema inmunitario humano no los identifique de inmediato como invasores peligrosos. Obligan al cuerpo a crear una defensa completamente nueva, con anticuerpos y otros componentes inmunitarios que puedan reaccionar y atacar el virus”. 

De acuerdo con Denworth, un gran número de personas enferman a corto plazo y factores sociales como las multitudes y la ausencia de medicamentos pueden hacer crecer más esa cifra. Al final, una proporción importante de la población afectada desarrolla anticuerpos contra la enfermedad, lo que confiere una inmunidad a largo plazo y limita la transmisión vírica entre personas. Pero pueden transcurrir varios años para que esto suceda. Mientras tanto debemos aprender a vivir con la enfermedad. El ejemplo más famoso en la historia moderna nos lo ofrece la epidemia de gripe H1N1 de 1918 -1919. 

Expone que “los médicos y los funcionarios de la salud disponían de mucho menos armas, y la eficacia de las medidas de control, como el cierre de colegios, dependían de lo pronto que se tomasen y lo estricto que fuesen. Después de 2 años y 3 oleadas, la pandemia afectó a 500 millones de personas y mató a entre 50 y 100 millones. Acabó sola cuando las infecciones naturales confirieron inmunidad a aquellos que se habían recuperado. La cepa H1N1 se convirtió en endémica, aunque en una versión más leve que circuló otros 40 años como virus estacional”.

La autora nos enseña que fue necesaria otra pandemia —la del virus H2N2 en 1957— para que se extinguiese la mayor parte de la cepa de 1918. Se puede decir que un virus de la gripe expulsó a otro, aunque no se sabe muy bien cómo ocurrió. Los esfuerzos humanos para hacer lo mismo han fracasado. “La naturaleza lo puede hacer, nosotros no”, indica Florian Krammer, virólogo de la Escuela de Medicina Icahn de Monte Sinaí, en Nueva York. Denworth se pregunta: ¿Cómo pueden ayudar las medidas de contención? 

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Así se responde: “La epidemia de 2003 del síndrome respiratorio agudo grave —Sars, por sus siglas en ingles— no fue causada por un virus de la gripe, sino por un coronavirus, el Sars-CoV, íntimamente relacionado con el causante de la pandemia actual, el Sars-CoV-2. De los 7 coronavirus humanos conocidos, 4 circulan ampliamente y causan una tercera parte de los refriados comunes”. Luego agrega: “Gracias a varias estrategias epidemiológicas enérgicas, como aislar a los enfermos, poner en cuarentena a sus contactos y el control social, los peores brotes se limitaron a un par de localizaciones, como Hong Kong y Toronto. La contaminación fue posible porque la enfermedad se manifestó pronto”.
 

Urge una vacuna

Lydia Denworth manifiesta que casi todos los infectados presentaban síntomas graves y contagiaban a otras personas después de enfermarse, no antes. “La mayoría no fueron contagiosos hasta una semana después de que aparecieran los síntomas”, aclara el epidemiólogo Benjamín Cowling, de la Universidad de Hong Kong. Si se identificaban y aislaban esa misma semana, la infección dejaba de propagarse. La contención funcionó tan bien que solo hubo 8.098 infectados de Sars en todo el mundo, de los cuales fallecieron 774. Desde 2004 no ha aparecido ningún otro caso. 

Para la comunicadora no cabe duda de que la gran baza contra las epidemias son las vacunas. Cuando en 2009, una nueva cepa de la gripe H1N1 conocida como gripe porcina, causó una pandemia, “saltó la alarma porque se trataba de un virus nuevo”, indicó Cowling, a lo cual añade: “muy parecida a la cepa letal de 1918”. No obstante, al final demostró no ser tan grave como se temía. En parte, explica Krammer, “fuimos afortunados porque la patogenicidad del virus no era tan alta”. Pero otra razón importante fue que a los 6 meses de aparecer la cepa, ya habían desarrollado una vacuna. De modo que es necesario controlar la pandemia del desorden social, además que haya instrucciones claras del gobierno y control de la corrupción.     
   

*Profesor-investigador universidad del Quindío

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