Inicio / Cultura / JUN 15 2020 / 1 mes antes

Cuando el abuso sexual es contado por mujeres

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Cuando el abuso sexual es contado por mujeres

Autora: Marlly Lorena Ocampo. 

Hace poco me recomendaron la película francesa Les traducteurs (2019) de Régis Roinsard. Allí, noté el personaje de Helen Tuxen, una aspirante a novelista que reconoce la raíz de su fracaso como escritora en la responsabilidad doméstica de ser madre y esposa. Poco antes de suicidarse dice a modo de confesión: “Odio a mis hijos”. No es común encontrar en el cine este tipo de representaciones femeninas, pero existen. Aún mejor, si pienso en temas todavía problemáticos como el abuso sexual. Cuenta John Douglas en Mindhunter —Cazador de mentes— (2018) que el asesino en serie Robert Hansen, al ser interrogado por la policía por el presunto secuestro y violación de una trabajadora sexual, expresó: “No se puede violar a una prostituta, ¿no?”. A pesar de esta explícita visión machista de la mujer, otra permanece en las sombras: la representación del abuso sexual desde la óptica femenina. ¿Qué sucede, entonces, en el cine hecho por mujeres?

En materia cinematográfica, Martin Marcel en El lenguaje del cine (2002) escribe: “El empleo del símbolo en cine consiste en recurrir a una imagen capaz de sugerirle al espectador más que lo que puede brindarle la sola percepción del contenido aparente” (101-102). En esa medida, ¿es posible resignificar el relato cinematográfico del abuso sexual desde la perspectiva femenina? o ¿las cineastas de mi género todavía se valen de símbolos privilegiados por el discurso falogocéntrico? Sin embargo, sospecho que no persisten los senos grandes, el bajo coeficiente intelectual y el cabello rubio como los símbolos frecuentados por las pocas mujeres cineastas que encuadran el relato de violación en la pantalla grande.

Así, por dar un ejemplo, en Monster (2003), Patty Jenkins retrata la historia real de la asesina en serie Aileen Wuornos. Para Wuornos la prostitución parece engendrar una forma del amor. Por eso, vende su cuerpo para sostener a su amante Selby. Después de haber visto, por curiosidad o morbo, las entrevistas concedidas por Wuornos desde prisión, difícilmente podría sentir empatía por esa neurótica figura. Ese es, de hecho, el contenido aparente que Jenkins consigue resignificar: humanizar la victimaria hasta convertirla en una víctima de sus circunstancias. Pues, Wuornos es presentada como el resultado de un accidentado experimento que fue su propia infancia, la prostitución como mecanismo de supervivencia, el amor no correspondido y la imposibilidad de ser comprendida, ocultos bajo el símbolo del dinero como promesa de fuga. En Monster se descubre que ella, al igual que un animal frente a la carnada, en su vida solo tuvo una ilusoria esperanza de vivir a la que se aferró como el ratón al queso envenenado.

Por el contrario, en The Tale (2018), la cineasta Jennifer Fox cuenta su propia historia de abuso sexual. Allí, debe confrontar la historia de sus relaciones sexuales con un hombre y una mujer adultos, escrita por sí misma a la edad de 12 años como una tarea de clase. Así, empieza el viaje entre sus recuerdos y la reconstrucción del relato censurado por su memoria. Aún mejor, recurre al símbolo del papel, de la escritura, como mecanismo de recuerdo y olvido. En la travesía al interior de su mente consigue recordar las señales de su cuerpo infantil que rechazaba la embestida de un cuerpo adulto. También, salen a flote las formas lingüísticas del engaño que se disfrazan en amor para contar un relato autobiográfico sobre la pedofilia. Resulta ser una historia sobre la construcción de la historia oculta desde la confrontación de su versión infantil y madura, gracias a la escritura como arma para recordar y olvidar.

Pero no todos los abusos son un recuerdo que pueda reprimirse. Así, por ejemplo, en Boys Don’t Cry —1999—, Kimberly Peirce cuenta el suceso real de Teena Brandon, un joven transgénero que es violado y asesinado por fingir ser hombre. Aquí, Peirce trasciende el pene como símbolo de virilidad, resignificándolo para convertirlo en un instrumento de confianza para la construcción psicológica del personaje. Precisamente, resulta siendo ese símbolo la firma de su sentencia de muerte cuando John y Tom, 2 exconvictos violentos y homófobos, violan a Teena modificando la representación del pene como instrumento de corrección. Una historia de abuso sexual contada con mucha sensibilidad y dolor que muestra que los símbolos comunes del sexo pueden adquirir más de un significado.

A veces, en cambio, las violaciones pueden resultar triviales. Buen ejemplo de ello lo vemos en Baise-moi (2000) de Virginie Despentes. Allí, el abuso sexual no se retrata desde la imagen trágica. En Baise-moi, la mujer abusada evade la experiencia como una protesta contra el control masculino sobre los cuerpos desde la banalización del evento. De esta manera, la directora intenta, más que conseguir, representar el empoderamiento femenino gracias a, por un lado, una mujer que ejerce la prostitución por convicción y disfruta de la pornografía y, otra, una actriz porno amateur que después de experimentar una violación desestima el hecho como una simple confirmación de su horroroso contexto. Parece una película cuyo símbolo para denotar una sociedad repugnante es la pistola. En ese sentido, el arma se convierte en el símbolo de la libertad, en manos de 2 mujeres que construyen su camino mientras a plomo destruyen el pasado.

Gracias a este breve panorama cinematográfico, cuando pienso en las representaciones sobre el abuso sexual en el cine dirigido por mujeres, quedo con la impresión de que, incluso las perspectivas que parecen evitar hablar del asunto, revelan que el abuso no es un hecho invisible y que, a través de métodos de evasión, en la denuncia directa o en la banalización, se está radicando una visión diferente sobre la posición de la mujer y su capacidad de enfrentar el dolor y la humillación. Por eso, los símbolos comunes de la sexualidad femenina pueden resignificarse con habilidad y sensibilidad para mostrar otra realidad latente: la visión particular y sin tapujos del abuso. Algunos traumáticos; otros banales, pero, en últimas, sin estigma.

 


Movilización por la Vida y la Paz en el Quindío

Autor: Jhoan Felipe López

Van 2 semanas del mes de junio y ya se han registrado 3 hechos sumamente graves en materia de derechos humanos que al parecer no despiertan atención de las autoridades del departamento. El 1 de junio fue asesinada la vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal —JAC— del barrio Patio Bonito Alto de Armenia, el 5 de junio circularon panfletos amenazantes en veredas del municipio de Salento con autoría de las AUC y el 10 de junio fue amenazada la presidenta departamental del partido Mais.

Dichos sucesos deberían activar protocolos especiales y alertar a la sociedad quindiana por 2 razones. Primero, porque quien fue ultimada en Armenia ejercía roles de liderazgo local en una JAC, por tanto, su condición de sujeto de especial protección —mujer y lideresa— debe ser un elemento clave en la investigación del móvil.  Así mismo, la amenaza a la presidenta del partido Mais debe ser investigada en clave de su condición de mujer, de indígena y de su liderazgo político.

Y segundo, porque los panfletos amenazantes plantean el control territorial y una campaña de limpieza social por parte de las AUC en jurisdicción del municipio de Salento. Situación que agrava las muertes y amenazas previas que se han presentado en dicho municipio y en otros.

Así las cosas, y en relación a la grave crisis humanitaria que vive Colombia, dichas amenazas no deben ser investigadas con ligerezas. Deben ser investigadas en perspectiva de prevención, construcción de paz y de derechos humanos. En consecuencia, es urgente la adopción de medidas específicas del Acuerdo de Paz —AP— en el plan de desarrollo departamental del Quindío, ya aprobado, y en el plan de desarrollo municipal de Armenia, que también fue aprobado por concejo, que permitan prevenir violaciones de los derechos humanos en el territorio.

Propongo las siguientes herramientas: El Conpes 3932, el cual contiene la ruta de implementación a nivel territorial del AP, especialmente lo relacionado a las medidas de seguridad para el ejercicio de la política; el decreto 1581 o política pública de prevención de violaciones a los derechos humanos; el decreto 2252, que versa sobre la labor del gobernador y alcalde en relación con la protección individual y colectiva de líderes/as y defensores/as de derechos humanos, y el Conpes 3931 que establece la política para la reincorporación social y económica de excombatientes. Sumando a la reactivación de los consejos de paz de Armenia y del Quindío.

En consecuencia, implementar el AP en las políticas públicas del departamento no solo es una obligación de todas las instituciones del Estado, sino que debe ser una prioridad de incidencia y movilización ciudadana. Lo anterior, permitirá que las dinámicas del conflicto armado —aún vigente en Colombia— no sigan reconfigurando la conflictividad territorial y la presencia de actores armados ilegales en el departamento del Quindío. 


 

 



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