Sabado, 07 Dic,2019
Historietas del más acá / NOV 17 2019 / hace 2 semanas

Cuando no queda nada

En su paso por el Quindío rumbo al sur del país, los caminantes venezolanos encuentran una ayuda inesperada.

Luego de cinco días de estar durmiendo en la calle, a Ángel Villalobos se le nota cansado, triste, intranquilo. Lleva un año viajando por diferentes departamentos de Colombia en una odisea sin destino, que emprendió cuando en su natal Venezuela se percató que por más que trabajara, iba a ser imposible alimentar bien a sus pequeños hijos, de tres y siete años. 

A su lado está su esposa, María, que también luce trasnochada, ella eligió el sacrificio en lugar de la distancia. Ambos, con menos de 25 años de edad, empezaron a caminar con la convicción de luchar y resistir para mantener unida a la familia. “Si tenemos que guerriar, guerriamos”, se dijeron al salir de su país y sí que les ha tocado.

“Yo era albañil en Caracas y también barbero, por eso traía mis máquinas para trabajar, pero cuando por primera vez nos recogió una tractomula, acá en Colombia, unos ‘hinchas’ nos atracaron”, recuerda Ángel con resignación, pues les quitaron un celular, las maletas con ropa, los utensilios de aseo y las máquinas que iban a ser su fuente de ingresos.

Audio de Ángel Villalobos (Ver en otra pestaña)


Desde las afueras del Punto de Atención al Migrante, de la Cruz Roja Colombiana que está en el sector del barrio Naranjal, del municipio de Calarcá, a pocos metros de la variante a La Línea, Ángel cuenta que, a pesar del robo, tuvo la suerte de encontrar trabajo en Ibagué como vendedor ambulante de bebidas energizantes, así sobrevivió por varios meses en la capital del Tolima hasta que les subieron el arriendo y tuvo que escoger entre la vivienda o la alimentación de su familia. 
 


Ángel Villalobos y su familia, al momento de la publicación de este artículo ya habrá cruzado por el Alto de La Línea, camino a Bogotá.
 

En busca de una mejor suerte, llegaron al Quindío y a pesar de que buscaron en varias fincas y almacenes, nadie les ofreció nada, por ello, cuando el cansancio los venció se vieron obligados a dormir a la intemperie.

“Muchas personas no nos dan trabajo porque piensan que uno es como los otros que vinieron a hacer daños, que uno los va a robar, pero solo somos una familia”, dice María como desahogándose, como dejando salir un dolor profundo para el cual ya no existen lágrimas. “Aunque la mejor ayuda que nos pueden dar es un buen trato, porque la mayoría lo que hace es humillarnos, porque, supuestamente los estamos dejando sin trabajo”. 

No obstante, así como hay personas que los han humillado, también hay otros que los han ayudado, como es el caso de la familia Mendoza Carreón, un hogar pequeño y humilde, en el que, desde junio del año pasado, todos los integrantes se dedican a brindar a los caminantes comida, agua, medicamentos, ropa y apoyo moral.
 


La casa de los Mendoza Carreón y el Punto de Atención al Migrante de la Cruz Roja. 
 

“Nos dolía ver pasar a tantas personas descalzas, hambrientas y sedientas. Entonces empezamos a darles de lo poco que teníamos”, dice doña Leonor Carreón de Mendoza, una matrona incansable, que todos los días se levanta antes de las 4:00 de la mañana para prepararle a los migrantes un buen desayuno.

La casa, localizada en plena carrera 18 del barrio Naranjal, es fácilmente reconocida por los viajeros, gracias a las banderas tricolores de Colombia y Venezuela que permanecen ondeando juntas desde la ventana. 


Ubicación de la casa Mendoza Carreón (Ver en otra pestaña)


 

“Aquí, entre mis dos hijos, mi esposo y yo hemos atendido a grupos hasta de 80 personas. Les servimos la comida, les damos abrigo para el frío y zapatos, porque muchos llegan con los pies ampollados”, agrega doña Leonor, que mantiene a su familia gracias a que es pensionada y cuya única recompensa es ver a los viajeros continuar dignamente su camino. 


Audio de doña Leonor Carreón de Mendoza (Ver en otra pestaña)


Los días malos, en que por falta de víveres o porque está enferma y no puede cocinar, doña Leonor pide cerrar puertas y ventanas para no tener que ver a los caminantes en su odisea, aunque hay días que no resiste y finalmente les termina entregando lo poco que le queda en la nevera, es decir, cuando no queda nada, les entrega todo. 

Al igual que doña Leonor, el grupo de trabajo de la Cruz Roja, que se encuentra en el Punto de Atención del Migrante, está presto para apoyar a los caminantes, desde brindarles agua, primeros auxilios, orientación general para continuar con el viaje hasta ayudarlos a contactar con los familiares, ya sea por teléfono, mensaje de Whatsapp o de Facebook.

Angélica María del Pilar Puerta, coordinadora local del proyecto Cofrontera de la Cruz Roja, que se financia con recursos de la Unión Europea y la Cruz Roja Alemana, explica que en los siete meses que llevan trabajando este proyecto han brindado apoyo a más de 6100 caminantes. Un trabajo complejo, donde ha aprendido a ver reflejado el dolor que genera el desarraigo. 

“Es conocer un poco de la fragilidad humana, saber que estas personas no puedan suplir necesidades tan básicas como asearse o acceder a un baño es muy duro. La mayoría viene con dolores de cabeza relacionados con hambre y no tienen manera de tomarse una pasta, es algo que lo lleva a uno a cuestionarse sobre lo afortunado que es”. 

Audio de María del Pilar Puerta (Ver en otra pestaña)


Carlos Wílmar López Rodríguez
[email protected]
@hdelmasaca

 

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