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En profundidad / AGO 11 2019 / hace 1 mes

Dos mujeres de Circasia que se despidieron en agosto

Cada una, desde su rol bien distinto, dejaron las huellas de solidaridad, de bondad y del espíritu devoto que les da la fortaleza y templanza. 

Dos mujeres de Circasia que se despidieron en agosto

María del Carmen Ramírez y Débora Aristizábal.

El 5 de febrero de 2018, rodeada de amigos y familiares, a María del Carmen Ramírez —más conocida como Carmelita—  le celebraron los 100 años de vida en el municipio de Circasia. Fue una reunión alegre, para una de las pocas personas que tenía la fortuna de llegar al siglo cronológico.

17 meses después — con 101 años cumplidos — aquellos amigos la despidieron en sus honras fúnebres. Carmelita fue sepultada el 1 de agosto de 2019 en su casita del barrio La Pista, donde estuvo radicada durante los últimos años, y donde quedaron los recuerdos de los mejores momentos de su existencia. 

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Al día siguiente del funeral de Carmelita, también en su casa del ‘Municipio Libre’ del Quindío, la familia Rincón despidió a su madre, Débora Aristizábal, de 91 años de edad. Era una matrona dedicada a su hogar y a su oficio social de las últimas décadas, en la condición de ministra o ayudante religiosa de la parroquia Nuestra Señora de Las Mercedes.

Carmelita y Débora hicieron parte de ese grupo constitutivo de las sociedades de estirpe antioqueña —como gran parte de las madres del Quindío— que ofrecieron sus mejores momentos a la diaconía de la iglesia católica, en su calidad de colaboradoras de la misión sacerdotal.

Cada una, desde su rol bien distinto, dejaron las huellas de solidaridad, de bondad y del espíritu devoto que les da la fortaleza y templanza. Carmelita murió soltera, pero su sobrina y vecinos la consideraron la madre más querida de aquel sector de Circasia donde vivía.


Débora y María del Carmen

Débora contrajo matrimonio con Jesús Rincón, ya fallecido. Nacieron 10 hijos y 11 nietos, quienes la acompañaron hasta el último suspiro, en la casa del barrio Eduardo Santos, de donde se trasladaba fácilmente hasta el templo municipal nuevo, pues el antiguo fue destruido por un voraz incendio en el año 2008. 

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Las dos se fueron a la eternidad en agosto, el mes de los adultos mayores, y que siempre se ha dedicado a su homenaje, como el reconocimiento de las familias a la sabiduría y experiencia de estas longevas personas. Pero es también el mes de la visibilización del estado lamentable en el que están sumidos otros ancianos, en medio de la pobreza y la desprotección. 

Carmelita y Débora habían nacido en hogares tradicionales de pueblos del Viejo Caldas. Carmelita, en Riosucio y Débora en la vereda Marmato de Armenia el 28 de julio de 1928. Sus padres, cuando estaban pequeños, habían crecido en medio de las jornadas campesinas de Antioquia Grande. Fueron trasladados después en un canasto a lomo de caballo, en el transporte de sus abuelos que decidieron venirse desde Marinilla, el origen de su familia paterna. Carmelita creció en el medio indígena del poblado de Caldas y también las actividades agrarias fueron su medio natural. En el periódico Vea Pues del 6 de febrero de 2018, Carmelita contó el relato de su juventud: “todos los días me entraba a las 6:00 de la tarde, rezaba el rosario y después, a las 7:00 de la noche, cenaba, y a dormir se dijo, para el otro día muy temprano ayudar a las labores de la casa y a recoger leña para el almuerzo”. Ambas guardaron los mejores recuerdos de su ayudantía sacerdotal, como que asistieron a varios prelados en las parroquias correspondientes. Carmelita fue la asistente de un sacerdote versátil, Ananías González, quien dejó su marca en las iglesias del Quindío, pero especialmente a través de un espacio singular, el Teatro Parroquial, que fundó en varios municipios.


Un legado religioso

Débora, con sumo respeto, infundió la tolerancia frente a otros credos o manifestaciones religiosas. Por ejemplo, manejó con prudencia el fenómeno del culto al fetiche religioso del cementerio Los Ángeles de Circasia, alrededor de la tumba de Bernardina. Una mujer piadosa, fiel a sus creencias, pero comprensiva frente a la tradición laica de este municipio quindiano que tiene en su haber la existencia de un cementerio Libre. 

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Pocos aspectos se conservan hoy de aquellas colaboraciones femeninas en el ministerio sacerdotal que caracterizaron a la Antioquia de nuestros abuelos y bisabuelos.

Aunque el protagonismo masculino era el eje central en el desarrollo ritual de la iglesia Católica, algunas instituciones de mujeres fueron célebres en el desempeño doctrinal. Ellas fueron, entre otras, las siguientes mencionadas en su libro ‘Así decían los abuelos’, de la escritora antioqueña Lucía Restrepo González: Las madres católicas, que desfilaban en las procesiones con la medalla de la Virgen de los Dolores sujeta a una cinta morada en el cuello.

Las hijas de María, con la medalla de la Inmaculada y la cinta azul, quienes se encargaban de la preparación de la primera comunión y el catecismo. En esta actividad, Débora participó activamente cuando fue catequista en la vereda La Cristalina de Circasia, a su llegada a esta región rural.

Las adoradoras del Santísimo, quienes portaban la medalla que tenía grabada una custodia. Las Socias del Corazón de Jesús, quienes promovían la devoción al primer viernes. Las Terciarias de San Francisco, quienes rezaban todos los días el rosario en las casas. Débora repartía, como otras mujeres de hoy, la comunión en las ceremonias.

Además de estas instituciones femeninas laicas, Carmelita y Débora asistían enfermos y pertenecieron, junto con otras colaboradoras, en el mantenimiento de un hogar filantrópico que existió al amparo de las monjas Vicentinas de Circasia, llamado La casa del pobre. 

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Antioquía Grande heredó otros oficios religiosos para las mujeres: preparación de viandas para los bazares parroquiales y las cantarillas, o sea rifas a beneficio de la iglesia. Arreglo de las niñas, llamadas ninfas, para que encabezaran, con velo blanco y canastas pequeñas con flores, las procesiones importantes.

Carmelita, con sus humildes actividades para la parroquia de turno, y Débora con su hermoso trabajo en crochet y tejido de lana, que heredó a sus cuatro hijas, nos dejaron una gran lección de servicio social. Ello dignifica a tantos adultos mayores que todavía lo desarrollan con silencio en todos los pueblos del Quindío y que mantienen la herencia de honorabilidad que tanto nos falta en este convulsionado ambiente de descomposición que vivimos.


Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA


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