Inicio / Al descubierto / JUL 04 2020 / 1 mes antes

El guarda que cela, con alma de campesino, las noches en el CAM

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

El guarda que cela, con alma de  campesino, las noches en el CAM

Óscar Ovidio López Ramírez es viudo y tiene 2 hijos.

A Óscar Ovidio López Ramírez no le gusta trabajar en empresas formales. 

 

“Si el celador no muestra actitud, lo roban y lo echan de acá”. La frase la dijo, con esa voz que habla desde la sabiduría que da la experiencia, don Óscar Ovidio López Ramírez. Él es un campesino que desde hace 27 años pasó de ordeñar vacas en Yarumal, Antioquia, a velar en las noches por la seguridad de los locales comerciales de 3 manzanas aledañas al CAM en Armenia. Pasó de un ambiente campestre a uno agreste, rodeado de prostitución, travestis, habitantes de calle, ladrones, drogadictos y muchas otras fieras que a esa hora habitan la selva de cemento en el centro de la capital quindiana.

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A este aguerrido hombre, de 61 años de edad, no le da pena confesar que es analfabeta, pero no porque le haya dado pereza estudiar, sino porque creció en un ambiente en el que para vivir había que trabajar como mula desde la madrugada hasta que las gallinas se iban a dormir. Allí lo único que aprendió fue a labrar el campo en diversas fincas antioqueñas. Él integraba una de esas familias paisas en las que no había televisión. De sus 17 hermanos, él fue el único que no pudo hacer, al menos, la primaria. Quizás, por eso siempre ha vivido del rebusque, de trabajar día a día en oficios informales para sobrevivir con lo estrictamente necesario.

Transcurría el año 1993 y por esos días don Óscar Ovidio laboraba en zona rural del corregimiento de San Antonio de Prado en Medellín. Alguien le hizo una oferta para trabajar en una finca de Circasia y entonces se vino a labrar la tierra en Quindío. Pasado un tiempo, sus labores terminaron allí, pero no quiso regresar a Antioquia.

Vigila sin tregua

Casualmente, un hombre al que tiempo atrás había ayudado a emplear en esa parcela del ‘Municipio Libre’, tenía por ese entonces varios puestos de frutas y de verduras en la antigua galería de Armenia. Al ver que Óscar Ovidio estaba desempleado y como una forma de mostrarle gratitud por lo que en el pasado había hecho por él, el comerciante lo recomendó ante sus colegas para que le pagaran por cuidar los negocios mientras ellos dormían. Desde entonces, así llueva, truene o relampaguee, este labriego asegura que no ha descansado ni una sola noche. “Así tenga fiebre o lo que sea, vengo a trabajar”.

Él no sabe qué es tener un fin de semana libre para hacer cosas distintas a su labor de vigilar, ni siquiera ha guardado reposo en esos días santos que cada año celebra la Iglesia Católica. El único viacrucis que le ha tocado presenciar ha sido el de trasnochar sin tregua. Mientras los niños reciben cada 24 de diciembre al Niño Dios con sus regalos, él le ha visto la cara al diablo al tener que enfrentarse con los habitantes de calle que se roban los contadores o tratan de irrumpir en los negocios para usurparlos. 

“¡Cela, por Dios que te mato! Me han dicho más de una vez por no dejarlos hacer de las suyas. Me ha tocado pelear a bolillo con los ladrones y con ese les he tumbado las armas blancas con las que me han querido atacar”, aseguró este hombre que vive en el barrio Salvador Allende de la capital quindiana, pero que cada día, antes de salir a cumplir con su deber de vigilante informal, se encomienda a Dios para que lo libre de todo mal y peligro. Aunque ahora se ve uno que otro delincuente merodeando el sector, recuerda que era más caótico cuando existía la galería.

Mientras la pandemia hace sus fechorías con la humanidad, a don Óscar Ovidio le toca, en muchas ocasiones, alertar a los borrachitos, que en las madrugadas intentan cruzar por la carrera 18, sin saber que más adelante están, ‘haciendo guardia’, los ladrones para despojarlos de lo que lleven. “¡Qué se vengan que yo los atiendo! Me responden cuando les advierto que tengan cuidado. Al pasar por el sitio de los delincuentes, preciso, los cogen y los dejan aporreados y sin nada”

Curiosos gajes del oficio

Este curtido hombre que no conoce la palabra pereza, reveló que a los travestis los recogen hombres en carros lujosos, que los ha visto haciendo de las suyas en algunos escondites del CAM con sus clientes. Además, le ha tocado evidenciar cómo algunos habitantes de calle convierten las aceras en moteles al aire libre, en medio de la soledad de la noche.

Mientras cuenta todos esos gajes que ha vivido en el oficio de montar guardia, don Óscar Ovidio ha acompañado a varios comerciantes a cerrar sus locales, ha lidiado con algunos recicladores taciturnos para que no dejen regueros de basuras, aunque de nada sirve. También le ha prestado su humilde servicio de escolta a una comerciante a la que todos los días acompaña a recorrer una parte de la zona para que no le hagan nada en el trayecto. “Todo el mundo se va yendo y esto queda de cuenta mía. Hasta la medianoche es chévere, pero después solo se ven locos, trabajadoras sexuales y ladrones que salen a ver qué consiguen”.

Al final de cada mes llega lo que él considera más complejo, pero necesario: la hora de cobrar. Aunque algunos dueños de locales le pagan voluntariamente y con amabilidad, porque no es una obligación, hay otros que le ponen cara de ‘38 largo’ y no le sacan dinero, sino disculpas. Entonces para no seguir con la molestia mutua opta por dejar a la diestra de Dios padre aquel ingrato lugar. Sin embargo, otros comerciantes que conocen de su compromiso y lo valoran, le hacen aportes que van desde $25.000 hasta $50.000 mensuales. “Me puedo ganar entre $800.000 y $850.000 mensual, a veces puede ser menos. Quiero mucho este trabajo porque gracias a él he sobrevivido, no he aguantado hambre”.

A las 10 p. m. don Óscar Ovidio se toma un algo para aguantar toda la madrugada y si en vez de ladrones, lo coge Morfeo en sus brazos, él espabila al andar de un lado para otro por su entorno, que desde que lo conoció se convirtió en su hogar, porque allí, aparte de las fieras nocturnas, tiene amigos que considera como su familia, mientras que en su casa vive solo.

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Este humilde jornalero de la vigilancia se ha sabido ganar la confianza de los comerciantes del sector, porque les ha cuidado, con esmero, sus bienes. A la vez, ha sido la piedra en el zapato para aquellos que osan vivir de lo ajeno. Don Óscar Ovidio no ha perdido su esencia campesina porque cuida los locales con el mismo esfuerzo que labraba la tierra.

 



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