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Educarnos en tiempos de peste

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Autor : Edwin Vargas

Educarnos en tiempos de peste

Albert Camus.

Aquí estamos, en este momento de la historia, resguardados tras las trincheras de nuestras pantallas, tratando de hacerle frente a la necesidad de educación que demandan nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

Hace algunos años leí, por primera vez, La peste, de Albert Camus. La llegada de la pandemia de la COVID-19 al territorio colombiano y la declaración del aislamiento social obligatorio me señalaron la oportunidad para su relectura. Lápiz en mano, incursioné en las páginas que pintan el mundo de Orán invadido por la peste bubónica, transmitida por ratas a los habitantes de un pueblo exiliado bajo el sopor de un sol inclemente, a la cual se enfrentan el médico Bernard Rieux y su amigo Tarrou. La situación pestilente y el modo de encararla por parte de los personajes de la novela me hablaron del mundo que, frente a mis ojos, se debate entre la zozobra de un futuro incierto y la esperanza de una salida ante la epidemia que, 70 años después de la narrada por el Nobel francés, nos tiene hoy contra la pared, encerrados, con el rostro cubierto y embadurnados de alcohol hasta el pelo.

Como además de lector soy profesor de un colegio y una universidad, ambos públicos, decidí compartir esta experiencia de lectura con un grupo de estudiantes que, en medio del paso abrupto de la presencialidad a la virtualidad, aceptaron acompañarme en un viaje a través de páginas hacia las entrañas de una sociedad extraviada entre dogmas, prejuicios y cegueras propias de una condición humana que pela el cobre en medio de la crisis. Y no estoy hablando de la Orán de Camus: me refiero a un país que todos los días se sienta a escuchar las mentiras oficiales de un presidente que, gel antibacterial en mano, canta la victoria del “aplanamiento de la curva” por encima de las cifras de contagiados y muertos, a la que asienten los mitómanos del otro lado de la pantalla. ¿Y el ministro de Salud? Bien peinadito, como siempre. Un canto a la bandera.

Y es así como la peste del siglo XXI, la nuestra, al igual que la de Camus, ponen a la epidemia como telón de fondo de una imagen humana que se toma el primer plano por medio de unos individuos y un colectivo que, a la brava, han tenido que darle una vuelta de tuerca a la vida y las costumbres que, por supuesto, implica también una actitud moral. Para la muestra, el botón de la educación: ¿Cómo educarnos en tiempos de peste? ¿Cómo poner entre paréntesis el gregarismo de nuestras instituciones educativas para enseñar y aprender en el exilio de nuestras casas, de nuestras habitaciones? ¿De qué manera podemos llevar a cabo un acto profundamente humano, como el educativo, a través de pantallas de ordenadores, tabletas y celulares que carcomen de forma inhumana nuestros rostros? ¿Con qué temple de ánimo y con qué actitud afrontarlo?

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Estas y otras preguntas saltan, como la liebre, cuando profesores y estudiantes de todos los niveles tenemos que darnos cita en grupos de WhatsApp y videoconferencias para continuar con nuestros procesos. Pero esto no es soplando y haciendo botellas. Las dificultades, además de las inherentes al acto educativo, se multiplican en el espejo en que se confrontan las intenciones de enseñar y aprender desde casa con las condiciones concretas de posibilidad para que esto ocurra. Hablo de estudiantes que, en el entorno de familias carentes de lo básico para sobrevivir, tratan de conectarse a clase con los 1.000 pesitos de recarga arañados entre monedas; a éstos el gobierno nacional acaba de extenderles la limosna de los ‘créditos educativos’, que se convierten en deudas vitalicias, para sostenerlos en el sistema. Todo por la cobertura. 

Hablo de maestros que, hasta donde pueden, ponen su conocimiento tecnológico a veces suficiente, a veces escaso, a veces nulo, a favor de la continuidad de las clases; pero quienes también pagan la conexión a internet, la electricidad, el desgaste de sus equipos de cómputo y de comunicación y, sobre todo, exponen su salud física y mental a horas eternas frente a una pantalla que, como el estanque de Narciso, se los traga enteros. Podría decirse que, entre nosotros, el estudiante encarna el arquetipo del sujeto excluido de la repartición de la torta del capitalismo; y que el docente es el arquetipo del nuevo esclavo que, además de poner la fuerza de trabajo, pone los medios de producción: bauticémoslo como el maestro-esclavo-tecnológico del siglo XXI. Esto también parece una novela, pero de Charles Dickens.

Pero los maestros hemos sido esclavos desde el principio. Recordemos el origen griego de la palabra pedagogía, que viene de paidos —niño— y agein —conducir, llevar—. En la antigua Grecia, cuna de nuestra civilización, donde se inventó la escuela como lugar para la formación humana a partir de la multiplicidad de saberes, eran los esclavos los encargados de llevar a los niños al gimnasio, al filósofo, al maestro de retórica y al artista. Y eran estos mismos hombres humildes quienes, en el camino a casa, retroalimentaban en los jóvenes lo aprendido. Desde ese momento, hasta hoy, los maestros no somos más que esclavos que llevan al niño y al joven para completar en él la humana formación, en contacto con la amplia gama de conocimientos abstractos, experimentales, físicos y estéticos. Cuestión esta que, en contados casos, asumen los padres de familia quienes hoy, en el encierro, saben de la necesidad de un profesor que les entretenga en algo a sus muchachos.

Ese esclavo digno, al que el antiguo griego confiaba la educación de su hijo y que por ello ocupaba un lugar respetuoso en la organización de su casa, hoy se encuentra deformado bajo el peso de la burocratización de los sistemas educativos estatales, que alineados con las políticas macroeconómicas de la lógica del mercado, pretenden hacer de nuestros colegios y universidades enormes fábricas de mano de obra barata y, por tanto, de potenciales usuarios de bienes de consumo que llegan de la mano de créditos bancarios. Por ello, nuestras instituciones educativas se parecen más a las industrias de las que da cuenta Dickens en sus novelas, en las que los informes sobre competencias, objetivos, indicadores, resultados de pruebas externas y demás engordan las estadísticas de quienes, tras sus escritorios, supervisan el funcionamiento de las fábricas ‘pedagógicas’ de la máquina capitalista.

Y aquí estamos, en este momento de la historia, resguardados tras las trincheras de nuestras pantallas, tratando de hacerle frente a la necesidad de educación que demandan nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Sin embargo, hay un elemento doble que marca la diferencia: la consciencia y la conciencia. Una consciencia despierta a entender que, en medio de todas las carencias, necesitamos más que nunca de una formación humanista que nos despierte del letargo en el que dormimos bajo las cortinas de humo de las mentiras oficiales y aquellas que campean por el mundo digital; y una conciencia moral que nos permita tomar postura crítica ante el todo vale y el nada importa. Una consciencia y una conciencia que, desde una educación humana, nos permitan comprender el estado del mundo pandémico que nos tocó en suerte. Así, lograremos completar la frase de Camus, quien afirmaba que el mejor modo de entender una sociedad era averiguar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella. Yo le agregaría: cómo nos educamos en ella.

  



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