Domingo, 23 Sep,2018

En profundidad / SEP 03 2018 / Hace 19 Dias

El DAS ayudó a matar a Jaime Garzón

La Terraza como organización criminal nunca existió, solo la integraba el negro Elkin Mena y tres pistoleros, que contrataban delincuentes para hacerle trabajos a narcos, paras y guerrilleros.

El DAS ayudó a matar a Jaime Garzón

Después de 19 años del asesinato de Garzón, condenaron a José Miguel Narváez.

Después de 19 años del asesinato del humorista Jaime Garzón Forero, el martes 14 de agosto de 2018 un juez de Paloquemao condenó a 30 años de prisión, en primera instancia como determinador, al exsubdirector operativo del suprimido Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, José Miguel Narváez. (En contexto: Condenan a 30 años de cárcel a José Miguel Narváez por el homicidio de Jaime Garzón)

Narváez convenció al confeso paramilitar Carlos Castaño Gil que Garzón era militante de la guerrilla infiltrado en la televisión, se había quedado con parte del millonario rescate en la liberación de un empresario y criticaba en televisión a las autodefensas autoras de genocidios como el del Aro, perpetrado por Salvatore Mancuso entre el 22 y el 31 de octubre de 1997.

Los extraditados Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, Fernando Murillo Bejarano, don Berna, y Mancuso, declararon para demostrar la relación de Narváez y Castaño. El procurador Alejandro Ordóñez cuestionó las pruebas y pidió la libertad inmediata del hoy sentenciado.

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Garzón nació en octubre 24 de 1960 en la capital de la República, donde fue acribillado el 13 de agosto de 1999 víctima de un comando dirigido por Carlos Castaño Gil, así se lee la sentencia de 90 páginas, pero él lo negó en la página 296 del texto de sus memorias publicadas en editorial Oveja Negra.

En el libraco Mi confesión, con prólogo de la comunicadora colombo española Salud Hernández Mora, que vio la luz en diciembre de 2001, garrapateado con la asesoría del periodista Mauricio Aranguren Molina, narra su vida bandolera, el combate a la guerrilla, sus reuniones con Horacio Serpa, Álvaro Gómez Hurtado, monseñor Isaías Duarte Cancino y en general de qué manera creía proteger al Estado colombiano.

El texto es descarnado, descriptivo cuando narra sus salvadas, crueles, teñidas de sangre. Carlos nació en Amalfi, Antioquia, en 1966 en un hogar conservador laureanista; a los 16 años ejecutó el primer guerrillero hermano de uno de los que acribillaron a su padre Antonio de Jesús Castaño González, llamado a la vida en Támesis 1922. “Recuerdo como si fuera hoy que le grité: no creas que me vas a acribillar a traición y amarrado como a mi padre, hijueputa… ahí le metí tres tiros en la cabeza”.

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Asegura que la autodefensa es hija legítima de la guerrilla. En 1983, cuando contaba 17 años, hizo un curso de contrainsurgencia en Israel y se autocalifica guerrillero de derecha. Acepta que despachó a 50 militantes del partido Unión Patriótica y que el resto los perforaron José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, y Víctor Manuel Carranza Niño. En el texto se ve una foto a color donde un cura le da la comunión en su matrimonio en 2001, con la encantadora modelo Kenia Susana Gómez Toro, de 18 años, quien lució un traje diseñado por Silvia Tcherassi.

Sintetizo su libro de memorias pero no lo comento, ni amplío. Tomaba whisky, escucha canciones de Gian Franco Pagliaro y Serrat, con petulancia chicanea que trotaba 15 kilómetros todos los días. Está de acuerdo con el escritor maldito José María Vargas Vila en que lo triste de la derrota no es padecerla sino merecerla. La perdición del M-19 fueron los sobornos de Pablo Escobar, quien por querer la presidencia mandó a tirotear al candidato Carlos Pizarro Leongómez, que cobró dos millones de dólares para eliminar al presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía y quemar los expedientes de la extradición.

“Colombia tiene un vergonzoso aparato judicial, corrupto, la justicia no existe, pues fiscales y jueces actúan por dinero o presionados políticamente”. El Mexicano sicarió al exmagistrado Jaime Pardo Leal y al parlamentario de Puerto Boyacá, Pablo Emilio Guarín; se arrepiente de no haber impedido la muerte del candidato presidencial Bernardo Jaramillo Ossa en 1990. Acepta que recibió clases en Colombia del coronel israelí Yair Klein en el arte de suprimir seres humanos. Confiesa que conformó la banda ‘Los Pepes’ a fin de combatir a Pablo Escobar. Aclara que le pasó información al director de la Policía, el veleño Rosso José Serrano Cadena, para que abatiera al tercer hombre del cartel de Cali, José Santacruz Londoño. Estaba seguro que el presidente de la República en 2002 sería Horacio Serpa.

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Liberó a la senadora Piedad Córdoba gracias a la mediación de Álvaro Gómez Hurtado, a quien atendió muy bien en la selva del Nudo de Paramillo, en cambio a Serpa lo recibió “en una ramada vulgar”. Se mostraba amargado al saber que algunas veces se dejó sobornar por los narcos. El gobierno le dio trato de puta, de amante que tiene por allá escondida y solo visita cuando la necesita.

“El 13 de agosto de 1994 dirigí personalmente el operativo para tirotear al senador comunista Manuel Cepeda Vargas en Bogotá, en respuesta al cobarde asesinato del general del Ejército, Carlos Julio Gil Colorado, perpetrado con carro bomba por los buitres de las Farc”. Refiere que el jefe guerrillero Guillermo León Sáenz Vargas, apodado Alfonso Cano, ordenó agujerear al exconsejero de Paz del gobierno Samper, Chucho Bejarano, y al gerente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC, José Raimundo Sojo Zambrano. Opina que Tirofijo es un liberal a quien el comunismo le hizo mucho daño y define el marxismo como una gran mentira, un triste recuerdo histórico que duró menos de un siglo.

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La Terraza’ como organización criminal nunca existió, solo la integraba el negro Elkin Mena y tres pistoleros, que contrataban delincuentes para hacerle trabajos a narcos, paras y guerrilleros. Dijo saber quién asesinó a Garzón pero nada tiene que ver con ese muerto —pág. 296—. Si fuera por Nicolás Rodríguez Bautista, alias ‘Gabino, la paz con el Eln se haría en 8 días, porque el problema lo pone el subcomandante Antonio García. Rememora que en Urabá baleó a 300 personas “que eran guerrilleros de noche y población civil de día”.

Cuando los alzados en armas le secuestraron a un ser querido para exigirle cinco millones de dólares, él hizo lo mismo con parientes de Alfonso Cano, Pablo Catatumbo, Iván Márquez y Simón Trinidad. “Aquí a toda la gente de derecha la estarían matando sino fuera porque las Farc saben que cuando cometen esos atropellos alguien les responde”. El hombre del overol Orlando Henao Montoya, jefe del cartel del norte del Valle, secuestró a Juan Carlos Gaviria Trujillo, creó el grupo Jega y puso de figurón al famoso Hugo Antonio Toro, comandante Bochica, y el exfiscal Alfonso Gómez Méndez es un abogado muy singular que se mueve al estilo de los jesuitas, posa de sacrificado pero vive como oligarca.

Intencionalmente falló el rocketazo cuando atentó contra la concejal izquierdista Aída Abella, porque no le gusta matar imbéciles que el enemigo muestra como mártires y luego capitaliza políticamente.

Finaliza meditando que igual a las Farc se siente una ficha en la partida de ajedrez que juegan Estados Unidos y la Unión Europea, aspiraba que siendo un alfil no lo cambien por un peón. Carlos recibió plomo en abril de 2004 —porque intentó convertirse en un sapo— por orden de su propio hermano Vicente, iba a confesar, colaborar y negociar su entrega a la DEA; apretó el gatillo su yerno, el ágil ejecutor alias Monoleche.

La sentencia contra el exsubdirector operativo explica que “para la época de los hechos, Narváez era profesor de una escuela militar, y después de casi seis años del homicidio de Garzón fue nombrado en el DAS durante el gobierno de un expresidente —2002-2010— hoy citado a indagatoria por soborno y fraude procesal.


Gabino González
Especial para LA CRÓNICA


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