Lunes, 23 Sep,2019
En profundidad / AGO 25 2019 / hace 4 semanas

El “laboratorio de Dios”, en llamas

Todavía se espera el cataclismo ambiental, precedido por la transformación de la selva en tierra rojiza y estéril.

El “laboratorio de Dios”,  en llamas

Angustia, impotencia, nostalgia y desesperación. Estos y más sentimientos se apoderan en estos días de los seres humanos, ante la tragedia de la Amazonia, ese monumental ecosistema, el último del planeta que cumple un papel importante en el equilibrio ecológico, como regulador del calentamiento global.

Las llamas consumen ese “laboratorio de Dios”, como se nombra a la selva amazónica en el avance promocional de la película El sendero de la anaconda, que se proyecta actualmente en diferentes  salas de cine de las principales ciudades de Colombia. Lo que han visto los colombianos en el desarrollo de esta cinta —o en El abrazo de la serpiente y en Magia salvaje— es una versión paradisíaca de la Amazonia, con sus paisajes, la selva extensa como tapete verde y sus ríos serpenteantes.

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Pero la otra realidad —la apocalíptica— de la Amazonia ya se ha mostrado ante todos, como la antesala del ‘juicio final’, si seguimos utilizando el lenguaje bíblico.  Tampoco en las películas citadas alcanza a verse el drama humano que sufren los pueblos indígenas desde hace siglos.  Los incendios y la deforestación, provocados desde el interés del narcotráfico, el capitalismo salvaje y los intentos voraces de muchos gobernantes, no son la única causa de tal destrucción. Colombia, en su porción amazónica, ha mostrado un desprecio a los habitantes naturales de estos 483.000 kilómetros cuadrados, que es lo que constituye en extensión la Amazonia de Colombia.

El sendero de la anaconda, o la tierra de los “herederos del jaguar y la anaconda”, como titularon en su libro a esa región, los antropólogos Nina de Friedemann y Jaime Arocha, es y ha significado la lejanía, el olvido y la ignominia.



 

La lista es larga, en cuanto a los atentados a la integridad de los pueblos de la cuenca amazónica colombiana.  A finales del siglo XIX, los cronistas nos cuentan cómo las misiones religiosas vulneraban su círculo de creencias e irrespetaban los rituales o banalizaban sus mitos.  Lo alcanzó a mostrar la película El abrazo de la serpiente en la escena de la conversión alienada de un grupo indígena por parte de misioneros.  En las primeras décadas del siglo XX, las caucherías de la Casa Arana torturaron, esclavizaron, mutilaron y asesinaron grupos étnicos, como los andoque y los huitoto. Las bonanzas de pieles, de coca y de minerales, desde los años 30 del siglo XX, han sido lesivas para el medio ambiente amazónico, pero también desastrosas para la supervivencia de los pueblos originarios.

La pérdida del territorio de los nukak makú, su segura extinción y el aumento de la frontera agrícola en los parques naturales del piedemonte, como ocurre en Chibiriquete, con las quemas de su periferia, son los síntomas que aquí, en Colombia, la calamidad humana y ambiental puede crecer y expandirse.

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A ello debemos añadirle el avance del narcotráfico, el aumento de los cultivos de coca, la explotación del oro en la frontera con Brasil y  Venezuela, en los departamentos de Guainía y Vaupés, el peligro de la depredación de la biodiversidad de regiones poco conocidas como es la cuenca del río Apaporis, la contaminación de los ríos con mercurio, así como la actuación de los grupos residuales de las Farc en esos sitios donde se explota oro y coltán. El resultado es tan grave como el que arrojan en este momento los incendios de muchos frentes boscosos en los países amazónicos.

La debacle del Amazonas ha sido presagiada de muchas formas.  Desde los tiempos más remotos se ha incomprendido totalmente la manera de manejar la selva.  Uno de aquellos errores consiste en la tala indiscriminada de árboles, que los colonos asumen con total irresponsabilidad.  Los indígenas siempre manejaron —y manejan aún— el sistema de agricultura rotatoria, que consiste ello en tumbar solo una ínfima porción para formar la chagra, donde cultivan sus productos de pan coger.  Cuando el colono, el industrial, el dirigente o el mandatario como Bolsonaro, en su rústica comprensión, derrumban árboles o promueven la tala extendida, están atentando contra la integridad de un ecosistema frágil. Trasladan el concepto de potrerización para el ganado a la región colonizada, que no cuenta con la cantidad de nutrientes y que, al ser expuesta a las lluvias que lavan la superficie, o al sol canicular, reseca y convierte en estéril ese antiguo manto verde que era la selva.

El desastre ocurrirá irremediablemente, si nos negamos a entender la concepción del mundo por parte de los indígenas, los únicos que han sabido manejar con profunda sabiduría el equilibrio que ha sostenido al medio selvático desde hace siglos.

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Nunca pensé que esto llegase.  Desde que arribé en 1983, por primera vez a la región amazónica del Vaupés —en permanencia de trabajo profesional— encontré mensajes de urgencia que la selva y las comunidades indígenas envían al mundo sobre la catástrofe que aún se puede prevenir en Colombia.

También estuve en Leticia en el año 1989 y a su llegada al aeropuerto internacional Vásquez Cobo, pude evidenciar la selva arrasada, en proceso de potrerización, en territorio del Brasil.  Esto muestra que en el país vecino, desde hace muchas décadas, importa poco la integridad del ambiente boscoso.

Pero las experiencias lamentables más inolvidables las viví en Sónaña, una pequeña población ribereña del río Pirá Paraná, al sur del Vaupés en 1994, y en Mitú, capital de ese departamento, en 2018.  Antes de despedirme de los habitantes de aquella lejana comunidad, el hijo de su payé —nombre dado al chamán—, me manifestó algo que empezaba a mostrar la penumbra de los jóvenes: “Me resisto a tomar yagé, no quiero seguir la tradición”. Que esto lo pronuncie alguien de una pequeña aldea que hoy hace parte de uno de los patrimonios de la humanidad que tiene Colombia, inscrito en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Unesco, como los chamanes Jaguares de Yuruparí, es signo de la crisis de identidad que ya comenzaba a verse en las futuras generaciones.

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En diciembre de 2018, 14 años después, comprobé algo aterrador.  La vulneración de los sitios sagrados, donde se encuentra la piedra ancestral, es la principal causa del más alto índice de suicidios de jóvenes indígenas en Colombia. Se reporta allí, en el Vaupés, la región selvática donde todavía los incendios no consumen —por ahora— el bosque tropical. Pero donde la desesperanza de los jóvenes nativos se muere poco a poco por la crisis ambiental y por los males que rodean a estas sociedades. Desde corrupción gubernamental, pasando por desintegración social, desplazamiento forzado, narcotráfico y explotación inmisericorde de recursos minerales y forestales.

Todavía se espera el cataclismo ambiental, precedido por la transformación de la selva en tierra rojiza y estéril, cuando otros recursos como el uranio y el petróleo, y existentes en su territorio, la selva vea extraer en su estocada final.
 

Roberto Restrepo Ramírez 
Especial para LA CRÓNICA


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