Inicio / Salud / MAY 18 2020 / 1 mes antes

En tiempos de COVID-19: ¿favorece el placebo a las pseudociencias?

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Autor : N+1

En tiempos de COVID-19: ¿favorece el placebo a las pseudociencias?

En países como los latinoamericanos, donde hay fuertes influencias culturales relacionadas a saberes ancestrales, es importante que las políticas públicas de ciencia occidentales y la práctica científica sepan tender puentes para estudiar, integrar o filtrar estos saberes con el método científico.

El efecto placebo fue desvirtuado desde que se empezó a investigar. ¿Cómo pasó y qué podemos hacer para prevenir que malos individuos tomen ventaja de él, especialmente en tiempos de pandemia?

En la tarea de convencer a todos, poblaciones, empresas, y gobiernos, que el método científico es la mejor vía para a encontrar respuestas certeras a los problemas de la humanidad, nos hemos encontrado con un impensado enemigo: el efecto placebo. Y consecuentemente, el campo más golpeado por quienes desean aprovecharse de la inocencia o desesperación de otros, es el de la salud. Pasa hoy durante la pandemia, y pasó siempre.

Pongámonos en contexto: solo a partir de la aparición de la COVID–19 en el mundo, autoridades y médicos irresponsables no tardaron en recomendar medicamentos y presuntos tratamientos extraños que no pasaron por los mínimos filtros científicos.

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Placebo

El placebo, sin embargo, nació con la idea de ser un aliado, no un infiltrado del enemigo. La Real Academia Española plantea que el placebo es una “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción”.

Para llegar a este concepto, la palabra pasó por un proceso etimológico. Originaria del latín, refería a “agradecer” o “complacer”. Aunque el uso del vocablo placebo en un contexto médico para describir los tratamientos inocuos que se administraban a los pacientes, comenzó hacia finales del siglo XVIII, momento en el que se reconoció que muchas sustancias que se usaban para curar las enfermedades no tenían tales efectos.

Cabe decir que antes de la llegada de la medicina experimental, gran cantidad de los tratamientos eran placebo, y a pesar de que los médicos ya se daban cuenta de ello, no reconocían el hecho. La verdad es que carecían de medicinas con la variedad actual y si revelaban lo que sabían, irían en contra de su propia reputación.

El héroe que permitió a la humanidad comprender el efecto y utilizarlo de forma eficiente fue Henry Beecher, quien demostró en 1955 que los pacientes respondían a los placebos definiendo a este como: un falso tratamiento que sirve como instrumento psicológico útil para ciertas afecciones mentales; un recurso experimental para distinguir un efecto medicamentoso real de una sugestión; y una herramienta para estudiar los mecanismos de acción farmacológicos.
 

Efecto placebo

Ahora, más interesante aún es la definición del efecto placebo: “la modificación, muchas veces fisiológicamente demostrable, que se produce en el organismo, como resultado del estímulo psicológico inducido por la administración de una sustancia inerte, de un fármaco o de un tratamiento”.

Lo fascinante aquí es que el efecto placebo no se produce exclusivamente de un placebo en forma de una pastilla, sino que también puede usarse junto a un fármaco, un tratamiento, una fisioterapia o hasta una cirugía.

Estudios sobre él han descubierto, como consecuencia, cambios objetivos en la presión arterial, la colesterolemia, la temperatura y la frecuencia cardíaca. Además, también se puede traducir en cambios fisiológicos, como la liberación de endorfinas en la reducción del dolor, aumento de los niveles de dopamina endógena en pacientes con enfermedad de Parkinson y cambios en el tono de la musculatura bronquial y en el valor de flujo espiratorio máximo en asmáticos.

Lo único ‘malo’ de los estudios de Beecher fue que…irónicamente, también permitieron que comerciantes de prácticas o tratamientos pseudocientíficos aprovechasen la ciencia del placebo, para darle potencia a sus argumentos.
 

Cómo el placebo favorece la pseudociencia

El problema, describe Fabrizzio Benedetti, es que “cuando la ciencia dura comenzó a investigar los efectos del placebo, inconscientemente produjo un cambio en el pensamiento de los estafadores”. Ahora, ellos son conscientes de que sus intervenciones basadas en creencias y no en experimentos revisados pueden funcionar a través del efecto placebo.

La misma ciencia dura que negó bases científicas para terapias no convencionales, ahora certifica que el placebo tiene bases científicas. Esto, a su vez, trae como consecuencia que “estos charlatanes no estén interesados en demostrar que sus pseudointervenciones funcionen, más bien, justifican su uso sobre la base de que hay posibilidad de que estas intervenciones puedan inducir fuertes efectos placebo”.
 

Desambiguando

Actualmente, todos debemos ser conscientes que todo aquel que venda curas que suenen a milagrosas a partir de terapias específicas, está mintiendo. El investigador italiano aclara, en primer lugar, que “el placebo no cura, sino que a veces puede mejorar la calidad de vida”.

Muchos han llegado al extremo de afirmar que se pueden curar muchas enfermedades con placebos. Sin embargo, la ciencia rigurosa solo probó que estos pueden reducir síntomas como el dolor y la rigidez muscular en el Parkinson. Lo que no quiere decir que la enfermedad sea afectada. Las neuronas siguen deteriorándose pese a la sensación de mejora temporal.

Lo segundo es que no funciona igual con todas las enfermedades: una cosa es el cáncer, otra la depresión, y otra es una infección virológica o bacteriológica.

“El componente psicológico puede ser modulado por los placebos, pero estos no pueden hacer nada contra el cáncer ni matar bacterias de la neumonía”.

Finalmente, Benedetti pide no confundir el placebo y las remisiones espontáneas. El placebo generalmente fue estudiado en lapsos de horas o días; las remisiones espontáneas tienen consecuencias duraderas, y fueron estudiadas tan poco —y su incidencia es tan baja— que hasta hay quienes piensan que se deben a diagnósticos erróneos.

Es importante que la sociedad comprenda que para hacerse diagnósticos debe acudir a la ciencia y la medicina general, y que un diagnóstico médico solo lo puede hacer un médico, y no un charlatán, ni un chamán ni organizaciones no médicas.

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¿Dónde está el peligro?

Es interesante cómo el científico cuestiona si investigar el placebo es bueno o malo, por el hecho de que este aparentemente haya dado más argumentos a los defensores de las pseudociencias para mejorar sus discursos.

“¿Investigar el placebo potencia las pseudociencias?” se cuestiona.

Me animo a decir que este el punto más flaco del artículo de Benedetti, en el que pretende usar un oscurantismo para combatir otro. Pedir o sugerir que se investigue menos es como pedir que deje de llover. A ello, él mismo se responde:

“La propia comunidad médica debe ser honesta sobre la eficacia real de muchos tratamientos farmacológicos y no farmacológicos, reconociendo que algunos de ellos son útiles, mientras que otros no lo son”.

La petición podría ir en contra de intereses de la industria farmacéutica, un sector que conviene fiscalizar con cercanía.  ¿Cómo? Precisamente, con más ciencia y mecanismos reguladores reforzados de profesionales de la salud reconocidos y probos.

Además, me permito complementar con que todo el cuerpo médico debe trabajar de forma individual, colectiva y sistémica para ser sensible y cordial, puesto que los pacientes no son solo cuerpos, sino también personas con sentimientos y emociones. Una buena relación médico paciente hará que los últimos, de haber caído en charlatanerías, retomen la confianza en la ciencia o lo científico.

Finalmente, en países como los latinoamericanos, donde hay fuertes influencias culturales relacionadas a saberes ancestrales, es importante que las políticas públicas de ciencia occidentales y la práctica científica sepan tender puentes para estudiar, integrar o filtrar estos saberes con el método científico, de modo que se puedan mantener las prácticas que pasen aprobatoriamente las fases experimentales de rigor —incluyendo o no placebo—, y las que no, descartarlas pedagógicamente.


Daniel Meza
Este artículo fue publicado en la revista NeoSkepsis / N+1.



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