Martes, 19 Nov,2019
En profundidad / JUN 16 2019 / hace 5 meses

En un día del padre ausente

Los secretos de sus diarios también abarcan el afán lector de su dueño, lo mismo que el interés en mantenerse informado por las noticias nacionales e internacionales.

En un día del padre ausente

En la primera página, cual adolescente disciplinado, colocó en la agenda de pasta verde recién comprada la siguiente leyenda: “pertenece a Elías Sierra. Hecho en el centro del jubilado en curso realizado por don Aldemar Jaramillo. Comenzó en octubre de 1985, terminó en noviembre de 1985. Décimo piso Caja Agraria, Armenia Quindío”. 

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Solo quedó aquel título, porque la agenda —hoy gastada y con evidencias de uso constante— se convirtió en su diario y confidente. Todas sus hojas están atiborradas de anotaciones, versos o apuntes curiosos, y se había convertido en la continuación de otras más pequeñas cuyas páginas, ya carcomidas de comején, Elías había comenzado a llenar el 13 de agosto de 1963, cuando nació su primer hijo Carlos Alberto. Transcribió el acta de la Notaría Segunda de Armenia, del abogado Gonzalo Toro Patiño, donde rezan los nombres de su esposa, Graciela Infante, de los abuelos paternos del niño, Demetrio y María Teresa y de los maternos Paulino y María de los Ángeles Flórez. En ese momento, Elías tenía la edad de Cristo, 33 años, y su escritura lucía clara y firme, la misma que pretendía irradiar en los versos que estampó en otra de sus páginas, seguramente dirigidos a su consorte Graciela: “Cuando en tus horas de goce placentero un soplo abrasador queme tu frente, no culpes a los céfiros ligeros, que es un suspiro del amor ausente”. En esa página colocó para siempre la tarjeta de invitación a su matrimonio, que se había realizado el 10 de agosto de 1962.

En el día del padre de este año 2019, sus hijos, nietos y familiares podrán recordarlo leyendo las viejas páginas de sus diarios, porque él partió a la eternidad el 1º de noviembre de 2018, antes de cumplir 89 años. Era un roble en su consistencia y fortaleza, pero la enfermedad había minado sus fuerzas en el último año

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Los diarios sencillos se convirtieron en las guías cotidianas de su vida y los guardó con celo, cual más precioso bien de la intimidad. No hay orden cronológico en sus escritos, pero ellos reflejan todo lo que un ser humano quiere y pretende forjar en su proyecto de existencia. Tres grupos de apuntes muestran a un hombre reservado en su relación familiar, a un humilde trabajador y a un alegre bailarín en la década de los 80 y 90 del siglo XX, cuando con orgullo perteneció al grupo de danzas folclóricas de la tercera edad. Así lo demuestran las certificaciones de una institución que funcionó en Armenia a instancias de la gobernación del Quindío, llamada Instituto Popular de Cultura Euclides Jaramillo Arango, donde también aparece la aprobación de un curso de guitarra.

La época danzante fue la más recordada de Elías, ya disfrutando su jubilación, porque también se convirtió en la de los muchos viajes realizados a diferentes lugares de Colombia, cuyos pormenores él describió con detalle en su último diario, acompañado de las escarapelas de los eventos culturales en los que participaba. Una de ellas, la más significativa, fue la de su presentación en el Concurso Crea al Encuentro de la Cultura Colombiana en Bogotá, a cargo del entonces Colcultura. Tuvo el tino de guardarlos como el recuerdo más preciado, y muestra de ello es que todavía conservaba dentro del plástico los desprendibles adhesivos del desayuno, almuerzo, refrigerio y comida del hotel donde se hospedó la delegación del Quindío, desde el 6 hasta el 11 de agosto de 1995.
 


 


 

Detalles que hoy podrían considerarse triviales, y que lamentablemente son arrojados al cesto de la basura, cuando mueren estos viejos que los poseen o los han guardado con respeto y cariño. Sus familias de ahora, descendientes de las generaciones de la virtualidad, se desprenden de tales documentos con facilidad o con desprecio, si bien ellos deberían destinarse a los museos de la cotidianidad, los que podrían constituirse en todos los municipios de Colombia, para la guarda de la memoria local.

Los secretos de sus diarios también abarcan el afán lector de su dueño, lo mismo que el interés en mantenerse informado por las noticias nacionales e internacionales. También están allí, en sus páginas, los registros de paseos, visitas o sucesos de su familia, que representaron para el viejo Elías el mayor de sus tesoros, y que quiso plasmar como testimonios de su paso por este mundo. Desde los apuntes sobre el “terremoto del 23 de noviembre de 1979, a las 6 y 45 p. m., que duró 4 minutos” y la “muerte del pájaro arrendajo el 15 de agosto de 1989”, pasando por fórmulas de curanderismo o medicina natural de muchos días, la “siembra de yuca chirosa en el lote de Elías, en la vaga, el 8 de septiembre de 1993”, las notas cortas sobre otros países, las noticias sobre asesinatos de personajes nacionales y hasta el lamentable y lacónico escrito que su letra —ya cansada— registra con el título “Muerte de Chela”, lo cual anotó entre el 27 y 28 de Abril de 1997, cuando falleció su esposa y madre de sus hijos Carlos Alberto, María Teresa, Marien y Claudia Patricia

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No podían faltar, dentro de más de cien papeles sueltos y recortes de periódicos que engrosan considerablemente las páginas de sus diarios, algunas fotografías familiares. Una de ellas corresponde a su casa modesta del norte de Armenia, en la vía que conduce a Pereira, y donde se aprecia otro de sus orgullos, el conjunto de “pinos educados”, que sus manos de jardinero podaba con frecuencia. Ello también le permitió ocuparse como podador de pino, un oficio poco frecuente, que registró en varias páginas de los diarios: “El 5 y 6 de noviembre de 1991 se arreglaron los pinos en La Bella”. “El 5 de agosto de 1993 se podaron los pinos de El Limonar”. “El 4 de septiembre de 1993 se podó el pino del Tairona”. Los días de corte vegetal eran tenidos en cuenta por Elías, basándose en su colección de Almanaques Bristol, que también conservaba con cuidado. En el de agosto de 1998, frente a la fecha del miércoles 12 de agosto, anotó la muerte de su hermano Francisco Sierra. 

Fue también caficultor, bombero voluntario, integrante de la Defensa Civil y empleado de Empresas Públicas de Armenia.

Una de las tarjetas familiares que conservó, de junio 16 de 1993, y enviada por su hija menor, Claudia Patricia, desde algún lugar lejano de Colombia, nos recuerda la celebración tradicional del Día del Padre en este país, que hoy ni siquiera tiene relevancia dentro de la escala de la sociedad, porque se nos ha creado la imagen del ser castigador, también dentro del imaginario de una nación que mata o desaparece a muchos hombres de familia, en medio de las confrontaciones causadas todavía por las crisis sociales. Así reza la tarjeta en su portada comercial: “En la distancia, te recuerdo papá, la sombra de tu ausencia es hoy para mí claridad fuerte de tu dulce presencia”.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial LA CRÓNICA


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