Martes, 20 Ago,2019
Región / FEB 14 2019 / hace 6 meses

Hace 10 años ardió el patrimonio más valioso de Circasia

El incendio duró 50 minutos, tiempo suficiente para que la iglesia se consumiera casi por completo.

Hace 10 años ardió el patrimonio más valioso de Circasia

Fue el incendio más llorado de la historia del Quindío. Sucedió hace diez años, en la mañana del 12 de febrero de 2009, en el municipio de Circasia. Una de sus dos joyas arquitectónicas, el templo parroquial, ardió en 50 minutos, mientras los habitantes presenciaban el lamentable espectáculo.

Los incendios han destruido muchas estructuras arquitectónicas del Eje Cafetero, lo que ha ocurrido en el transcurso de las historias municipales. Cuando se construyeron las primeras edificaciones, a finales del siglo XIX, los temblores las desplomaron con inclemencia, pues la mayoría de ellas se habían levantado con tapias en sus dos pisos. Solo a principios del siglo XX la experiencia constructiva demostró que las casas ofrecían más seguridad si presentaban tapia en el primer piso y madera en el segundo. Esa tradición del bahareque se extendió para lograr una arquitectura sismorresistente conocida coloquialmente como ‘temblorera’.

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Solo quedaba una condición que afectaba a la madera, la humedad. Aquí fue cuando apareció la solución, un estilo llamado bahareque metálico. O sea, una cubierta para las fachadas de las construcciones, especialmente las iglesias y capillas. Así lo confirma el arquitecto Jorge Enrique Robledo en uno de sus escritos: “El bahareque metálico constituyó un paradigma regional. Así se hicieron, además, y sin mencionarlas a todas, las tres primeras iglesias de Manizales, la del cementerio de Salamina y las de Armenia, Pereira, Filandia, Circasia, Santa Rosa de Cabal, Quinchía, Anserma, Villamaría y hasta la de Tadó en el Chocó, zona de influencia caldense”.

No obstante, la solución a los desastres sísmicos con una construcción de madera que los soporta y la prevención de la humedad, el bahareque tiene todavía un enemigo insalvable, el incendio. De las iglesias mencionadas por Robledo, dos han sucumbido por el fuego, la de Quinchía y la de Circasia y una fue demolida, la de Armenia, en su plaza principal.

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La de Circasia —como las demás protegidas— fue cubierta en su fachada y en sus costados por lámina metálica importada. Esas láminas llegaron por caminos de arriería y algunas  fueron pintadas y decoradas. No solo se colocaron en las fachadas de las iglesias, pues algunas casas también fueron cubiertas. En Filandia, enseguida de la Casa del Artesano, la casa de la familia de don Gelasio Aguirre se mantiene como una supervivencia del pasado, con su lámina en buen estado.

La iglesia Nuestra Señora de las Mercedes de Circasia era una joya arquitectónica especial. La tradición oral nos ha confirmado la posible fecha de su construcción, lo que sucedió entre 1912 y 1915. Se comenta que sus carpinteros principales fueron Alejandro Valencia y Marco Mejía, dos reconocidos maestros que utilizaron las mejores maderas de roble y otras especies preciosas del bosque cercano para levantar una pequeña pero soberbia edificación. La madera valiosa fue protegida con láminas extranjeras, pero el fuego que se produjo por un corto circuito en medio de la misa de las 7:00 de la mañana de ese día, redujo a cenizas con rapidez esas fuertes y casi centenarias paredes y su planta basilical que estaba conformada por tres torres.


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Después de la tragedia solo quedaron las láminas retorcidas y tres campanas monumentales, las que habían sido donadas por Inglaterra y Suiza y que llegaron por vía marítima, junto con otros elementos religiosos para otros templos de la región. Una de las tres campanas quedó intacta. Un incendio pavoroso que se conserva, como una película de terror, en la mente de los quindianos, que todavía no valoramos por no tener entre nosotros la acción de una pedagogía del desastre. Ello podría evitar que las otras iglesias quindianas de bahareque metálico, como la de Filandia y la capilla del Sagrado Corazón de Jesús, en el mismo municipio, corran igual suerte.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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