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Javier Huérfano Torres: uno deja la boca sin posibilidad de besos

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Javier Huérfano Torres: uno deja la boca sin posibilidad de besos

A raíz de la muerte del artista calarqueño, varios amigos y promotores de las letras en el departamento se han pronunciado en un sentido adiós.
Por: Carlos Fernando Gutiérrez, director de Renata Quindío


Cuando un poeta fallece, el mundo se queda un poco mudo. Quizá nadie recuerde su voz y sus versos. La fatalidad de nuestros tiempos es la corta y breve memoria para lo trascendental y bello. Los poetas anónimos escriben en el agua, escriben en el viento. Sus versos sólo llegan a unos cuantos porque nadie les publica, nadie les vende o les compra sus libros y hojas, entonces se quedan hablando solos o recitando a la noche. Algún día mueren y sus ecos, casi silenciosos, llegan hasta nosotros para recordarnos sus poemas guardados en ediciones rústicas que nunca terminamos de leer. Como un breve ritual de despedida y sagrado adiós, entonamos un verso para que su olvido no sea tan definitivo.

Javier Huérfano Torres, nació en Calarcá el 24 de agosto de 1959 y falleció en los primeros días del mes de febrero de este año. Publicó los poemarios: Visiones, 1984; Niñez del amor, 1985; Presencia de las sombras, 1985; Uno está en el día como dormidos, 1986; Ruega entonces que el camino sea largo, 1996; Aquí estoy en mi alto lugar, 1997; El olvido no tiene palabra, 1998; A las manos les reservo, 2002; La luna de Calarcá la teníamos alquilada, 2002; Animal de vuelo quiero ser, 2002; La noche cómo pájaro viudo, 2004; Quién dijo que la oscuridad no es otra luz, 2006.

Este representante de la poesía más actual del Quindío, tenía su residencia en Bogotá, hace más de 25 años. Allí “desde su isla de treinta y cinco metros cuadrados al sur de la amable, y tan vecina a las estrellas, Bogotá, D.C” le jugó a la poesía y la pintura, sus grandes pasiones. En compañía de “su amada tribu: Yolanda, Fernando, Joan Laura y Santiago”, vivió y sobrevivió del oficio de la palabra.

La fatalidad de nuestras provincias es el olvido de sus artistas, de sus voces y herencias mayores. Con el silencio de Javier Huérfano se quedan sin conocer un poeta vital y existencial en su voz poética. Su palabra literaria estuvo llena de aconteceres personales y huellas dolorosas. Su lucha personal contra la pobreza, el olvido, la incomprensión y la falta de reconocimiento de su obra en nuestra región, lo llevaron a un silencio y un alejamiento triste de su terruño. “Amo a pesar de mis iniciales derrotas que desde niño temeroso y asmático poco supo de afectos, pero el amor, la vida, la poesía existen en el mundo”.

Luis Vidales, creyente y entusiasta de su poesía, siempre animó a Javier Huérfano en sus bregas literarias. En su prólogo del libro Visiones trató de descifrar los signos de sus versos: “Esta poesía, hecha por sustracción de materia, se queda atrás para el reflejo siguiente: En ocasiones, debido a su presupuesto de cuatro o cinco versículos, parece que no va a decir nada, pero se erige en manifestaciones comunicativas hondas de la vida”.

Javier Fue un luchador de la palabra, vivió y sobrevivió de ella. Fue su gran motivo de vida. Se enfrentó solo a la gran urbe con sus folletos y libros, garabateados de versos e imágenes y desde ellos vivió entre casas de tierra y ladrillos crudos, mientras construía sueños y bibliotecas en Ciudad Bolívar.


Anticipando su lucha frente a un cáncer terminal, escribió en su libro Animal de vuelo quiero ser, de 2002 este poema:


Uno se muere
Se muere uno
Con la complacencia de los muros
Todos los días,
Luces encadenadas giran, giran y giran.
Vientos coquetean a los ventanales fríos.

Afuera marchan las palomas
Sin importar el reguero de hombres.
Se muere todo con una muerte propia.
De manos piadosas está hecha la oscuridad
Y gime en el sueño roto una pesadilla, el dolor de un peso en la espalda
No es más que una tonelada de humillaciones.

Uno se va apagando.
Uno deja la boca sin posibilidad de besos,
Así se va la noche con sus raíces al infinito,
Sin luz que pueda sacudir la piel.
Uno se muere
Sólo y siempre muro.


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