Inicio / Al descubierto / MAR 24 2020 / 3 meses antes

José, el ‘Ángel’ de los acordeones en el Quindío

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

José, el ‘Ángel’ de los acordeones en el Quindío

El acordeonero José Ángel Beltrán Rey vive en un inquilinato del centro de Armenia.

Es el único técnico de ese instrumento que hay en el departamento

 

José Ángel Beltrán Rey llegó al Quindío hace 30 años. Su destino era Pereira, pero se pasó y terminó quedándose en Armenia, en donde logró ‘volarse’ de ese complejo laberinto, que es el alcoholismo, que lo estaba matando lentamente.

Para él, literalmente esta fue su ‘Ciudad Milagro’, porque acá volvió a nacer. Hace 70 años nació en Piedecuesta, Santander, donde aprendió a tocar el acordeón y muchos otros instrumentos musicales empíricamente.

Se ha ganado la vida dictando clases de acordeón, bajo, guitarra y piano. También tiene un taller en el que repara todos esos instrumentos y, asegura, que es el único técnico de acordeones que hay en el departamento. Este curtido maestro de la música compartió con LA CRÓNICA sus historias musicales y un poco de su vida.

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¿Cuándo empezó su gusto por la música?
Desde que tenía 10 años admiraba mucho a los músicos mayores que tocaban en esa época. Uno de niño tiene muchas ilusiones. El primer reloj que tuve lo cambié por un acordeón. Recuerdo mucho que la persona me preguntó: ¿Su mamá si lo deja cambiar? Le dije: Claro, no ve que el reloj es mío. En ese momento tenía 15 años. Son cosas que uno no se explica, a mí siempre me gustó el acordeón, aunque admiraba a los músicos de cuerda.

Siendo usted de Piedecuesta, Santander, ¿por qué le nació ese amor por el acordeón, que es más de la cultura costeña de los vallenatos?
De mi familia nadie tuvo inclinación por tocar el acordeón, pero allá existían unos señores que eran alfareros, trabajaban con el barro haciendo ladrillos, tejas y otros productos. Entre ellos se prestaban un acordeón, pero era muy raro ver alguno en ese tiempo.

¿Cómo aprendió a tocarlo?
Nadie me enseñó. El primer día que cogí el aparato  alcancé a tocar un pedacito de una canción que era muy conocida, se llama La chichera. Entonces mis hermanos se rebuscaron un taburete de cuero y lo usaron como tambor, también un termo que era corrugado y un tenedor, ahí nació el grupo instintivamente, sin tener conocimiento de nada. Tres años después tocábamos con todos los instrumentos y nos hicimos conocidos. Tuvo distintos nombres, pero el último fue Ángel Rey, que era mi seudónimo artístico.

¿Cómo terminó en el mundo del alcoholismo después de lograr cierta fama como artista?
Debido al mismo ambiente que rodea a los grupos musicales, me hice adicto al alcohol y me fui degenerando demasiado, al punto que dejé la música y cada integrante del grupo cogió su camino. Yo duré muchos años apartado de la música hasta que llegué al Quindío.

¿Cómo hizo para superar el alcoholismo?
Creo que fue Diosito, que es muy grande con uno, porque yo me quedaba en la calle dormido, tomaba alcohol desde por la mañana hasta por la noche. Ya la cirrosis me iba a matar. De esas cosas en las que terminé tomando una determinación acertada y me aparté de la bebedera. Una organización religiosa me ayudó mucho. Llegué allá por medio de una novia.

¿Por qué decidió viajar al Eje Cafetero?
Mi hermano me proporcionó un acordeón y esa noche coloqué el dedo en el mapa a ciegas, porque estaba decidido a salir del alcohol, y lo puse en Manizales. Llegué allá, pero no pude hacer nada por el frío, la topografía no me gustó. Arranqué para Pereira, pero como no conocía, pasé de largo.  Cuando le pregunté a un pasajero: Oiga señor, ¿dónde estamos? Me dijo que estábamos entrando a Armenia y como que son las cosas cuando están para darse. Venía solo, con una caja de galletas y un acordeón.


¿Usted consiguió familia acá?
Viví en unión libre en Circasia, donde estuve los primeros 10 años. Me separé y no he vuelto a enredarme con esas cosas. Cuando sucedió el terremoto, ese municipio quedó en ruinas, entonces se me dio la oportunidad de vivir en Armenia en unos cambuches que hicieron en el estadio y estuve ahí 4 años y desde entonces he estado en la capital quindiana.


¿Tuvo grupos musicales en el Quindío?
Sí, los sureños en Circasia, he estado en orquestas y en grupos vallenatos. He estado bien relacionado.

¿Es posible vivir de reparar acordeones en estas tierras?
No es mucho lo que me gano, uno tiene que ayudarse de otras cosas, pero significa el 50 % de mis ingresos. He estado afortunado y el Ministerio de Cultura tiene un plan para ayudar a músicos mayores. Me inscribí, llevé los papeles e incluso, Augusto Misse, quien es profesor de la Universidad del Quindío, me ayudó mucho con una recomendación y por eso recibo una ayuda bimestral del Estado para mayores de 62 años.


¿Usted daba clases de música?
Prácticamente estoy retirado, aunque si alguien necesita, pues le doy clases. Inclusive tengo alumnos en acordeón que me han superado mucho y ahora son profesionales, como Fredy Ibarra y un estudiante al que estando en Estados Unidos le enseñaba por el correo, pero ya está acá en Colombia. Él tuvo su grupo allá y fue muy destacado.

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¿Qué anécdota le quiere contar a los lectores?
Acá no había acordeonistas. Mi acordeón se dañaba mucho y le pregunté a un amigo sobre qué podía hacer para repararlo. Me dijo que en Dosquebradas, Risaralda, existía una persona que era profesor de acordeón y también los arreglaba. A las 6 de la mañana del día siguiente arranqué para allá. El señor me dio dos clases, me explicó lo básico para arreglarlo. Fui perfeccionando ese aprendizaje gracias a que Heriberto Torres, un músico muy conocido, me facilitaba el acordeón para que se lo arreglara y así fui practicando y cogiendo experiencia hasta el punto que ahora me puedo comparar con cualquier técnico de Bogotá o de la Costa.



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