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Ciencia y Tecnología / MAR 21 2018 / Hace 5 Meses

La ciencia detrás de la corrupción: ¿qué pasa en el cerebro de un corrupto?

¿Qué ocurre en nuestro cerebro y cuerpo cuando perpetramos un acto corrupto? ¿En qué momento pasamos del bien al mal?

La ciencia detrás de la corrupción: ¿qué pasa en el cerebro de un corrupto?

El cerebro humano es capaz de aceptar y adaptarse a la deshonestidad./ Pixabay

Cada cierto tiempo somos testigos de episodios decepcionantes, principalmente en nuestros gobiernos, en los que un funcionario público —o un grupo de ellos— es sorprendido recibiendo sobornos propuestos por otros funcionarios o empresas, con el fin de favorecer intereses individuales en desmedro del bien común y las normas éticas que, menospreciadas, sobreviven en las olvidadas escrituras de nuestras legislaciones. Los casos son innumerables: Lava Jato (que pronto se volverá una serie de Netflix), el Fifa-Gate, el caso Watergate, el Dieselgate de Wolkswagen, los Panama Papers, Enron, funcionarios que se enriquecen con obras públicas a niveles nacionales, transfuguismos políticos, desvíos de recursos, lavados de dinero, y la lista no acaba.

Las sociedades, a través de sus especialistas y medios de comunicación, se esmeran en explicar tales acontecimientos apelando al tema ético, y muchas veces social y político. Es, sin embargo, mucho más complicado de lo que pareciera. ¿Es la corrupción una característica inherente a la condición humana? ¿O es algo socialmente construido gracias al entorno que nos rodea? ¿Qué ocurre en nuestro cerebro y cuerpo cuando perpetramos un acto corrupto? ¿En qué momento pasamos del bien al mal? Lo que dicen las distintas disciplinas, no solo humanistas, puede abrirnos los ojos y entender estos actos de una forma más cercana, y menos atribuible únicamente a las clases gobernantes.

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Desde la neurociencia las cosas se ponen interesantes. Al parecer, no hay ser humano que no pueda resistirse o ser parte de un acto corrupto, es decir, de un “acto deshonesto o fraudulento”, o algo “perverso” —como definen la palaba los diccionarios de la RAE u Oxford—. Un estudio de la University College de Londres, publicado en Nature Neuroscience el 2016, halló mediante una serie de experimentos y evidencias con escaneos de resonancia magnética funcional, IRMf, que el cerebro humano era capaz de aceptar y adaptarse a la deshonestidad.

Los autores lograron comprobar con datos reveladores que la creencia popular de que “la corrupción o la mentira —desviaciones del código moral— empiezan a pequeña escala” tenía correlación con la realidad.  Se enfocaron en la amígdala cerebral, la región cerebral responsable de las emociones humanas. Esta es un conjunto de núcleos en zonas en lo profundo de los lóbulos temporales de los vertebrados complejos, incluidos los humanos: en ella se dan procesos tan esenciales como la memoria, la toma de decisiones y las respuestas emocionales. Tanto en los animales como en los humanos, la amígdala es la responsable de una serie de reacciones instintivas, aquellas que se codifican rápidamente en una experiencia y es ella misma la que nos provoca aceptarla o rechazarla en el acto.
 


Imagen de resonancia magnética de la amígdala derecha.
 

 

Todo cambia sin supervisión

Se pudo ver claramente, en el experimento con voluntarios, cómo el miedo inicial que desarrollaba el deshonesto o corrupto empieza a disiparse de a pocos y sus faltas evolucionan con el tiempo hasta hacerse infracciones grandes. Los colaboradores participaron de un juego que los tentaba a engañar a sus compañeros —sin que estos lo supieran— y favorecerse con dinero de forma deshonesta. Ante la falta de supervisión, el miedo del voluntario se esfumaba cada vez más, mientras que la tendencia a favorecerse a expensas de los otros aumentaba. Se midió la actividad de la amígdala con IRMf, lo que permitió ver que esta disminuía en tanto que el deshonesto aumentaba la escala de su engaño. Había un proceso de acostumbramiento en el que el voluntario perdía progresivamente el miedo a la sanción, lo mismo que haría un político en las instancias más altas al momento de cometer un gran acto ilícito.

No solo en aquella ocasión, sino dos años antes, Frontiers in Behavioral Neuroscience publicó un trabajo de un equipo español-británico que escudriñó los procesos biológicos y psicológicos que podrían confluir también en un comportamiento humano determinado —uno corrupto— a través de la conductancia de la piel —la epidermis es más conductiva durante estados de reacciones fisiológicas extremas—. Se concluyó que las personas, con base en un trabajo con 93 voluntarios, que las personas eran menos corruptas cuando sabían que podían ser observadas o delatadas.

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Al observar la información colectada de la conductancia de la piel, se dieron cuenta que el pico de reacción emocional llegó no cuando se les planteó el conflicto ético, sino cuando decidían no tomar un soborno. Evitar el castigo y el hecho de perder una ganancia eran las principales razones de la reacción emocional.  Aparentemente, la ley y la mirada social influyen positivamente en nuestra conducta, que es tentada por el deseo original de beneficio propio ilimitado.

Es interesante anotar también el enfoque psiquiátrico que le da a la corrupción y otras degeneraciones en el poder de líderes políticos del neurocientífico, médico y también político británico David Owen. Para este último la corrupción de un líder político con poder de autoridad llega en el marco de un cuadro que él llama Síndrome de Hubris y que desarrolló en un artículo en la revista Brain en el 2009 y su libro The Hubris Syndrome: Bush, Blair and the Intoxication of Power. El exceso de soberbia y arrogancia podría llevar al político a colindar con la inestabilidad mental, de acuerdo con Owen.

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¿Debemos, por esa tendencia aparentemente natural e instintiva al beneficio propio, sentirnos aliviados y permitirnos ser corruptos? Una respuesta razonable sería que no, en tanto que el actuar individualista —con el fin inmediatista de hacernos y hacer bien a los nuestros y especialmente si somos funcionarios públicos— podría tener consecuencias tristes en un mundo social y comunitario. Y no solo hablamos de desviar o robarle el dinero a otros. La vida misma de los de nuestra especie está en juego.

Luego del terremoto de Haití el 2011 —en el que miles fallecieron por edificios desplomados—, Nature emitió un informe con estadísticas que calculaban que el 83% de todas las muertes por derrumbes de edificios los últimos 30 años se produjeron en países de acuerdo a las estadísticas con los sistemas más corruptos. Extrapolemos aquello a otros rubros, donde quizás no mueran tantas personas como en un terremoto, pero las consecuencias negativas sean más duraderas: pobres sistemas educativos, seguros de salud deficientes, una sociedad vulnerable a la delincuencia, el maltrato a la naturaleza.

Los gobiernos, organizaciones e individuos deben realizar un esfuerzo concertado para crear un ambiente que desaliente los actos de esta naturaleza y los defina como inaceptables, inviables y altamente condenables. Sanciones ejemplares y mano dura parecen ser las herramientas más firmes hacia educar al cerebro humano y así evitar que la corrupción, un vicio absolutamente regulable, sea la norma establecida.


Daniel Meza
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma. 


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