Inicio / Historia / AGO 03 2020 / 2 semanas antes

La historia accidentada de un busto escultórico

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Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La historia accidentada de un busto escultórico

Mural del sector posterior de Unicentro. 2010.

Esta historia es la de un monumento del espacio público, solitario y resguardado bajo las ramas de un árbol, olvidado y despreciado, como la memoria del personaje que lo inspiró. 

Los bustos, estatuas, placas conmemorativas y otras esculturas artísticas que se encuentran en el espacio exterior de las ciudades y pueblos, son llamadas también los monumentos del espacio público. Sobre ellos no aplica con rigurosidad un sentimiento de apropiación ciudadana, porque tampoco estamos acostumbrados a su valoración como símbolos que son y, mucho menos, a su cuidado y preservación.

El arte público de Armenia, la capital de Quindío, está en constante riesgo de daño, de robo, desaparición y hasta de vandalismo. O a la errada interpretación de su figuración en el contexto urbano, que a veces lleva al abandono en el cual se ha sumido. O debido al estigma hacia su erección en cualquier lugar de la disposición urbanística. Pero también es víctima del desconocimiento sobre los personajes representados en esas esculturas de rostros o de cuerpo entero.

En Armenia, cada uno de estos precedentes anotados, tiene sus ejemplos o casos que los comprueban, para establecer el historial vergonzoso del registro de la memoria.

En cuanto al daño que se inflige en la escultura, en el parque Sucre, la nariz moldeada en cemento del prócer Antonio José de Sucre, atestigua cómo alguna vez el  mazazo de un vándalo la hizo desaparecer en el busto original.

En el parque Gabriel Mejía, la escultura Fragmentos de mi Tierra, de la artista Olga Lucía Salazar, fue mutilada porque siempre se le confundió con un tanque de abastecimiento de agua.

En cuanto a la desaparición, un caso lamentable lo recuerda. En la parte trasera y baja del centro comercial Unicentro, sobre el muro de la carrera 15, una obra pictórica mostraba varias facetas del patrimonio urbanístico de Armenia, que se fue borrando poco a poco, por la maraña de yerba que lo cubría. Hasta que las figuras desaparecieron, debido a la refacción del muro. Solo quedaron de ellas las fotos de sus detalles, como una muy significativa, la de la antigua estación del tren.

En cuanto al estigma de su figuración urbana, hay quienes piensan que esos monumentos no deberían estar en el espacio público. Es respetable dicha posición ideológica, como la  asumida por un pariente mío, escritor, quien en uno de sus libros escribió este epígrafe. “Una nación que llena plazas, calles y hasta los caminos con relieves, bustos y estatuas, o que anda a busca de casacas para prenderles condecoraciones, es un pueblo de necios, mentecatos o beodos”.

El último caso, el del desconocimiento sobre los personajes que se representan, está contenido en la siguiente historia resumida de uno de los bustos que se encuentra en el separador en declive de la que he llamado la ‘calle del olvido histórico’, la 21, entre  carreras 19 y 24.

Corría el mes de mayo de 1983, en las calles de Armenia. Un vehículo pesado chocó contra el pedestal que tiene en su parte superior el busto de don José María Ramírez H., ubicado allí desde el año 1967. El golpe derribó la mole de cemento y aquel busto, que recuerda a uno de los más importantes educadores de Quindío, fue abandonado en ese sitio durante varios días. Posteriormente fue recogido y sirvió como soporte para sostener la puerta de un negocio comercial cercano. Finalmente fue llevado a las oficinas de Circulación y Tránsito, donde fue colocado en el piso de un rincón del corredor.

Ante tanta indolencia, uno de los gestores del homenaje que se le hiciera al educador, el padre Alfonso Toro Patiño, abogó por la reubicación del busto ante el alcalde y la dirección de la Sociedad de Mejoras Públicas. El sacerdote recordó que había sido él quien había pronunciado el discurso en la erección del monumento, cuando se le reconoció a don José María la fundación del colegio Rufino José Cuervo. En el momento del homenaje, acotó, estuvo el hijo del educador, Bernardo Ramírez Granada, en su condición de secretario de Educación.

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Recolocado el busto, no terminaron los atentados. En la primera década del siglo XXI se hizo vandalismo otra vez y robaron su placa de bronce. Durante mucho tiempo un gorro, que algún gracioso puso sobre la cabeza del busto, ridiculizó la escultura. Hoy, don José María luce incólume en su lugar simbólico, pero las personas que transitan por allí desconocen esa figura histórica. Un admirador pintó de blanco el bloque de concreto, pero la placa de información nunca se repuso.

Los ciudadanos caminan por las aceras adyacentes de subida y de bajada, mientras en similares sentidos pasan raudos los carros. Nadie se atreve a detenerse alrededor del monumento para contemplarlo, pues el riesgo de atropello es inminente si lo hace.

Esta historia es la de un monumento del espacio público, solitario y resguardado bajo las ramas de un árbol, olvidado y despreciado, como la memoria del personaje que lo inspiró. Es la historia general de cualquier otro, y de sus habitantes que lo ignoran.

 


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