Jueves, 14 Nov,2019
En profundidad / JUN 02 2019 / hace 5 meses

La revolución femenina y los pataleos del machismo

“...el feminismo es un sistema de ideas que, a partir del estudio y análisis de la condición de la mujer en todos los órdenes (…) pretende transformar las relaciones basadas en la asimetría y opresión sexual”.

La revolución femenina  y los pataleos del machismo

Que el machismo en tanto soporte ideológico y cultural de la organización social hubiese sido al comienzo de la prehistoria un mecanismo de supervivencia de la comunidad, no justifica que debió eternizarse y volverse contra la mujer convirtiéndola en objeto de dominio, de exclusión y de violencia. Fue justamente lo que ocurrió a lo largo de los tiempos. 

La historia no es justa ni lógica, no siempre triunfan la razón ni la justicia social como se espera. Una vez en el trono, amo y señor del universo —todo, absolutamente todo— poder, riqueza, ideología, religión, educación, leyes, fue dispuesto por el macho para que nada ni nadie le disputaran su dominio. 

Hasta la genética y la suerte estuvieron de su lado pues, por ejemplo, el mayor volumen de su masa muscular, y la maternidad y la crianza, por el lado femenino, contribuyeron a legitimar su papel dominante. Lo demás fue asunto de carpintería, como se dice de algo relativamente fácil de construir.

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Con el tiempo la mitología, la religión, las primeras leyes humanas, fueron moldeando la misoginia, el prejuicio más antiguo del mundo, como denomina el irlandés, Jack Holland, este comportamiento contra la mujer que se presenta como, “…menosprecio, humillación, exclusión, discriminación, rechazo, despojo”. 

Admitido y defendido por los Estados, aceptado por los grandes pensadores y dogmatizado por la iglesia, llevar el machismo a la práctica y apuntalarlo como relación dominante no fue por demás complicado ni complejo, como que por siglos, además, la mujer consintió dócilmente la autoridad del marido y aceptó su papel de ama de casa. Lo demás fue cuestión de que la dictadura del hombre aceitara su maquinaria para que funcionara a la perfección en todas las dimensiones de la vida y del poder. 

La mujer a lo largo de la historia ha sido juzgada y sojuzgada por leyes y costumbres machistas, reduciendo su rol a la condición de esclava del hombre y de la sociedad.

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Desde Hammurabi, cerca de tres mil años antes de Cristo, pasando por la cultura griega y romana, por la filosofía confucionista, por la Biblia, la Inquisición, las leyes de Manú, el Corán, el Talmud, el Código de Napoleón y las constituciones modernas, el trato a la mujer no ha sido precisamente “caballeroso”. Todo lo contrario, se ha movido entre la exclusión, la condena y el porte criminal, sobre su condición femenina.

 Explicar sus causas no es asunto de decir que el machismo es una simple consecuencia de la división sexual del trabajo. Si este y otros argumentos fuesen ciertos cabría preguntar por qué llegado a cierto nivel de civilización —e inteligencia—, la sociedad no se cuestionó, abolió y replanteó semejante indignidad. La pregunta puede resultar tan válida como ingenua. Sería cómo preguntar por qué la iglesia permitió la esclavitud de los negros, por qué se permitió el holocausto judío, por qué el mundo acepta —en silencio— el hambre del África, el encierro y la matanza del pueblo Palestino.

 Resulta difícil que el poder —del Estado, el hombre, la escuela, del páter familias, de las instituciones— admita y responda preguntas que cuestionan su culpabilidad. Quién lo haga se expone a cualquier tipo de respuesta, como sucedió en Colombia con el alto funcionario oficial que frente al cuestionamiento por el crecimiento de la burocracia estatal respondió con la desfachatez con que a falta de razón responde el poder: “de malas”. 


La paradoja femenina 

La historia puede ser injusta pero a veces, presionada, permite ciertos reacomodos. Paradójicamente fue el llamado “sexo débil” el encargado de precipitar la única revolución triunfante de la historia para resolver este desequilibrio que, por centurias ha enfrentado a los géneros en la guerra más larga de la humanidad y, aunque no concluye aún, deja a las mujeres como seguras triunfadoras, no porque hayan aplastado al hombre sino por sus grandes conquistas. 

La revolución femenina no ha sido un movimiento inercial. Históricamente ha encarnado una fuerza revolucionaria, transformadora de estructuras anquilosadas, necesarias de replantear, por razones de justicia, de éticas y de dignidad, en la política, en la ciencia, en los derechos humanos, en la psicología, en el arte, en el medio ambiente, en la cultura, en las ideologías, en la paz y en la guerra, rescatando la dignidad femenina. Ello explica el porqué de su acelerado avance y expansión, lo mismo que de su fuerza, de sus logros, de su solidez, y hasta de sus propias divergencias.

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Ha sido un movimiento combativo y persistente que unas veces —silenciosamente, delicadamente, románticamente, femeninamente— ha conquistado espacios, amores, odios, rivalidades y solidaridades, develando discursos machistas donde pareciera había equidad, construyendo nuevos paradigmas sobre el sexo y el género, donde aparentemente todo estaba dicho, conquistando instituciones como el derecho al voto. 

Otras veces —decididamente, sangrientamente, incluso— librando batallas contra los ejércitos del hombre como en el París de la revolución Francesa, en las guerras independentistas de Colombia, en la revolución Bolchevique, o en los años cincuenta y sesenta en los Estados Unidos, en las calles, en los buses y en las universidades —contra las autoridades, contra la población y la cultura blanca—, lo mismo que en Francia en mayo del 68. 

Siempre cuestionando la autoridad machista, presente en el Estado, en la familia, en la escuela, en la historia, en la vida, hasta develar su sinrazón, sus falacias y su endeble arquitectura. Florence Prudhomme, la filósofa, activista, dice: “…mayo del 68 dio los primeros empujes a través del impulso para la libertad entre las jóvenes chicas que éramos, presentes en la noche del 22 de marzo en Nanterre, o sobre las barricadas y las manifestaciones en París. Esa ola que nos llevaba era poderosa y fuerte. La efervescencia espectacular y creativa del 68 prosiguió en el curso de los siguientes años. El 68 fue el terreno fértil en el que germinaron el feminismo, el orgullo homosexual, la ecología y una solidaridad más humana que política”. 


¿Para qué el poder?

Y, en adelante, posterior a las turbulencias de la primavera parisina pareciera que hubo una desinhibición global, y las fuertes realidades intangibles por el temor a la cultura machista surgieron y adquirieron cuerpo propio, consolidando la emancipación. 

Tras la causa femenina otros temas pendientes de los sexos afloraron. Por ejemplo, precipitado por esa misma dinámica el hombre dejó de lado su orgullo de macho y pudo, por fin, aunque fuese vergonzantemente, “salir del closet”. Por decisión propia jamás se hubiera atrevido. Debió esperar cientos de años, miles quizás, para acumular el valor suficiente y decidirse a gimotear sus debilidades sobre el hombro de la mujer. Ella lo entendió y ganó para su causa esa población arrinconada instándolo a seguir hasta lograr su reconocimiento. 

Tiempo atrás el Comité Científico Humanitario, de Berlín, de inspiración femenina, creado en 1897, batalló por el reconocimiento de los hombres y mujeres homosexuales y transgéneros, y pudo crecer bajo la protección del movimiento feminista. En el tan esperado como frustrante siglo XXI —por el desesperanzador futuro que deja entrever— la vanguardia de la revolución avanza descomponiendo, recomponiendo, proponiendo, estructuras sociales, construyendo discursos, reivindicando derechos, y, desafortunadamente, denunciando feminicidios.

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Producto de esta lucha, la mujer llegó a alturas inimaginables mediante el voto popular, pero más por el reconocimiento de su capacidad política y la justicia de sus causas. Y ni se diga de otras conquistas en el mundo laboral, científico, artístico y deportivo, la mayoría de las cuales ha debido disputar —hombro a hombro— con su eterno rival. 

Hay que reconocerlo, el mito bíblico del poder y de la erudición del varón se vino abajo. “El hombre no es el único, la mujer también puede” —se repite. Los productos concretos de la liberación, el aborto, las transformaciones de la estructura familiar y el matrimonio, la libertad sexual, la igualdad de género, la equidad de género, la identidad de género, la participación en política, conducen todos a una pregunta inevitable: ¿Hasta dónde llegará la revolución femenina? Nadie lo sabe. El libreto final no está escrito. 

Habrá que confiar en la inteligencia del hombre y la mujer, en la inteligencia de la sociedad global, para que las cargas y los desajustes se vayan acomodando en la medida de la ética, de la dignidad humana, de la paz, del desarrollo, de cuanto se requiere para que la luz de la justicia social brille, aún contra la irracionalidad de la historia. 


Los asuntos de la revolución 

Tan abundantes como delicados son los asuntos que promueve la revolución femenina, muchos de los cuales aún no acaba de asimilar la sociedad. En parte, por la milenaria ascendencia machista, pero también por su compleja y novedosa estructura. La ideología de género es uno de ellos. ¿El sexo es enteramente biológico o, en su determinación influye lo social-cultural? 

La idea de que el sexo es biológico y el género es social, ha dado para numerosos problemas. En Colombia en 2016, a través del viceministro Saavedra, Mineducación, dijo: “Queremos que las instituciones del país respeten la identidad sexual y de género de los estudiantes…”. Y ahí fue Troya. Aún no hay acuerdo. La discusión continuará por mucho tiempo.

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La argentina Susana Gamba, presidenta de la Asociación Agenda de mujeres, dice: “El feminismo propugna un cambio en las relaciones sociales que conduzca a la liberación de la mujer y también del varón a través de eliminar las jerarquías y desigualdades entre los sexos.

 

También puede decirse que el feminismo es un sistema de ideas que, a partir del estudio y análisis de la condición de la mujer en todos los órdenes (...) pretende transformar las relaciones basadas en la asimetría y opresión sexual, mediante una acción movilizadora”.

 El mito sacrosanto del poder junto a la sapiencia del varón, en tanto legado del cielo se está viniendo abajo. El poder emana del pueblo, se dijo en 1789 —en el fragor de la batalla entre la monarquía feudal y la naciente burguesía— pero, entonces, la mujer no contaba. Hoy la realidad es diferente. La mujer comanda la vanguardia. El movimiento feminista no se ha circunscrito únicamente a la lucha por la igualdad de roles. El empoderamiento femenino en Colombia apenas se inicia. 

Por delante hay muchas causas, y no sólo feministas: la paz, la guerra, la violencia, la corrupción. El país de arriba abajo es una mole de injusticia, sostenida por la corrupción. La mujer tiene mucho por hacer; qué más que intentar recomponer el mundo descompuesto por el hombre.

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Eddie Polanía R.
ESPECIAL PARA LA CRÓNICA


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