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En profundidad / JUL 14 2019 / hace 5 meses

‘Lo que el tiempo se llevó’ en La Tebaida

‘Lo que el tiempo se llevó’ en La Tebaida

La Plaza del Tiempo fue el primer nombre de La Tebaida. 

La plaza principal del municipio quindiano de La Tebaida fue conocida a principios del Siglo XX con un nombre singular. Se le llamaba “La plaza del Tiempo”. Hoy, cuando ya ese espacio tradicional es historia, se puede decir que lo que allí ocurría a diario y lo que se veía en su entorno cotidiano, se lo ha llevado el recuerdo.

Desde principios de 2019, la decisión oficial de refaccionar ese parque centenario, ha llevado a la desaparición del último verdadero sitio de encuentro de la cultura popular que tenía el departamento del Quindío. Irónicamente La Tebaida no está incluida en la consideración del Paisaje Cultural Cafetero – PCC – como patrimonio de la Humanidad, y por consiguiente, no está en la lista del patrimonio mundial de la Unesco. Pero, irónicamente también, el parque principal de La Tebaida, era la única cuadrícula central del Quindío que reunía todas las características del paisaje cafetero.

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Durante unos cuantos años, desde 1917, conservó ese nombre de la plaza del Tiempo. Para el año 1926 ya se le llamaba la plaza Vieja, por un espacio cercano, la plaza Nueva, que apareció en el marco urbano del pequeño poblado. En la plaza Vieja se desarrollaron las actividades de feria y mercado, con sus toldos de lona tradicionales. Como lo menciona el libro de Guillermo Valencia Marín, publicado en 2016, la plaza Nueva, en sus comienzos, “sirvió por años como cancha improvisada de fútbol y también fue sitio ideal donde se instalaban los circos y parques mecánicos”.

Parodiando aquella frase de película, “lo que el viento se llevó”, y con la refacción anunciada, lo que la “plaza del Tiempo” ha perdido son las múltiples leyendas sobre los personajes más queridos y versátiles de La Tebaida.

Lo que la “plaza del Tiempo” se llevó fueron múltiples aspectos de su especial configuración vernácula. Allí se concentraban los adultos mayores a rumiar sus recuerdos. Allí se reunían los mercachifles –o los antiguamente llamados culebreros – a vender sus cachivaches y menjurjes. Allí retozaban los niños entre las inolvidables 40 bancas de cemento y granito, donde dormitaban de vez en cuando, en su superficie acunada, algunos habitantes. Allí – y especialmente- en su esquina más culinaria – se podían degustar la avena y el fresco rosado de Ricardo el avenero, así como los desayunos trancados del puesto contiguo. Allí corrían, entre árbol y árbol, las iguanas y las ardillas que eran cuidadas por los vendedores ambulantes. Allí nos sentábamos a escuchar las historias cotidianas. Todo se lo llevó, a la esfera oscura de la memoria, la “plaza del Tiempo”, con el primer ruido del taladro ensordecedor del progreso. Tampoco se tendrá consideración en la decisión de sacrificar algunos árboles que dan solaz y sombra a la estancia más refrescante que le quedaba al “Edén Tropical del Quindío”.

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Del centro de La Tebaida, éste parque era lo único que se conservaba de la configuración arquitectónica que se había instalado en la década de los años cincuenta, cuando se arborizó el gran terraplén y se construyó la cuadrícula de lo que ya se llamaba el parque de Bolívar, que también comprendía el Templo de la Virgen del Carmen, destruido en el terremoto de 1999. 

El trabajo de remodelación del parque principal está adjudicado a una compañía llamada Taller de Arquitectos de Medellín, que también se encargará del manejo del espacio público , llamada Plaza Nueva o Luis Arango Cardona.

La siguiente afirmación de la compañía de Arquitectos debe quedar para la verificación histórica: “El diseño propuesto para la Nueva Plaza Cívica de Bolívar parte del reconocimiento del trazado geométrico existente, exaltando el valor histórico y cultural que este lugar representa para el municipio, por medio de gestos como mantener las bancas existentes y ampliar las jardineras actuales”.

Tal promesa de mantener -o conservar- las bancas históricas podría paliar un poco la crisis de identidad que sufren hoy los parques de la región. Porque, al remodelar estos espacios, los primeros que se suprimen son los añejos bancos, donde por muchas décadas se contó la crónica ciudadana. Eso ocurrió con los parques de Armenia, Circasia, Pijao, Calarcá y Montenegro, cuyos sitios de concentración quedaron convertidos en fríos monumentos al cemento. El visitante sólo puede conformarse a un relativo descanso, al sentarse incómodamente en los bloques de cemento sin espaldar o en los muros, y donde generalmente hay reducidos espacios de sombra, porque sus árboles frondosos también desaparecieron.

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La modificación 

Con la modificación del parque principal de La Tebaida, esa “Plaza del Tiempo” también se llevará el registro de los acontecimientos históricos. Difícilmente podremos reconstruirlos a partir de sus recuentos, porque aquellos ancianos que los rememoran no volverán a la nueva construcción. Estos espacios no serán diseñados para ellos, sino que el empuje comercial de puestos extraños para venta de comestibles y artículos varios primará sobre los afanes de recuperar el relato. El único caso de permanencia de un pequeño sitio para la socialización de los adultos mayores se da en el trasformado arque de Bolívar de Montenegro. Se llama El Totumo y su supervivencia no se debe a la decisión oficial. Ello fue posible gracias al espíritu de los abuelos, quienes defendieron ese foro físico, para seguir contando sus vivencias.

Dentro de algunos meses sabremos, con la nueva obra de La Tebaida, si la Plaza Cívica de Bolívar seguirá siendo el hogar día para la remembranza de aquellos pasajes que le dieron lugar especial al protagonismo de sus pobladores. Baste mencionar algunos, que están marcados en el imaginario colectivo, y como así lo describe el escritor Francisco Cifuentes Sánchez en su obra publicada en 1993: El Verraco de La Tebaida. Manuelito Suárez y su “oficina” en una banca del parque. La historia de Emilia y su hijo “Pate puño”. Los hechos trágicos del 9 de abril de 1948. Y el relato del “huevo apocalíptico”, curiosa noticia que cuenta cómo la gallina de una campesina puso un huevo con la siguiente leyenda misteriosa: “Juicio final – arrepentíos – Dios”. Un gracioso pasaje del folclor urbano que nos puede regalar otra vez la nueva plaza, ojalá en sus 40 bancas legendarias, para poder asegurar que a ellas “el tiempo” no se las llevó.

 

Roberto Restrepo Ramírez
ESPECIAL PARA LA CRÓNICA

 


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