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En profundidad / OCT 27 2019 / hace 1 mes

Los negocios de la persistencia en Filandia

Los negocios de la persistencia en Filandia

Locales de comercio de Filandia, con sabor y factura de antaño, a pesar del turismo creciente.

Se destacaban las ‘fábricas’ de jabón, velas,  curtiembres, cueros, sogas, cabezales y hasta de calzado, entre otras.

En los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XX, los pueblos del Quindío —en ese entonces pertenecientes a Caldas— eran prósperos centros  del comercio local, caracterizado ese flujo de mercancías por la profusa llegada de objetos, que entraban no solo en el vaivén del transporte de arrierías, sino que llegaban en tren, mientras otros elementos eran producidos domésticamente.

Su venta se hacía en almacenes de todas las condiciones o en los tradicionales toldos de las plazas, de los mercados sabatinos o domingueros.  Había  cantidad de establecimientos con nombres que hoy se recuerdan con nostalgia y que —muchas veces— dejaron una marca indeleble en la memoria de los ciudadanos.

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Las variadas clases de artículos de uso, ornato o de lujo eran impulsados, como ocurre hoy, por la dinámica del mercado.  Existían las tiendas de abarrotes, entendiendo con este nombre que esas mercaderías llegaban de ultramar, o sea en barco hasta Barranquilla y otros puertos.  Talabarterías, o sea venta de enjalmas y otros objetos de cuero, junto con almacenes de peletería, o sea cuero y piel animal trabajado con técnicas más antiguas, eran negocios comunes.

Armenia y otros municipios más pequeños vendían los objetos de metal de económico valor en sus quincallerías. Había especialidades que se anunciaban como ferretería y loza, pastelería, rancho y licores, telas y cobijas, telas y confecciones o sombrerería, salón de belleza y mercería, como lo anunciaba en la capital el almacén Para Ti,  y tal cual lo describe en su fabuloso libro Pieza del reblujo, el historiador John Jaramillo Ramírez.

Filandia no se quedó al margen de este movimiento y allí existieron multiplicidad de negocios, que le dieron fama y prestigio a la Hija de los Andes en esas décadas.

Los cronistas e historiadores del siglo XX mencionan la existencia de “fábricas y trilladoras para cubrir las necesidades de la floreciente ciudad”, como lo menciona Carlos E. Restrepo en su obra Filandia, hija de los Andes, en 1978.  Se destacaban las ‘fábricas’ de jabón, velas, curtiembres, cantería, cueros, soga, cabezales y hasta de calzado, entre otras.  
 


Gustavo Ocampo Chica, en su obra Filandia historia y humor, de 1984, menciona un dato interesante.  Se refiere a la fabricación de máquinas despulpadoras de café, enteramente de madera, elaboradas por Jesús Benjumea y su hermano Saturnino.  Años antes, otro filandeño, Rufino Toro, también había elaborado otras despulpadoras de café similares.

Se escribe sobre la ‘industria’ hotelera, del hierro, la forja, del mueble, la construcción, de las figuras típicas en cera y parafina y, por supuesto, de los almacenes de víveres, de ferretería, de mercancías, abarrotes y cacharrerías.

Hasta la época del centenario, en 1978, se habían disminuido gran parte de esos florecientes negocios, por las crisis ocurridas desde la década de los años 30 y porque ya Filandia no era paso obligado por el Camino del Quindío, que perdió vigencia con el trazado de la carretera Armenia – Pereira.

Hoy, en el siglo XXI, se puede endilgar al turismo la desaparición de aquellas pequeñas o medianas ‘empresas’ familiares y comerciales que dejaron historia en Filandia.  Sin embargo, son modelo de persistencia las siguientes, que en la actualidad se mantienen.

En la llamada Calle Real, vía a la antigua galería o plaza de mercado, dos  locales son leyenda, el almacén Variedades de doña Lilia Castillo y la venta de leche y queso de Jorge Hernán Ospina.  El primer negocio es el más conocido establecimiento de venta de mercancías, y el más antiguo de Filandia. Ha sido una tradición de más de 52 años, atendido por su propietaria e hijas.  Doña Lilia Castillo Restrepo es la esposa de don Fabio Peláez Herrera, el técnico mecánico, inventor y experto en el manejo de máquinas antiguas más destacado de Filandia, que hoy tiene 84 años.  El almacén de doña Lilia refleja todavía el espíritu de la abundancia y el buen gusto que se tenía en la disposición de antaño para las múltiples mercancías que allí se ofrecen.

El padre de Jorge Hernán Ospina Orrego fue don Pedronel Ospina Franco, quien comenzó su negocio como una miscelánea, pero que poco a poco se decidió por la especialidad de la venta de lácteos, especialmente el queso de pera o bola, veinte unidades diarias que él armaba con delicadeza de artesano.  Hoy, su hijo Jorge Hernán, de 54 años, en compañía de su colaborador,  Rubén Darío Ramírez Martínez, atienden con amabilidad los clientes asiduos, que arriman al expendio de más de 60 años, donde la tradición y la nostalgia se combinan con la limpieza y el sabor de su oficio.

Dos negocios bien distintos atienden todavía en casas centenarias, en sus locales del primer piso.  Son el almacén de ropa infantil de doña Irene López y la cacharrería Agustín.  El almacén de doña Irene se encuentra en la primera planta de la casa más hermosa y auténtica del marco de la plaza de Filandia.  Sus estanterías de madera, para colocar los productos, son tan añejas como los detalles de su balcón de 100 años, el único tradicional que conserva esta esquina sur del parque principal.

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Agustín es el negocio de 42 años más simpático e icónico de Filandia.  Es tan amable como su dueño, Agustín Martínez Martínez, de 65 años de edad, hijo de otra celebridad ciudadana, don Josué Martínez Restrepo, hoy de 92 años, y nieto del boticario Juan de Dios Martínez, más conocido como Juanito o el Boticario Samaritano ya fallecido.  En esta cacharrería, todo es historia.  La estantería del almacén de calzado antiguo de su padre, que también fueron los compartimientos de madera de la botica de su abuelo.  La tradición centenaria de esa casa de dos pisos, una de las que mejor conserva la arquitectura filandeña, con un falso balcón y un balcón ausente.

Un delicioso local de venta de arepas con queso y otras sabrosuras nos recuerdan que, en ese mismo lugar, don Manuel Ocampo Agudelo, muerto a los 82 años, vendía kumis casero y queso, tradición que han querido conservar sus hijas Alba Inés  y Gabriela Ocampo Giraldo.  Todas las mañanas y jornadas vespertinas la gente acude masivamente a comprar las ricas arepas montañeras que nos recuerdan no solo a don Manuel, sino a cientos de mujeres que todos los días subsisten con este oficio culinario, propio de nuestra idiosincrasia cafetera.  Cuando don Manuel atendía su local, era llamado Expendio de Leche La Séptima y hoy sus hijas lo han llamado con orgullo Arepas Filandia.

Una zapatería, otro de los oficios más antiguos. Lo que sobrevive del almacén de telas más conocido de Filandia.  La última fonda peluquería del pueblo.  Son los tres locales que completan este mosaico de almacenes de la persistencia.

Jesús Román, de 48 años, persiste en su humilde oficio de zapatero, tal vez el único en Filandia, con la nostalgia que le embarga al pensar que cuando muera, desaparecerá esa tradición que nos brinda la mejora permanente e ingeniosa de nuestro calzado.  Doña Hilda Cárdenas Ulloa tuvo, en un local amplio, el expendio de telas más famoso;  de su estructura sólo queda hoy un reducido espacio, con alguno de sus muebles antiguos, donde mostraba sus productos de mercería, esto es, artículos para confeccionar, hilos y botones, además de sus telas.  Don Israel Román es otra leyenda filandeña, quien todavía es constante en su negocio, en la esquina de la carrera cuarta con calle cuarta, que más bien parece un museo de ocasión, donde muestra con orgullo sus antigüedades, entre ellas una despulpadora de Rufino Toro y una cortadora de astillas del siglo XIX, con la que se logran los techos de las viviendas.

Locales de comercio de Filandia, con sabor y factura de antaño, a pesar del turismo creciente.

 

Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA

 


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