Domingo, 27 May,2018

En profundidad / FEB 05 2018 / Hace 3 Meses

Los relatos escritos de Román María Valencia y Carlo Vedovelli sobre el Tesoro Quimbaya

Las fuentes escritas de noviembre de 1890 mos indican que las piezas de oro fueron ofrecidas a muchos coleccionistas de los alrededores y de Manizales, Salento y Pereira.

Los relatos escritos de Román María Valencia y Carlo Vedovelli sobre el Tesoro Quimbaya

La historia del Tesoro Quimbaya también es la de sus protagonistas. Desde el presidente Carlos Holguín Mallarino que lo obsequió, hasta el más sencillo guaquero que intervino en el saqueo, poseen un reservorio de informaciones personales y anecdóticas que la pesquisa documental se encargará de divulgar sobre este suceso fabuloso de finales del siglo XIX.

Dos de sus actores fueron Román María Valencia y Carlo Vedovelli - Breguzzo. El primero fue uno de los fundadores de Calarcá; el segundo era un comerciante italiano de la época. Ambos han quedado registrados en el recuento cronológico del Tesoro Quimbaya como los primeros que produjeron descripciones detalladas o alegóricas de las piezas de oro encontradas.

Las fuentes escritas de noviembre de 1890 -días después del hallazgo- nos indican que las piezas de oro fueron ofrecidas a muchos coleccionistas de los alrededores y de Manizales, Salento y Pereira. En este momento aparecen en la red comercial los nombres de conocidos negociantes de antigüedades, como fueron Tomás Henao, Valeriano Marulanda y Juan Pablo Jaramillo Lalinde, entre otros.

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Fue este último quien finalmente llevó los objetos a Bogotá en diciembre de 1890, para frecerlos en venta y exponerlos en su casa, pues los había adquirido, al parecer, en Manizales ya que allí tenía otro centro de recepción de objetos arqueológicos e históricos.

 


Román María Valencia: “Todas estas cosas, que debieran conservarse en nuestro Museo Nacional, se pierden indistintamente. Yo estoy formando una colección hasta donde me sea posible conseguirla”.


En el periplo que cumplieron dichas piezas orfebres, desde Filandia, parece que estuvieron en Salento, donde se asegura fueron exhibidas, antes de llegar a Manizales. Todo indica que allí fueron apreciadas por Román María Valencia, también coleccionista de piezas y quien escribe esto el 10 de noviembre de 1890, en Calarcá, el pequeño corregimiento de Salento donde residía:

“Hace cuatro años que anuncié en La Voz de Antioquia, y en una hoja suelta titulada Calarcá, la fundación de una nueva población que lleva ese nombre; así como el descubrimiento de las guacas y demás riquezas que contiene este hermoso valle.

Desde esa época he venido observando que no pasan cuatro o seis meses sin que se hagan nuevos descubrimientos de guacas, de donde sacan el oro en grandes cantidades, y objetos de arte de belleza incomparable; pero lo que hoy causa estupor es que en estos días, en el mismo valle y cerca de la población de Finlandia, han descubierto dos pueblos —como dicen los guaqueros— donde, por el oro que he visto y los informes más fidedignos que he adquirido, pasa de ocho arrobas el oro que han sacado de allí.

No es la cantidad del oro lo que más llama la atención: es el arte con que está fabricado. El obraje pequeño de joyería está representando figuras alegóricas y animales de toda especie: mariposas, aves, lagartos, sapos, peces, caracoles, etc.; lo demás está en forma de ídolos de oro macizo con insignias y alegorías, como bastones de oro, que representan en sus mangos águilas coronadas y otras aves igualmente con corona; vasijas de oro de servicio doméstico, instrumentos musicales, algunos en forma de corneta, cuyo tañido se oye a larga distancia; en fin, tanta variedad de formas y tamaños, que sería largo enumerar”.

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Valencia manifestó en su escrito —publicado por el periódico El Correo Nacional en su edición del jueves 20 de noviembre de 1890— una petición interesante: “Todas estas cosas, que debieran conservarse en nuestro Museo Nacional, se pierden indistintamente. Yo estoy formando una colección hasta donde me sea posible conseguirla”. El mismo 20 de noviembre, otro periódico capitalino —El Relator, no. 505—, fundado por Felipe Pérez en 1877, publicó una nota en el mismo sentido, que se colige también se deriva de varios telegramas que envió Valencia a la capital.

Era la primera vez que se relataban con detalles las características de las piezas de oro y de algunas vasijas y figuras de cerámica, de las que Valencia hace una descripción que permite identificar las que parecen ser alcarrazas —o vasos silbantes—, sellos planos y circulares, así como volantes de huso.

El italiano Vedovelli – Breguzzo, quien era además miembro de la Sociedad Geográfica de Roma, apareció en la escena en la misma fecha de la observación realizada por Valencia, lo que motivó se escribiera la segunda mención detallada de las piezas del Tesoro Quimbaya. Todo indica que este personaje también viajó a Manizales, de cuya visita quedó tan motivado que publicó el catálogo denominado Colección Finlandia en francés. Su texto es más prosaico y alegórico, pues no tenía un conocimiento tan amplio de la arqueología colombiana, aunque sí de los hallazgos faraónicos de Egipto, cuya comparación realiza en la descripción de los objetos, tal cual se aprecia en la traducción realizada por el escritor calarqueño Elías Mejía:

“Entre estas piezas, aunque descubiertas en una tierra de naturaleza volcánica, no se ha encontrado un solo instrumento ofensivo, ni la más pequeña arma, ni siquiera una pulgada. Su examen demuestra evidentemente que la mayor parte de este tesoro pertenecía al culto: ¿pero cuál culto? Las mitras, una de grandor enorme —No. 26 de las fotografías— recuerdan aquellas de Media, de Siria y de Egipto. El No. 7, vaso en forma de figura humana en oro fino, servía sin duda para la quema de inciensos, y parece ser del más puro estilo egipcio”.

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Todos estos ídolos sentados o de pies, machos o hembras, con los signos de su naturaleza bien pronunciados, indican evidentemente el culto a Venus y a Príapo, cultos que existían en los tiempos de la civilización egipcia”.

Vedavelli no es tan directo en la relación detallada de las piezas, lo que desmerece mucho su escritura, aunque anota una opinión interesante, cual es la de sugerir el carácter de objetos de ‘culto’, como así lo asevera con relación a los poporos antropomorfos de oro.

El mérito del texto de este extranjero —que también había fundado su empresa de importación y exportación llamada Museo Commerciale Italiano— es la lista detallada de los objetos del Tesoro Quimbaya y la publicación de tres fotografías que muestran la totalidad de ellas, las que había logrado un fotógrafo y artista, también italiano, llamado Antonio Paccini.
 


En el periplo que cumplieron dichas piezas orfebres, desde Filandia, parece que estuvieron en Salento, donde se asegura fueron exhibidas


Tampoco aparece mayor información sobre la cerámica en el catálogo de Vedovelli. Aunque llama la atención la fotografía de los cascos repujados y los alfileres de poporo, pues allí aparecen tres objetos cerámicos. Son dos son figuras antropomorfas, llamadas popularmente ‘retablos’ en el Quindío y una vasija también conocida en este departamento como incensario. Lo curioso es que las tres corresponden a un período posterior cronológico que se conoce como el Tardío y la explicación de por qué aparecen en dicha fotografía es que, ante la ausencia de la cerámica del hallazgo, se anexaron las tres piezas de otra colección, para el registro del catálogo que se requería publicar con urgencia.

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En una conversación sostenida con don Argemiro Buitrago, un conocido guaquero de Quimbaya, a finales del siglo XX en su residencia, él nos aseguró conocer el sitio exacto donde se encontró el Tesoro Quimbaya y acotó algo que se había divulgado en muchas ocasiones: la cerámica de las tumbas más ricas no era tenida en cuenta en labores de guaquería, más bien se rompía o se dejaba allí olvidada.


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Próxima entrega: El Tesoro Quimbaya en la fría Bogotá de 1891.


Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Academia de Historia del Quindío
Especial LA CRÓNICA 


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