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En profundidad / OCT 28 2018 / hace 1 año

Me encontré en la vida con… Eduardo Montoya Betancourt

Me encontré en la vida con… Eduardo Montoya Betancourt

Eduardo Montoya se destacó por su sencillez y liderazgo.

Notable abogado, ciudadano ejemplar, líder cívico nacido en Riosucio el 11 de octubre de 1928 y fallecido en Armenia el 10 de julio de 2006. Sus padres Rafael, de Rionegro, Antioquia, y Rosmira, de Riosucio, siete hermanos: Inés, Obdulio, Julia, Amanda, Mariela, Óscar y Eduardo.

Cursó sus estudios básicos en su ciudad natal y en 1944 se graduó de normalista en la Escuela Normal Nacional en Manizales; inició sus tareas como docente en Belén de Umbría y más tarde pasó al Instituto Nacional Los Fundadores de Riosucio; después de dos años de trabajo y  algunos ahorros Eduardo viajó a la ciudad de Bogotá con el fin de cumplir su meta soñada de ser abogado. En efecto, como no era bachiller, comenzó como asistente en la universidad Nacional pero gracias a su extraordinario esfuerzo estudió por su cuenta y entregó a tiempo su cartón de bachiller a la universidad. Es digno destacar su excelente comportamiento académico que lo hizo merecedor a cinco en todas las materias y todos los años, no obstante no se graduó, hecho que hizo más tarde, culminando el pensum de materias en 1956.

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Las tareas iniciales

Hizo el año rural en Soacha como juez Promiscuo  Municipal en 1957 y en 1958, fue nombrado juez de Instrucción Criminal en Corinto, Cauca. En Santander de Quilichao conoció a la bella Yolanda Velasco Tello oriunda de esa  localidad con quien contrajo matrimonio el 15 de octubre de 1960, tres hijos: Lorena, odontóloga casada con Álvaro Arce Vargas, dos hijos, reside en Toronto; Carlos Eduardo, médico de la universidad de Caldas y especialista en ortopedia, un hijo; y Carolina, fisioterapeuta, dos hijos.

En 1960 fue trasladado a Ibagué como juez de Instrucción Criminal y en septiembre de 1962 se le confió la   responsabilidad de la misma oficina en Caldas, con sede en Armenia.

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Abogado aclamado

En 1957 presentó ante las autoridades de la facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, su tesis de grado dirigida por el eximio maestro Darío Echandía. En la carta que le envío al señor decano de la época, el muy notable Abel Naranjo Villegas, se lee: “…Ha demostrado, pues, no solo evidentes aptitudes investigadoras, sino copiosos conocimientos teóricos, firmes, y ordenados, que justifican plenamente el grado que se trata de conferir en la universidad de Colombia”.

Así ocurrió y con fecha 12 de diciembre de 1977, Jorge Salcedo Segura, como secretario General de la Facultad de Derecho da fe del acto solemne, cuyos apartes más sustanciales señalan: “ Durante el tiempo reglamentario se interrogó al graduando sobre temas relacionados con la materia de su tesis, y en vista de los méritos del examen  de grado y a petición del presidente de tesis, el jurado examinador, prescindió de calificarlo, aclamándolo con la máxima nota…”. Aparecen las firmas del señor decano Abel Naranjo Villegas, Leopoldo Uprimny, Fonseca Truque, Tiberio Ospina Quintero y desde luego Antonio Vicente Arenas y Darío Echandía, un acto de rigor académico  calificado por notables maestros.

Trabajó durante algún tiempo con el maestro Darío Echandía a la sazón ministro de Justicia, como asesor del despacho pero al poco tiempo regresó al Quindío.

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Secretario General de la CRQ

Con el primer director de la Corporación, Gustavo Fajardo Molina, realizó una vasta tarea administrativa en 1968 pero en 1969 aceptó el nombramiento de director de Fenalco y Comfenalco en ciernes,  en donde  desarrolló su gran capacidad de trabajo y su don de gente hasta 1972.
 

Alcalde de Armenia

El distinguido profesional y gran ciudadano, Jesús Antonio Niño Díaz,  lo nombró alcalde de la ‘Ciudad Milagro’ en su  primera administración departamental. Montoya hizo una gran gestión que culminó en 1974 y en la cual imprimió su sello de seriedad y absoluta honradez: compró el lote para el futuro estadio Centenario, comenzó a comprar los predios de lo que hoy es El Mirador de la 18, un proyecto de varios alcaldes; dio inicio al traslado del cementerio San Esteban y el lote que más tarde albergó la terminal de transportes de Armenia. Acérrimo defensor del aseo y la limpieza de la ciudad, luchó por el crecimiento del civismo, trabajó por los sectores más pobres y colaboró con el ornato de los parques.

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Secretario de Hacienda departamental

Al culminar su labor de alcalde regresó a su oficina particular  pero en 1978 en el gobierno del presidente Turbay Ayala y la primera gobernación de Mario Gómez Ramírez. Ocupó con lujo de detalles la secretaría de Hacienda. En el mismo gobierno tuve la suerte de ser secretario privado del Despacho y ser testigo presencial de la calidad humana, la probidad y la honradez sin tacha de Eduardo. Fue pilar del gobierno y mereció siempre total confianza del gobernador Gómez Ramírez, sin duda, un funcionario impecable.
 

Corporación Financiera del Transporte

Con el fin de la administración Mario Gómez, este fue nombrado por el presidente Turbay como gerente de la CFT en 1980 y llamó a Eduardo Montoya como subgerente administrativo,  la confianza otorgada en este campo era un nuevo voto de apoyo  a un funcionario  eficiente, pulcro en exceso y gran administrador.

Al finalizar el gobierno regresó a la ciudad de sus amores y su oficina particular en el Banco Popular donde permaneció hasta el terremoto de 1999, que la arrasó casi completamente.
 

Club Rotario

Fue un activo socio durante 43 años desde 1963 y fue presidente del afamado club en 4 oportunidades, recibió la máxima distinción de la Fundación Rotary International Paul Harris, por sus inmensos merecimientos en su labor cívica y altruista, amó a su club con alma, vida y sombrero, y asiduo colaborador en sus valiosas tareas.

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Condecoraciones

La SMP le otorgó la  medalla al Mérito Cívico en 2000, Comfenalco la Medalla de Reconocimiento 40 años, recibió distinciones del municipio de Armenia, la gobernación y la CFT, entre otras.

Eduardo Montoya Betancourt amó a Armenia como su ciudad natal, estudioso y brillante, su calidad humana y su don  de gente, sobresalía en los sitios por donde discurría su existencia. Alegre, buen bailarín, bondadoso y sencillo, no escapaba a su calidad humana los afectos caros por Alzate Avendaño, por los Leopardos, en fin, por lo que llamaba viva el partido con alegría y fina ironía, cuando sus grandes amigos eran liberales.

Cuando el maestro Echandía le ponía la nota más alta en su tesis de grado, intuía en Eduardo a un gran jurista. En su funeral con tristeza infinita le dije al amigo: quisiera hacer como su propio epitafio, la hermosa frase del notable escritor Pascal Quignard en su obra Terraza en Roma: “Murió maduro para el cielo pero no para la muerte. Su nombre vivirá eternamente. Stabit in Aeternum Nomen”.


Gabriel Echeverri González
Especial para LA CRÓNICA


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