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En profundidad / ABR 07 2019 / hace 8 meses

Me encontré en la vida con… Luis Eduardo Jaramillo Mejía

Autor : Gabriel Echeverri González

Me encontré en la vida con… Luis Eduardo Jaramillo Mejía

Don Luis Eduardo Jaramillo Mejía y su esposa doña Florencia Restrepo.

Vivió sus últimos años en el apacible retiro de La Hacienda en Pueblo Tapao, rodeado de sus libros y el indeclinable afecto de su familia.

Eminente jurista, ciudadano ejemplar y magistrado eximio nacido en Armenia el 31 de julio de 1940 y fallecido el 24 de diciembre de 2016. Sus padres Alfonso Jaramillo Hurtado, quién fue representante a la Cámara por el Gran Caldas y se destacó como dirigente liberal; y la distinguida señora Elisa Mejía; hizo sus estudios primarios y algunos de bachillerato en el colegio San José de los Hermanos Maristas.

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La violencia política y partidista de la época exigió la residencia familiar en Bogotá, donde terminó su bachillerato en 1960, en el colegio Virrey Solís. Ingresó a la universidad Externado de Colombia donde fue compañero de aulas del exmagistrado y destacado hombre público Óscar Jiménez Leal. Se gradúo con todos los honores en 1965.
 

La tierra llama

Inició su fulgurante carrera de notable juez como Primero Penal Municipal de Armenia, juez del Circuito de Calarcá y juez Primero Civil del Circuito de Armenia.

En 1967 contrajo matrimonio con la apreciable dama Florencia Restrepo, a la sazón reina departamental del Café, dos hijas: María Helena, diseñadora de modas y Olga Victoria, psicóloga.

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Magistrado de la Sala Civil del Honorable Tribunal Superior

El brillante desempeño del doctor Luis Eduardo en las tareas asignadas, condujo a la honorable Corte Suprema de Justicia a designarlo como magistrado, ocupando la plaza del maestro Norberto Rojas Castaño, en el Tribunal Superior Sala Civil de Armenia.

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Tribunal Administrativo del Quindío

La inteligencia y sabiduría jurídica de Jaramillo Mejía engalanó este honroso Tribunal, gracias a la designación del honorable Consejo de Estado, con el fin de reemplazar al doctor Benjamín López de la Pava, alejado del servicio por merecido descanso de jubilación. 

Es de amplio conocimiento el altísimo nivel de las sentencias y documentos emitidos por Jaramillo en el ejercicio de su magistratura, que llevó al honorable Consejo de Estado a promoverlo a la Alta Institución, como uno de los suyos. 
 

Magistrado del Consejo de Estado

En 1990 la Sala Plena del Augusto Tribunal lo eligió como consejero de esa corporación en la Sección Quinta con funciones electorales, previa presentación de su nombre hecha por el eminente consejero magistrado Humberto Mora Osejo. En 1998, a pesar de su renuencia, fue elegido vicepresidente de la corporación, con la presidencia de otra brillante externadista, la doctora Dolly Pedraza de Arenas, reconocida en el mundo jurídico por sus atildadas jurisprudencias.

Este mismo año resolvió retirarse y dar por cumplido un largo período de servicio por más de 32 años al servicio de la justicia colombiana.

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En sus palabras de adiós definitivo, el día de su muerte, su compañero de aulas, Óscar Jiménez Leal, señaló entre otras cosas: “Su completa y exitosa carrera judicial la realizó sin gestión alguna en su provecho, pues era incapaz de pedir prebendas, apoyo o canonjías para sí. No obstante, le fueron ofrecidas todas las altas y delicadas responsabilidades exclusivamente por sus dones personales y profesionales a los que respondió con dignidad, decoro y suficiencia, pues se constituyó en la meritocracia hecha hombre, razón por la cual sus decisiones eran acatadas con respeto y admiración por sus colegas magistrados”.
 

Docencia universitaria

Podría afirmar sin equivocarme que su labor de maestro extraordinario fue uno de sus acicates a lo largo de los años: su integridad vital auténtica se veía reflejada en la cátedra magistral que desarrollaba en cada uno de sus cursos, con la agudeza de sus saberes y la inteligencia en la argumentación. A pesar de su humildad, su presencia de maestro generaba respeto y audiencia en sus alumnos, en la famosa disertación sobre teoría general del proceso, que muchos de sus alumnos recuerdan con delectación y afecto, en la universidad Externado de Colombia o en la universidad La Gran Colombia de Armenia, en esta última también como decano de la facultad de Derecho y Ciencias Políticas, que siempre recordó con cariño.

Su amigo entrañable y compañero en la magistratura, César Hoyos Salazar, exclamó con emoción y afecto extremo: “En sus relaciones personales brilló por su gallardía, su respeto y tolerancia por la opinión ajena. Como amigo fue noble y servicial, con su esposa Florencia Restrepo fue un espléndido anfitrión en su casa a la que invitaban a celebrar los logros de sus amigos o compañeros. En su familia fue un hijo y hermano afectuoso, y en su hogar fue un esposo ejemplar y un padre que trabajó con ahínco en la formación profesional y humana de sus hijas, a quienes brindó sus mejores horas. Como juez brilló por su espíritu de justicia, sus fallos sabios, su rectitud y discreción. Su tránsito por la magistratura quedó marcado por su probidad, su fe en la justicia y su fervoroso esmero por cumplir los mandatos del romano Justiniano: vivir honestamente, dar a cada cual lo suyo y no causar daño a otros”.

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Luis Eduardo Jaramillo Mejía fue un ciudadano a carta cabal, amoroso de su familia, estudioso y brillante en la tranquilidad simple de su vida cotidiana, caminaba casi en puntillas, silencioso y sin aspavientos, juicioso en su vida personal y elemental en su grandeza, como diría el poeta Carlos Castro Saavedra: “El hombre elemental, el hombre bueno/ tiene las manos limpias y el corazón sereno/”; un asceta impregnado de cultura, lector voraz y deportista.

En este campo, precisamente, descolló en la práctica del ciclismo que practicó con regularidad durante varios años y a pesar de accidentes propios del deporte, fue fiel a su afición deportiva. Lo fue también y de manera superlativa a una dedicación juiciosa y rigurosa a la judicatura, a una carrera completa en la rama judicial en el cual dejó un acervo de sentencias de enorme importancia para la jurisprudencia y el derecho colombiano.

Vivió sus últimos años en el apacible retiro de La Hacienda en Pueblo Tapao, rodeado de sus libros y el indeclinable afecto de su familia. Con el maestro y amigo César Hoyos Salazar repasamos la bella senda existencial, el camino hecho a pulso de un hombre decente y valioso, la vida inmaculada de un gran colombiano. Palpamos con emoción la pequeña arboleda de La Aldea; es imposible ocultar el hondo sentimiento que inspira la vida y la obra de un magistrado sin tacha y el legado de su ejemplo y de su obra para las nuevas generaciones, para la cátedra y para la jurisprudencia.


Gabriel Echeverri González
Especial para LA CRÓNICA


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