Domingo, 15 Sep,2019
En profundidad / MAY 26 2019 / hace 3 meses

Muertes de jóvenes, la senda triste del Quindío

El hecho del 17 al 19 de mayo con 4 suicidios, evoca la noticia del  2018 que del 31 de  marzo al 2 de abril registró las mismas muertes.

Muertes de jóvenes, la senda triste del Quindío

Foto : LA CRÓNICA

Un fin de semana trágico  —viernes 17 a domingo 19 de mayo de 2019 — nos trajo de nuevo a los quindianos la realidad lacerante del suicidio.  Fueron cuatro vidas que se segaron, recordándonos ello una fecha similar, el fin de semana fatídico de 2018, —desde el sábado 31 de marzo al lunes 2 de abril—, cuando otros coterráneos tomaron la fatal determinación.

La prensa tituló aquel miércoles 4 de abril de hace un año la noticia que hoy recordamos: “Cuatro suicidios en solo tres días”.  Este año, en suceso repetido, los reportes de las cuatro muertes aparecieron fragmentados en los periódicos, desde el domingo 19 hasta el martes 21 de mayo.  Los más sensibles escritos  se refieren a tres jóvenes, de 19, 18 y 17 años, reflejando más dolorosa la realidad que hoy nos preocupa.  El cuarto deceso, un adulto mayor de 70 años.

Entre 1938 y 1939, Armenia se estremeció con 15 suicidios, entre ellos los de 12 hombres jóvenes, lo que dio origen al capítulo histórico que se ha denominado “el club de los suicidas”.  Han sido ocho décadas de silencio sobre esos nefastos acontecimientos, que curiosamente también sucedieron los días sábados y domingos, al interior de sórdidos establecimientos de diversión del centro de la ciudad, donde las víctimas cumplían con el pacto macabro de poner fin a sus vidas y como se ha comprobado en dos textos escritos, uno del año 1938 titulado El suicidio y el otro de 1998, publicado en un semanario regional por el periodista Germán Gómez Ospina.

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El desenvolvimiento de tristes historias ha sido omitido por la simple acción de respeto a sus familias. Más ello no nos puede privar hoy de conocer sus causas, las cuales fueron sugeridas por los dos responsables de aquellos escritos, desde sus criterios personales.  Se destaca especialmente el del padre Ramón María Félix y Rosell, el autor del primer libro, y que llama la atención por su eclesial punto de vista, acoplado al puritanismo de aquella época, cuando el suicidio era considerado proscrito y los cadáveres eran olvidados en un lugar maldito llamado muladar, fuera del área del cementerio católico.

La sociedad a la que pertenecen hoy los suicidas jóvenes asumen con pasmosa indiferencia su ocurrencia.  Aún más, se ha entrado en una práctica que raya entre la obsesión y la tanatomanía.  La primera consiste en compilar o compartir las noticias del suicidio con manejo sensacionalista y emitir comentarios ofensivos para los familiares y amigos del suicida. La segunda práctica consiste en acomodar fechas, sucesos y acontecimientos de la muerte a los azares numerológicos o absurdos de la predicción. Por eso no dudamos que alguien pueda atribuirle los suicidios del tercer fin de semana de mayo de 2019 en el Quindío, a la tormenta solar que afectaba en esos días al planeta.

Lo cierto es que todo ello nos sitúa finalmente en la terrible realidad, después de dar las vueltas que nadie esperaba, porque así es la lógica del suicidio, algo así como “la lógica sin réplica de una pesadilla o como las fantasías de la ciencia ficción”, tal cual lo escribió Louis Vincent Thomas en su libro Antropología de la muerte.

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Dedicarse al tema del suicidio de jóvenes da para escribir muchos artículos, los cuales podrían centrarse, en lo que respecta al Quindío, en tres perspectivas concretas: sus causas, el acto consumado y su prevención.  Frente a la primera perspectiva no todo se ha dicho. El Quindío desconoce el origen del mal vivir de nuestra sociedad en los últimos 20 años.  Pues se oculta también la pésima —o ausente— reparación del tejido social después del terremoto de 1999.  Quienes han recibido toda la carga onerosa de las equivocaciones sociales, son los jóvenes que nacieron en ese lapso.

La segunda perspectiva ha dado lugar a un sobredignóstico del suicidio en el Quindío. Nos interesa seguir investigando sobre su ocurrencia, cuyos resultados son los comprobantes de cifras y proyecciones, mientras no se dan pasos hacia su prevención.  Un artículo de El Diario de Pereira, titulado “Cuando un niño se suicida”, de Uriel Escobar, publicó el 10 de noviembre de 2018 una cifra preocupante sobre el aumento de suicidios de niños y jóvenes en Colombia. Este y otros informes estadísticos nos proporcionan aún más deplorables instantes de angustia ciudadana.

La tercera perspectiva es la que nos convoca a la acción ya. En su obra, Louis Vincent Thomas, trata de rescatar el valor de una ‘antroposofía’ que, junto con el postulado denominado ‘Pedagogía de la muerte’  —que se debe entender como enseñanza para la vida— establece un estudio comparativo sobre las actitudes y comportamientos de la sociedad occidental frente a la muerte, en relación con otros pueblos.  El término antroposofía se ha construido en el camino de “vivir bien para bien morir”. 

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Son muchos los aspectos puntuales de la problemática del suicidio joven. Uno de ellos se relaciona con la virtualidad. El computador es su único interlocutor. Su medio de comunicación es internet. El vínculo del joven no es familiar, es mediático. La navegación globalizante, al momento real, les ha robado la capacidad de asombro. Inclusive se han convertido los jóvenes en amos de lo virtual. Fue llamativo y coincidencial el registro de la primera nota del fin de semana trágico. Su título es pasmoso: “Hizo encuesta en Instagram para ver si se suicidaba o no”. El periódico Vea Pues del sábado 18 de mayo dio cuenta de un 69% de usuarios que respondieron afirmativamente a la pregunta de una joven de Malasia de 16 años, quien indagó con el siguiente mensaje: “Realmente importante, ayúdenme a elegir D —death, morir— o L —life, vivir—”. Ante la respuesta mayoritaria a la primera opción, “ella se suicidó”. 

Cuatro días antes de esta nota, el reporte del suicidio de otro joven quimbayuno de 26 años, había reseñado lo siguiente: “En el facebook, puso en su estado la imagen de un muñeco triste, acompañada de un mensaje premonitorio: “¿Y si lo intento?”.

Armenia, el Quindío y Colombia entera se deben enfrentar un reto monumental. Debe ser la siembra de la postura del apego por la vida. De lo contrario, seguiremos reproduciendo el desprecio por ella y haciendo reproducción de la familia que somos, en la sociedad de bienes, cuando lo ideal es que seamos una sociedad de personas. Lamentablemente nos configuramos como una sociedad mortífera, que mata y hace morir.


Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA


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