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Norberto César, el ladrón de sonrisas con dolores ocultos

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Norberto César, el ladrón de sonrisas con dolores ocultos

Norberto César López Díaz pasa este tiempo cumpliendo la cuarentena en su casa de Bogotá. En sus ratos libres practica natación, ciclismo y va al gimnasio.

Llegó al programa de humor luego de participar en un concurso de chistes en una empresa de telefonía en la capital del país, donde era inspector de canalizaciones. 

El humorista quindiano Norberto César López Díaz, cuyos nombres asegura que combina más la delantera del D. Quindío, estuvo durante 44 años haciendo reír, con mucha seriedad, a grandes y chicos en el tradicional programa Sábados Felices.

Sus inicios se remontan al tiempo cuando Alfonso Lizarazo era el presentador y actuaban personajes que no se borrarán de la memoria del pueblo colombiano, porque siempre robaban sonrisas con sus singulares ocurrencias, que surgían de las mismas realidades absurdas del mundo. 

Muchos conocieron a este carismático hombre, que nació en Génova, Quindío, hace 75 años, interpretando a personajes como el tolimense don Tancredo, con su típico acento golpeado de campesino ricachón. O a Echeverry, que lo escenificaba con Juan Ricardo Lozano, conocido como Alerta, y en el cual mostraba esa faceta del que se vale de mañas para engañar al incauto, algo que ya hace parte del paisaje colombiano “¡Uy Echeverry, como que me tumbaron!” 

Era la frase de batalla que muchos recordarán de ese histórico dúo de la risa. Norberto también personificaba con gran maestría al pastucito Ibarra y hasta tenía su rol de homosexual refinado al que le puso Norberto Amparo. 

El pasado 31 de octubre aseguró que sintió como si le hubieran propinado una puñalada en el pecho, cuando le tocó retirarse de Sábados Felices porque ya se le había cumplido el tiempo para pensionarse y lo hizo junto con su colega costeño Álvaro Lemmon, conocido como el Hombre Caimán. De estos y otros detalles de su trayectoria dialogó con LA CRÓNICA.  

¿Cuáles fueron sus sentimientos cuando supo que ya no iba a estar más en Sábados Felices? 

Cuando me llamaron y me dijeron que trabajaba hasta tal día, dije: “Ustedes me están pegando una puñalada en el corazón”. Eso sentí. El programa va a cumplir 48 años de estar al aire y yo era prácticamente de los fundadores, yo estuve con Humberto Martínez, con el Mocho Sánchez, con el Flaco Agudelo, con los que se retiraron como Pedronel Martínez, con el costeño Édgar Palacio. No sé cómo contuve las lágrimas y salí de la oficina de la jefe que me dio la carta.

 

Mientras grababa el programa a usted le dieron 2 noticias trágicas: la muerte de su madre y la de su esposa. ¿Cómo vivió estos complejos momentos? 

Yo soy viudo y otra vez pendejo, mejor dicho, me volví a casar. Dicen que al perro solo lo capan una vez, pero cada vez que lo cogen le encuentran qué. Mi primera esposa, Laura, que era maestra y es la mamá de mis 2 hijos mayores, empezó a tener desmayos cada cierto tiempo y tuvimos que hospitalizarla porque se comprobó que tenía lupus eritematoso, que es un cáncer. Se le hicieron muchas pruebas hasta con la asesoría del doctor Manuel Elkin Patarroyo. Nos dijo que había que saberlo llevar porque no tenía cura. Le hicieron todo el tratamiento, pero fue poco lo que resistió y murió muy joven, con 46 años, cuando mis hijos no habían terminado su bachillerato. Ella estaba grave y siendo Alfonso director del programa nos tocó madrugar un viernes a grabar. 

Estando ahí me llamaron al teléfono para avisarme de la clínica que mi esposa había muerto. En ese momento estaba a punto de entrar a escena y cuando me preguntaron qué había pasado les conté, entonces me dijeron que me fuera y yo les dije que grababa lo que me tocaba y me iba y así lo hice. Ahí fui como el payaso pintado, payaso pagado. Yo creo que lo hice bien en honor a ella que era una gran mujer, una gran persona, una gran mamá y una gran profesional. Me tocó seguir la vida y aquí estoy. 

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¿Cómo hizo para que ese dolor que tenía en ese momento no le impidiera cumplir con una buena actuación? 

Es un poco difícil, es como cuando usted va a pasar la avenida 9 de Julio en Buenos Aires, Argentina, que es la más ancha del mundo. Uno debe estar pendiente porque no se cruza en un solo cambio de semáforo, pero tiene que cruzarla sin dejarse atropellar de un carro. Entonces lo hice con muchas ganas, pero cuando terminé me senté y ya no pude más. 

¿Qué recuerdos tiene de Génova, su pueblo natal? 

Yo salí muy joven de Génova, la primera vez fue en el año 1950. En ese tiempo estaba la violencia cebada, uno veía cómo descargaban los cuerpos de campesinos en el parque después de haber sido asesinados en medio de la violencia política entre liberales y conservadores. A mi papá, que era liberal, le tocó salir escondido en el carro de un amigo, que era conservador, pero eran muy cercanos. Inclusive, el señor que lo sacó del pueblo pretendía a mi tía Fabiola, la hermana de mi papá. Él le hizo el favor de ocultarlo debajo de un poco de empaques de costales para el café que iba a llevar a la finca. Salió de allí y lo dejó en Barragán. Ahí le dijo que cogiera un carro y se fuera hasta Armenia. Tiempo después nos fuimos a vivir allá. Luego estuvimos 4 años en La Tebaida. 

¿De qué vivieron durante ese tiempo? 

Mi papá era un tipo que hacía de todo: cantaba, tocaba tiple, guitarra, dulzaina, todo lo que veía hacer lo hacía. Fue payaso de circo, presentador, enfermero, albañil y hasta sobandero. Una vez el cura de La Tebaida le dijo que necesitaba hacerle unos arreglitos a la iglesia, pero que le cobraban por decir algo $500 y mi papá le dijo que le diera $300 que él se la pintaba y en ese momento era el fotógrafo del pueblo, pero pintó la iglesia del ‘Edén Tropical’.

En su locura de ir de un lado al otro terminó como reportero gráfico del Diario del Quindío, que ya no existe y hubo un momento en el que volvió a Génova y nos llevó a vivir de nuevo allí. 

No pasó nada, pero quedaban muchos resquemores aún. En 1957 se vino el golpe de Estado de Rojas Pinilla contra el gobierno y entonces se volvieron a caldear los ánimos entre liberales y conservadores y mi papá arrancó, ya no entre un carro, sino por su propia cuenta. Se fue solo a vivir a Bogotá, se organizó y al tiempo mandó por nosotros y nos fuimos a residir a la capital el 14 de mayo de 1957. Hace 63 años que vivo en Bogotá, yo tenía 12 años, por lo que soy quindiano con barriga de rolo. Mi papá decía que Bogotá es tan buena y grande que es en la única parte donde vive el presidente de la República. 



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