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En profundidad / FEB 24 2019 / hace 6 meses

Oficios y datos pintorescos de un cuyabro de hace un siglo

La región tuvo su propio conde, un hombre que despertó curiosidad y asombro en el Quindío.

Oficios y datos pintorescos de un cuyabro de hace un siglo

Julio César Cardona.

Una crónica de don Alfonso Valencia Zapata, escrita hace 50 años, nos dio a conocer la vida, obra y picaresca de uno de los personajes más pintorescos de la vida municipal de Armenia. En 1919, según don Alfonso, este caballero ya era toda una celebridad en el panorama provincial.

Pasó a la historia con varios nombres y motes, todos ellos atribuidos a sus oficios, o por lo menos a las ocupaciones de sus momentos de la chispa histórica, que prendió y que le iluminó tantas poses de galantería y de moda, porque también sus trajes le ayudaron a mantener una fama singular.

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En el recuento de la quindianidad de los oficios, este caballero rompió todas las posibilidades de ocuparse en lo que era importante para su época. Inicialmente era talabartero, un aspecto de la vida doméstica que era indispensable para las nacientes villas, que requerían muchos aparejos para los caballos y las mulas de arriería. Su negocio existía en Calarcá y regularmente viajaba hasta Armenia, para exhibir galápagos, monturas de vaquería y estribos de cobre, los que muchas veces colocaba en una de las calles centrales, donde aparecían en una tabla larga su identidad y su otra pasión. Tal aviso decía con desparpajo: “Julio César Cardona-Abogado”.

Con la fuerza de la costumbre, los transeúntes de aquellas concurridas calles se agolpaban curiosos para tratar de entender esa particular mezcla de talabartería y leyes, lo que motivó a don Julio César colocar otra tabla donde se leía: “Talabartería y algo de Foro”.

Corría el año 1919 para dichos acontecimientos y ya se sabía que aquel señor fungía como profesional del derecho, a la luz de los códigos de la Constitución de 1886, solo por afición y por orgullo infundado. Lo había cultivado al lado de un litigante famoso de finales del siglo XIX llamado Catarino Cardona, legendario y eficaz en los procedimientos difíciles que debió cumplir como abogado de los colonos, en medio del litigio llamado en ese entonces como la Concesión Burila.

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Don Julio César requería mayor reconocimiento para desarrollar su pretendida acción de “jurista”, y por esa razón un nuevo aviso en medio de la exhibición de elementos de cuero llamó la atención: “Julcécar”, con el objetivo de anunciar la dirección telegráfica, y así entra en el mundo de la divulgación que en esos tiempos solo le endilgaban a los famosos.

Nunca manejó una máquina de escribir, pero eso nunca fue un impedimento para elaborar disparatadas demandas, que fueron muy comentadas en aquella época. Se preciaba de su amistad sostenida con Cardona, pero también de haber sido compañero de “derecho” de otros verdaderos abogados de la época y hasta de tinterillos, como él, que manejaban muy bien las salidas argumentales, la retórica y hasta la escritura en el campo de las disquisiciones jurídicas.

Fue creciendo en un don Julio César un tufillo de orgullo, lo que hizo modificar su indumentaria. Poco a poco, los vestidos sencillos con los cuales había llegado Armenia, se convirtieron en elegantes y estrafalarios trajes, propios de figuras fabulosas y tomados seguramente de los almanaques de moda, que ya en aquellos días las revistas nacionales, como Cromos, publicaban.

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Nacido en Manizales

De su origen, don Alfonso Valencia Zapata alcanzó publicar en aquella crónica agradable, lo que fue producto de una entrevista realizada al cuasiabogado: “Nací en Manizales, la perla del Ruiz, la ciudad siete veces azotada por el fuego como la antigua Roma; de aquí pasé a Pereira, la perla del Otún. Seguí a Circasia, el pueblo de las mujeres bellas; luego a Calarcá, tierra donde todos han pretendido ser caciques, Y de allí a Armenia, ciudad altanera de Colombia. Esto último fue por allá en el año de 1919”.

Esta fue una curiosa relación de perífrasis o apelativos que se había inventado Julcécar, tratando de imitar la rica dicción y prosa de sus supuestos amigos abogados. A ellos siempre los emuló, y valiéndose de las oídas de tantas tertulias, creció en él un aire de grandeza del que pretendía hacer gala con sus vestidos.

Interesantes fragmentos de la vida de un gracioso hombre, que don Alfonso Valencia Zapata alcanzó a retratar en el contenido de uno de sus proyectos de libro, titulado Muñecos en el concejo, pero que finalmente nunca se publicó en su totalidad, a excepción de este pasaje escrito que fue incluido en el Magazín Dominical de El Espectador, del domingo 19 de mayo de 1968, con el título “El Conde del Jazmín”. Éste último fue el título con el que mayormente se conoció a tan curioso parroquiano de Armenia.

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Todo ello, en la pretensión de identidad, se debió a la existencia de otro conde en la vida nacional y cuyo historial fue conocido por Julio César Cardona. Se trataba del Conde de Cuchicute, un cachaco que había vivido entre grandes fortunas en el centro y oriente del país. Cuando murió el Conde de Cuchicute, los amigos de Julcécar “resolvieron darle la alternativa en un elegante fiesta campestre. Y fue entonces cuando adquirió el nombre de Conde del Jazmín, en recuerdo de su habitación situada en la plaza del mismo nombre.”

La apariencia de un conde no podía parecerse a la de cualquier mortal. Por esa razón, el Conde del Jazmín cuyabro trató de hacer negocio con los herederos del Conde de Cuchicute en la compra las prendas, que nunca llegaron a manos del conde quindiano, porque la transacción nunca se cristalizó. No obstante, el conde de Armenia nunca fue desconocido. Y así lo escribió en su crónica don Alfonso Valencia Zapata, para dar vida a la leyenda que protagonizó este talabartero con ínfulas de abogados de esta tierra:

“Cardona impuso en la ciudad la moda de la pava de paja y poco después ingresó a la moda de los cuellos duros y los puños almidonados. No habría acabado de comentar el público la aparición del nuevo “dandy”, cuando salió por las calles de Armenia con extraños guardapolvos, donde no había más que barro colorado y calle sin pavimentar. Fue alternando en esta forma su “elegancia”. Un día aparecía de clavel en el ojal, y otro de gardenia, al siguiente con “varita” o con pañuelo tricolor en el bolsillo del saco. Sobre todo, el pañuelo dio inmensa popularidad en la vida de Julcécar. Llegó a usar un pañuelo de colores japoneses que le bajaba hasta la rodilla, es que el público confundió con una toalla, con una colcha de retazos o con un kimono japonés. Fue esa su época de mejor cachaco del pueblo”.

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Pero algo no se podía olvidar en la historia del Conde del Jazmín. Fue su primer título, o mote, ya no tan nobiliario. Se dice que algún día alguien lo descubrió “cuajando” en su talabartería y oficina de abogado las porciones de leche para producir el sabroso kumis casero y desde entonces también se le llamaba cuajada o, para a hacer honor a su “profesión”, el doctor cuajada.


Una obra a publicar

Para el centenario de Armenia, la escritora gloria Chávez Vázquez quiso publicar una obra sobre la vida del doctor Cuajada. Tal cual lo comenta el columnista Gustavo Páez Escobar, en su artículo “Armenia se quedó sin conde” —El Espectador, 16 de marzo de 1990—, eso no fue posible porque no contó con el apoyo oficial. Así lo escribió Páez, con respecto a lo que expresó Gloria Chávez: “Encerrado en ese personaje —comenta Gloria— vi vibrar a todo un pueblo y toda una experiencia cultural. Por eso, me dije, cuando Armenia esté lista para “el conde”, ese será su obsequio. ¿Qué mejor regalo que promover los valores morales y los modelos de que carecen nuestras generaciones?”. Pero la cronista se quedó ensayada. Su libro no fue publicado. Al llamar al alcalde este le manifestó que la plata del centenario no había alcanzado para el tal Conde: se había invertido en las reinas y la parranda.”

No obstante, años más tarde, Gloria Chávez publicó el libro y hoy los quindianos podemos conocer las aventuras y hazañas del único conde que tenido esta región.


Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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