Jueves, 14 Nov,2019
En profundidad / JUL 21 2019 / hace 3 meses

Placidez, silencio y naturaleza en Salento y Filandia del ayer

En la noche regresábamos a Salento, para seguir disfrutando su silencio, mientras dormíamos en camas antiguas, compartiendo en familia y amistad de algún anfitrión salentino. Hoy, ni silencio, ni amistad, ni hospedaje familiar.  Todo ello, el turismo masivo se lo llevó.

Placidez, silencio y  naturaleza en Salento y Filandia del ayer

El turismo desbordado del Quindío ya deja sus estragos, traducido ello en el impacto negativo para una población que no esperaba un destino de bullicio, pues esto es lo que nos ha dejado aquella actividad humana, cuyo origen natural consiste en gozar —o sufrir en este caso— las delicias y encantos del entorno.

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Hace más de 25 años, Salento se constituía en el oasis de la tranquilidad, porque solo bastaba llegar en la mañana a su plaza principal para disfrutar de las delicias de su clima, su culinaria, desayunos con calentado, su cocina casera y del silencio, atributo este que se ha perdido irremediablemente con la invasión de visitantes.

Pasar de Salento a Filandia, pese a que representara ello unas cuantas horas de desplazamiento, se constituía en la aventura más paradisíaca.  Luego de soportar el frío de la bruma salentina en el Valle de Cocora, no se cansaba uno de admirar el paisaje verde multitonos de la montaña imponente.  Así se divisa hasta El Roble, el antiguo restaurante que era obligado descanso para almorzar o tomar aguapanela con el queso fresco y montañero.




Salento antes.


Cuando llegábamos a Cruces —la entrada oficial de la vía principal que conduce a Filandia—, este sitio nos mostraba el horizonte bien distinto de una topografía de colinas onduladas, que olían ellas a boñiga y pasto recién cortado. Recorrer entre Cruces y Filandia era el recorrido de otra perspectiva, la de trasegar caminos con remembranzas de viajeros añejos, que ya nos habían contado las historias de sus bosques. Y es que a ambos lados de ese camino pavimentado con cemento rígido, se veían los relictos de las dos maravillas arborizadas, de los dos tesoros que tiene el municipio, Bremen y Barbas.  No escuchábamos de este último todavía las historias de las comunidades de monos aulladores.  Pero sí veíamos, y especialmente en las horas nocturnas, cómo los animales silvestres atravesaban osados esa vía, encandilados de repente por los faroles luminosos de los pocos carros que por allí transitaban.  Hoy, ni osos perezosos, ni guaguas, ni armadillos vemos ya en ese caminar.  Porque el turismo invadió no solo su hábitat, sino que sus senderos —los llamados corredores biológicos— son irrespetados por los curiosos y entrometidos intrusos.  Y es que ya no podemos esperar la abundancia de la tan ansiada fauna, porque ella simplemente se ha menguado por las razones del progreso.  La última estocada de muerte se la dio una decisión gubernamental que acudió a la terquedad y al imperio de sus intereses económicos.  Ello se levanta como una serie de monstruos metálicos, que con su imponencia también traslada electromagnetismo por sus largos brazos, para que las aves —las únicas que tenían libertad en esa amplitud de la montaña frondosa— tampoco puedan volver.  Las torres de energía gigantes nos robaron ese panorama de solaz que en aquella época encontrábamos cuando veíamos a Filandia con sus techos de barro desde el sitio Lusitania, dos kilómetros antes de llegar al casco urbano.  Allí, en Lusitania, un soñador empedernido, Miguel Urrea, gestó un sueño: sembrar mil palmas de cera en su pequeña propiedad.  Su resultado, el único bosque de esa condición en el mundo.  Por fortuna, este iniciativa nunca se comprometió con el turismo no planificado, porque este es depredador y muy avasallante en sus prácticas insanas.

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Filandia nos esperaba, también con su tranquilidad, mientras en la tarde recorríamos sus calles para apreciar su arquitectura.  Eran casas de un solo color pastel, muy diferentes a los tonos subidos y múltiples que le han dado otro rostro a esas fachadas, que parecieran ser de tierra costera y no de un ambiente plácido de montaña.

En la noche regresábamos a Salento, para seguir disfrutando su silencio, mientras dormíamos en camas antiguas, compartiendo en familia y amistad de algún anfitrión salentino.  Hoy, ni silencio, ni amistad, ni hospedaje familiar.  Todo ello, el turismo masivo se lo llevó.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA

 


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