Inicio / Al descubierto / JUL 28 2020 / 2 semanas antes

Puerto Alejandría, un mundo de ensueño narrado por Hernando Alberto Gómez

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Puerto Alejandría, un mundo de ensueño narrado por Hernando Alberto Gómez

Hernando Alberto Gómez Londoño, autor del libro Puerto Alejandría, un río, una comunidad, una cultura.

El escrito habla de la historia del Río De la Vieja, de los pobladores, de los mitos y leyendas, entre otros aspectos de la zona rural.

 

“Luis Alfonso Ocampo, como si en horas de la noche los viera frente a su casa, con apariencia distinta a la de sus mascotas, dice: Me cuentan los viejos que en este punto de la entrada al puerto se escuchaba el ruido de un carro, pero no se veía nada, los que estaban afuera sentían un viento helado. Algunos  escuchaban también una cadena arrastrarse y luego veían un perro botando fuego por los ojos y por la boca. Muchos lo han visto pero no saben por qué aparece, el canino por lo regular sale a medianoche, algunos vecinos lo han visto, pero solo los que resisten los sustos podían verlo en todo su esplendor. Siempre salía por el lado de una enorme cruz que había en la entrada del puerto. Un vecino me contó que un día ese perro alcanzó a pararse a su lado”. 

El anterior fragmento hace parte del capítulo llamado Mitos y leyendas del libro titulado Puerto Alejandría, un río, una comunidad, una cultura escrito por el quimbayuno Hernando Alberto Gómez Londoño. 

También incluye otros relatos misteriosos que para esa comunidad pueden ser reales, pero para muchos no son más que creaciones del imaginario colectivo de los 200 pobladores de esa vereda de Quimbaya: la barbacoa, el  balsero y el pescador son historias que rozan ese límite entre la realidad y la ficción y que el autor se encontró en más de 20 años de investigación que condensó en 112 páginas distribuidas en 4 capítulos. 

La vereda Puerto Alejandría, de Quimbaya, en palabras de su perfilador, es un sitio mágico, porque estando dentro de Quindío, sus habitantes, que viven en torno al Río De la Vieja, tienen otras costumbres, otra gastronomía y otras formas de relacionarse con su entorno, diferentes a las de la mayoría de residentes del departamento. Gómez Londoño, quien también coordina la biblioteca pública de ese municipio, le contó a los lectores de LA CRÓNICA algunos de esos hallazgos que plasmó en su manuscrito. 

¿Qué lo motivó a investigar sobre el modo de vivir de los residentes en Puerto Alejandría? 

Por medio de la biblioteca pública y de la fundación Construyendo Bienestar hemos  hecho un trabajo en la vereda Puerto Alejandría tendiente a visibilizar aspectos de la identidad y de la cultura, con el propósito de que la comunidad los conserve y se puedan transmitir a las nuevas generaciones. Ese proyecto nació porque tengo un sentimiento especial por ese lugar, porque siempre me ha parecido que es un sitio mágico en el que hay unas vivencias diferentes que son importantes. Puerto Alejandría es el final de una vía, es una calle larga pavimentada con casas alrededor y con el río al fondo. Resulta que esa comunidad tiene una forma especial de vida que se la da el río, viven de la misma naturaleza que hay allá, como de cultivar orquídeas y además conviven en una tranquilidad que para mí ha sido única.  

¿Qué tipo de comunidad habita la vereda?  

Son campesinos que viven alrededor del Río De la Vieja, que son pescadores y principalmente se dedican a la extracción artesanal de material de arrastre: arena y balastro. 

Puerto Alejandría toma ese nombre con el nacimiento de Quimbaya, más o menos en la década de 1910. Anteriormente se llamaba El Estanquillo porque el río siempre ha sido vía de comunicación y en el entorno aledaño siempre se han dado unas relaciones. Allá hay una zona de alto riesgo en la que no se permite construir más casas de las que ya hay. Eso hace que las 4 o 5 familias que viven allí se conserven y se casen entre ellas.  

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Cuéntenos sobre la fauna y la flora que hay en el sitio

Hay un bosque llamado El Ocaso, en el que habita el mono aullador, el primate más grande de América, que ahora está en la rivera del río. 

La comunidad hace avistamiento de los monos. Uno de ellos fue abandonado por la manada y se fue a vivir a la orilla del río en Puerto Alejandría y se volvió uno más allá en la vereda. Ellos emiten un sonido impresionante, que es muy intimidador y aturde si uno está muy cerca. 

El final de la historia de ese mono fue triste, porque un día fueron unos indígenas a acampar allá y cuando menos pensaron se lo comieron y la gente de la comunidad no olvida eso, que se quedó marcado como cuando falta un familiar en la casa y uno siempre recuerda esa ausencia. La gente estaba encariñada con él, era un espectáculo porque era un animal muy imponente. 

¿Aún se mueven mitos y leyendas en esa vereda? 

En este mundo moderno los mitos ya son raros, no son algo común, pero resulta que para esa comunidad son muy importantes los mitos y leyendas del puerto. Las personas allí tienen la creencia de los perros negros, que los conocen como perros del diablo, tienen ojos rojos y se les aparecen a las personas que no hacen el bien.  También existen mitos como el de la barbacoa, el balsero, las candilejas y el pescador. 

¿Cómo surgió el balsaje como turismo en el Río De la Vieja? 

El balsaje nace como alternativa turística en 2000, pero la propuesta venía consolidándose años atrás, tal como lo señala Álvaro Botero, quien es el gestor de la idea, que  nació en 1995 cuando hicimos un balsaje por el afluente con unos amigos de Urabá y fue ahí cuando conversamos sobre la hermosura que teníamos, de lo increíble que es el balsaje y lo interesante que sería conocerlo un poco más. 

Yo le pregunté a Corroncho, que es el boga del río —persona que maneja la balsa— que si le gustaría que le pagaran por trabajar en esa idea, a lo que me respondió que sí. Nos unimos a Hernando Alberto Gómez, Gladys Molina y a otros amigos con quienes diseñamos la propuesta y en 1999 el señor Fáber Martínez, profesor de la EAM en Armenia, nos llevó a 40 estudiantes. En el año 2000 llegaron unos 400 turistas, en 2004 los visitantes fueron 20.000 y de esta forma se creó el balsaje como turismo. 

Manejar la balsa es algo técnico que se aprende muy fácil, pero al ponerla en el río en verano, en invierno, de noche, de día, es diferente el manejo en cada momento y solo la gente del río es la que sabe dónde están las piedras, dónde el río es más rápido, dónde es más lento, dónde hay mayor peligro o más tranquilidad.



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