Lunes, 24 Jun,2019
En profundidad / ABR 14 2019 / hace 2 meses

Recuerdos de niguas y de la niña niguatera

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Por experiencia en carne propia, tuve la fortuna —o la desdicha— de conocer la nigua.  Fue en selvas lejanas de Colombia, en la década de los ochentas.

Recuerdos de niguas y de la niña niguatera

Foto : LA CRÓNICA

Remembranzas de rasquiña son comunes para el recuento de la cotidianidad de los siglos XIX y XX en el Eje Cafetero. Todo, por los recurrentes eventos domésticos y por las peripecias sufridas por caminantes y viajeros en las jornadas de arriería. Los protagonistas causantes de la picazón fenomenal eran la nigua y la pulga, dos bichos minúsculos que han dado para generar escritos de aventuras camineras y crónicas. El más pequeño, la nigua, inspiró una graciosa canción, se menciona en comparaciones y exageraciones, es usada como apelativo vulgar de ciudad y es importante para el contenido semiótico de un relato gráfico.

Por experiencia en carne propia, tuve la fortuna —o la desdicha— de conocer la nigua. Fue en selvas lejanas de Colombia, en la década de los ochentas. El diminuto animalito se incrusta en la piel y en mi caso se debió a las condiciones difíciles que debí soportar, durmiendo en el suelo de una maloca abandonada cerca de la desembocadura del río Pirá Paraná, en el Apaporis, al sur del Vaupés. Es tan frecuente la ocurrencia de esta situación que el lugar aparecía en los mapas geográficos como Puerto Nigua.

Nunca olvidaré la forma como los indígenas me extrajeron las niguas de los pies y hasta de mi cuello. Lo hicieron —como antaño— hurgando la piel con una espinita de árbol de limón o de naranjo, procedimiento que se debe repetir con otro fastidioso huésped, la garrapata, que no solo afecta a los animales sino que se aferra al cuerpo de los humanos en medio de sus travesías por la selva intrincada o en los bosques frondosos.

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La nigua hace parte del recorrido colonizador de los pueblos del antiguo Caldas y de Antioquia. Esos caminos unían a Medellín con Popayán, pasando por Abejorral, Sonsón, Aguadas, Pácora, Salamina, Neira, Manizales y se dirigían también a Cartago y Cali. Por Ibagué, conectando con Santafé de Bogotá, el paso del Quindío y Popayán hacia el sur, también se oyeron historias picantes de niguas.

Salamina, la noble ciudad caldense, no solo tiene los títulos endilgados a sus abolengos y aconteceres cotidianos. Se le llamó la ‘Ciudad Luz’, la ‘Madre de los pueblos’, la ‘Cartagena de los Andes’, la ‘Ciudad del Águila Negra’, la ‘Ciudad de la Esperanza’, la ‘Tierrabuena’, la ‘Perla de la Paz’ y la ‘Ciudad Doctora de Colombia’, perífrasis o apelativos que aparecen reseñados en el libro Salamina, dimensión de la luz y del patrimonio, escrito por Fernando Macías y publicado por Hoyos Editores.

Otra de sus menciones no es tan utilizada, porque pretende aludir a las niguas. Fue un salamineño, Bernardo Arcila, quien junto con Bernardo Gutiérrez, compuso la famosa canción ‘La nigua’, cuyas estrofas jocosas nos introducen en la memoria del prurito que provocaba tan inoportuno visitante:

 

Chiquita, chirriquitica oriunda de Salamina,
cuna de grandes poetas y capital de las niguas,
colonizando los dedos llorosos de sirgüelillas
la encontró el jabón de tierra al taponar sus rendijas 

La nigua es casi un microbio chiquita, chirriquitica,
pero que rasca y que rasca, que pica, pica y repica,
la nigua es casi un microbio chiquito, chirriquitico
y que cosa tan verraca si pica la hijueputica. 


Tal canción es un testimonio más de las penosas jornadas de los caminos fangosos de las primeras décadas del siglo XX y que otro salamineño, don Tomas Calderón, también reseñó en sus escritos, al transcribir los mensajes que dejaban los caminantes. No estaban exentas dichas correrías de las entrometidas de piel que cometían las niguas. De allí que haya quedado en el argot popular una exageración famosa: “Más entrador que nigua salamineña”.

Y es que este parásito cristalino y minúsculo se introducía en la piel del pie descalzo, especialmente en los dedos gruesos, produciendo fenomenal rascadera entre los viajeros que trasegaban por los caminos tradicionales. Aunque también la nigua se incrustaba en los pies de los habitantes de las vecindades urbanas, porque todos caminaban “a pata limpia” por las vías empedradas de aquellos pueblos fundados especialmente por antioqueños.

De allí nació el gentilicio vulgar de niguatero, para los salamineños o de otros municipios cercanos, que todos asimilaban con resignación y que todavía se escuchaba con recelo y con enojo.

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El relato que mejor describe a la nigua en su voraz ataque que produce escozor al escucharlo, lo escribió, en la quinta década del siglo XIX, el profesor ingles Isaac Holton, quien recorrió el camino del Quindío desde Ibagué hasta el Valle del Cauca. Así relata en su obra “La nueva granada, veinte meses en los Andes”: “Otro capítulo interesante de la vida de Ibagué lo constituye la nigua, cuyo nombre científico es pulex penetrans, este animalito microscópico, aproximadamente del tamaño de la pata de nuestra bien querida y conocida pulga, vive con ella en las letrinas, en los sitios donde no pasa el trapeador y donde se desconoce el agua y el jabón. Como otras damiselas, se la pasan brincado y buscando un lugar donde establecerse de por vida, hasta que tiene la mejor, con el pie de un ser humano y cuando logra llegar al dedo gordo su fortuna está asignada. Entra debajo de la piel, pero no debajo de la uña, por medios que todavía el microscopio no me ha revelado y allí, como invalido en la cueva Mammoth, vive feliz gozando de un clima agradable y uniforme. Nunca más sabrá lo que es el hambre porque el día de su prosperidad ha llegado”. 

La nigua se sugiere también en una inocente lámina, que todos veíamos en los corredores de las casas de bahareque, o hasta en sus habitaciones interiores. Se fijaba ella en las paredes blanquecinas que habían sido pintadas o estucadas con agua cal, para tapar o cubrir la vergüenza que para muchos representaba la esterilla de guadua cubierta con boñiga o estiércol de caballo. 

Lo que se ve en aquella lámina no es una imagen del insecto o de actos de rasquiña de nigua. Es el dibujo artístico y coloreado de una niña, que está tocando con su manita el dedo grueso del pie, sentada en una superficie campestre matizada por florecillas. 

Siempre conocí, y también ahora a la tierna lámina, “como la niña niguatera”. A simple vista, el análisis visual nos arroja una escena común. No obstante, el recorrido que nos enseña, la ciencia del significado, la semiótica, nos entrega un sentido diferente y bien acomodado a las circunstancias de lo representado.

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Esta lámina, como otras vitelas europeas y norteamericanas, entró con las mercaderías del siglo XX, desde Barranquilla y remontó los ríos hasta la región montañosa del antiguo Caldas, traída por los arrieros junto con otros objetos de prestigio.

Al verla por primera vez, los campesinos la relacionaron con una niña que exploraba su dedo del pie, para extraer una nigua.

En realidad, allí operó un curioso fenómeno de resignificación semiótica, porque la figuración original nos muestra una niña sentada apaciblemente en un prado que posee flores de jardín. Por eso, algunos la llamaron en su momento “la niña de la campiña”, relacionándola con un escenario cercano a la villa europea.

En todos los países de América, donde entró dicha lámina a su vida cotidiana, el significado se acomoda a las vivencias culturales del lugar de adopción. En Costa Rica se le llama “La niña nigüenta”.

Para nosotros, “La niña niguatera”, no solo es la imagen gráfica más hermosa de la vida provinciana del Eje Cafetero, sino que es el recuerdo acompasado de la fastidiosa nigua, el intruso habitante del pie montañero y arriero de esta región.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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